martes, 28 de julio de 2020

(Simulacro de) deriva psicogeográfica

Antes de nada, quiero aclarar en honor a la verdad que, este ejercicio ha sido un simulacro -es decir, un paseo- de lo que debería ser una deriva psicogeográfica propiamente dicha, ya que no he podido dedicarle una jornada completa, tal y como prescribió Guy Debord, sino escasas horas. Tampoco he organizado la deriva en compañía de más personas, sino en soledad; y, por último, no he añadido más material al texto que unas pocas fotografías tomadas a lo largo del paseo. 

He salido de mi casa a las doce de la mañana, por lo que las formas de los objetos y el paisaje se mostraban en su faceta más liviana, espléndida y juvenil. He recorrido el barrio de la Finca el Pato para, finalmente, llegar al conjunto urbano formado por la senda y el borde de la carretera del paseo marítimo que separa las afueras de Málaga del Parque Natural de la Desembocadura del Guadalhorce. A lo largo del trayecto, me he dado cuenta de que iba produciéndose en mí un enfrentamiento interno entre diversas perspectivas, creándose fuertes contradicciones de amor y rechazo. 

Fot. 1
La Finca el Pato es un barrio muy nuevo, espacioso y armónico, con calles y calzadas holgadas, sobrias y rectas que rodean las manzanas cuadradas. Sobre cada una de las manzanas se erigen urbanizaciones de apariencia refinada, muy simétricas entre sí y, obviando las ligeras diferencias en los diseños, de características similares. Por un lado, es agradable caminar por sus aceras por la sensación de amplitud y descongestión que poseen: son extensas, limpias, uniformes y sus elementos (papeleras, árboles, contenedores, etc.) se sitúan espaciados y sin aglomerarse. No hay sobresaltos ni obstáculos; y el aire corre con libertad, contrarrestando el calor del verano. Por otro lado, me hace añorar las calles de mi «patria chica»: Zamora, ciudad con la que guardo una profunda adhesión emocional. En mis largos paseos por la ciudad castellana, su trazado medieval me sorprende -aunque me lo sepa de memoria-, con recodos abruptos, sendas que se van estrechando y ensanchando a voluntad, mojones que se aglomeran en plazas y otros lugares significativos y pavimento de empedrado irregular -que para ciertos sectores de la población, como los ancianos, puede resultar incómodo de pisar-. En este caso, la comodidad se contrapone a la constante fluctuación de percepciones estéticas. 

Fot. 2
En cuanto a los edificios -urbanizaciones, en este caso-, la descripción que he hecho antes con respecto a su simetría y su uniformidad (en cuanto a diseño, color, textura, disposición de elementos como ventanas, balcones y toldos), debo decir que me causa rechazo. Ninguna estructura es arbitraria, ya que todo lo que se crea posee una ideología subyacente y estas urbanizaciones representan veladamente los valores apolíneos de la burguesía. La funcionalidad, la carencia de creatividad y/o extravagancia, la falsa proyección de una vida sin oscuridad y transparente -reflejada por ejemplo en la profusión de cristaleras que parecen querer decir que no hay ninguna tara que ocultar  dentro de sus viviendas ni, por extensión, de sus vidas-, la hegemonía estética, la neutralidad, y el extremo cuidado de las superficies son valores que definen, en palabras de Luis Buñuel, «el discreto encanto de la burguesía». Las dos fotografías (fot. 1 y fot. 2) son de dos estructuras que plasman tode este ideario. La primera, una típica vivienda burguesa de extrarradio con piscina, pista de paddle y césped perfectamente cortado; la segunda, el gimnasio Inacua, con grandes cristaleras, color gris y una estructura cuadrada que se me antoja como el símbolo de esta aspiración vital. Además, un gimnasio es el espacio perfecto en el que se despliega otra de las grandes obsesiones burguesas: el culto al cuerpo y el cultivo hacendoso y sacrificado de una bella apariencia. 

En contraposición a todo esto, se me ocurre la ciudad de Cuenca, que visité recientemente, y me fascinó por su cultivo de la asimetría y por el caos barroco de sus fachadas y de su planificación arquitectónica. Los edificios eran totalmente dispares y como construidos según iba surgiendo, sin tener en cuenta a los aledaños, pero lo que más me atrajo fueron las fachadas (fot. 3). En ellas, las ventanas se abigarraban y salpicaban sin seguir ningún orden aparente: sin respetar que los tamaños fueran iguales, ni que a lo largo de una fila de ventanas éstas se encontrasen a la misma altura, ni la uniformidad de los materiales, los marcos, etc. Ni siquiera se produce una secuencia ordenada de ventanas y balcones: pueden verse pequeños balcones sobresaliendo aleatoriamente. Esta forma de construir probablemente sea menos funcional y hoy en día sea considerada como una aberración, pero para mí posee el encanto de un hacer salvaje y aventurado que poco a poco ha sido sometido por la fuerza domesticadora de la clase burguesa. 
Fot. 3
Casi al final del barrio, hay un descampado entre la última urbanización y el complejo deportivo que ya posee un plan de construcción y en este terreno, que es de los últimos que quedan libres en la zona, será erigido el edificio que pondrá el broche final en la construcción de un barrio de nuevo cuño. Más adelante, hay una pequeña carretera descuidada y llena de cristales, basura y baches que atraviesa entre diversas fábricas abandonadas y otro descampado (fot. 4). Durante un rato, me perdí observando los edificios amarillos que se levantan en el centro del barrio de Sacaba; con sus balcones empotrados y apelotonados, como las celdas de una colmena, incrustados a poco más de diez metros de la orilla del Mar de Alborán. Un reducto de la España de los sesenta, que me recuerda a la típica postal de la época en que Franco puso de moda el turismo de Sol y playa. Nunca he conocido a nadie que viviera en ese barrio olvidado y condenado al ostracismo. Condenado, también, a la demolición, ya que esta zona está convirtiéndose poco a poco en otro núcleo de gentrificación de mayor poder adquisitivo aún y paralelo al centro, y poco a poco esta zona se declarará obsoleta e irá convirtiéndose en un absurdo que sobra en el paisaje. 
Fot. 4

Como decía al comienzo, he tenido muchas contradicciones ideológicas, emocionales y racionales a lo largo del paseo. Por una parte, considero que los nuevos barrios burgueses que están proliferando con las sucesivas burbujas inmobiliaria son muy aburridos, faltos de diversidad (por ejemplo, no poseen la diversidad cultural de otros barrios como Huelin o la zona de Calle la Unión). Son también barrios muy poco lúdicos, creativos y están despersonalizados; subjetivamente, se me presentan como símbolo de la hegemonía cultural del capitalismo y de la ideología del crecimiento económico desmedido que tanto daño está haciendo a las condiciones normales de vida humana en el planeta. Es fácil comprobar su falta de singularidad si se recorre el barrio de Teatinos, otro barrio semi-nuevo de la Málaga, que parece ser el gemelo de Finca el Pato, ya que la estructura de sus calles y manzanas, sus urbanizaciones e incluso sus comercios son copias con ligeras -a veces, ninguna- variaciones. Lo único que cambia es la tipología de sus habitantes, pues mientras Finca el Pato parece un barrio más preparado para el turismo, las urbanizaciones de Teatinos acogen principalmente a estudiantes de la Universidad de Málaga. La contradicción que percibo en mí es que la alternativa que me aporta mi subjetividad más visceral es reaccionaria, pues a pesar de que tanto Zamora como Cuenca son ciudades con mucho encanto para la nostalgia, en ellas el deseo está contenido. Sus calles angostas y sus casas de muros gruesos de piedra antigua están congestionadas y rememoran una época de restricciones morales, recogimiento en la oscuridad y planteamientos inmovilistas. 

A esta profusión melancólica se me impuso la razón con ideas más frescas y con miras a un futuro en el que, si trabajamos correctamente, se revelará prometedor. Estoy de acuerdo con Gilles Deleuze en que el capitalismo es el mejor y más eficiente sistema que los seres humanos hemos podido inventar hasta ahora, ya que es el que de manera más sobresaliente ha permitido que el deseo se libere de sus cadenas y fluya sin impedimentos arbitrarios; pero esto no debe significar ni mucho menos el fin de la historia ni el estancamiento revolucionario que vaticinaron algunos filósofos posmodernos como Jean Baudrillard. Pienso que nuestras ciudades, fiel reflejo del sistema socioeconómico que las construye y planifica, tienen aún muchísimos problemas que solventar en cuanto a ética urbana y a gestión de recursos y de energía. Por ello, pienso que el proyecto situacionista de una ciudad lúdica, orientada a la creatividad y a la verdadera satisfacción de nuestras necesidades materiales y espirituales todavía tiene mucho que aportar con su defensa de una ciudad llena de pasadizos, escondrijos y sorpresas que nos liberen del aburrimiento y la alienación que conlleva la ideología de la productividad; además de que sus propuestas para una ciudad más orientada al disfrute de las personas que a la circulación de las mercancías, el trabajo y los automóviles permanecen hoy como una propuesta muy vigente y sugerente. 

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