Seis garzas sosegadamente erguidas en un estanque, o tú, saliendo
del baño desnuda sin verme.
«Estilo», C. Bukowski
Se debería prohibir, con un decreto ley, así, con muchas barras y números que den cuenta de la seriedad del asunto, a los enamorados escribir sobre su estado. Resulta de mal gusto hacer alarde de sentimientos en los tiempos que corren, con el desastre ambiental en ciernes, la sociedad bullendo al borde de una guerra civil mundial y el malestar y la desubicación colectivos. Además, deberían saber ya que el relato de sus hazañas, tan grato para ellos de narrar una y otra vez, recreándose en los detalles más cursis, no interesa a nadie más que a sí mismos. Es más, a sus pobres amigos y personas cercanas les resulta incluso obsceno tener que escuchar cómo se recrean en los detalles más íntimos: pierden todo el sentido cuando se cuentan privados de la emoción que los hizo especiales. Es triste que hayamos tenido que recurrir a la violencia de las leyes, pero está demostrado que los amantes adolecen de una falta de empatía preocupante. No piensan que quizás el lector pueda estar sufriendo de desamor o, peor aún, estar felizmente acostumbrado a una vida sin pasiones ni altibajos; ni que leer tales delirios exacerbados puede despertar en este una fuerza que le había costado su trabajo acallar. Una sobreexposición a esta clase de discursos podría llevar al lector bien acomodado a darse cuenta de lo cara que le ha salido su resignación.
Por tanto, de ahora en adelante, los amantes deberán vivir en la más absoluta clandestinidad y discreción, tratarán de comportarse según los códigos de la ciudadanía, hablarán el mismo lenguaje, ejercitarán los mismos derechos y cumplirán los mismos deberes. Se acabaron los paseos excesivos y las miradas taciturnas en el trabajo, recordando el polvo de la noche anterior y sintiéndose demasiado endiosados para las vanas tareas que se les piden. Igual que el drogadicto se debe esconder en baños para satisfacer sus necesidades abyectas, los amantes tendrán suficiente con el espacio privado de su habitación para escenificar su ridícula pantomima. ¿Acaso aceptaríamos con la misma naturalidad a una persona que fuese por la calle con una jeringuilla en la mano rememorando a viva voz, con los ojos exaltados, su primer chute?
¿Es necesario, por ejemplo, dejar constancia de esa primera noche en que caímos rendidos entre sábanas negras manchadas de sangre, como desvirgados, después de haber recorrido los garitos de Torremolinos, después de haber leído el poema «Sejamos pornográficos!», después de haber agotado las palabras? ¿Y hacer ostentación de los sentimientos que me retuercen el estómago cuando me hablas y te vas perdiendo en tus monólogos mientras yo me pierdo en la carnosidad de tus labios y en los cadenciosos ritmos de tu voz, escuchándote como quien asiste a un milagro? ¿A quién beneficia saber que, después de un año transitando una crisis de confianza en mí mismo, buscando consuelo en la mística y en el goce autodestructivo y en los farmacéuticos que hacen guardia en los callejones, siga intentando averiguar qué bien hice para merecer escucharte dando vueltas por la casa, tarareando canciones brasileñas, mientras preparo el desayuno? ¿Cómo he terminado durmiendo junto a un cuerpo que me proporciona tanto alimento, calor, paz y, sobre todo, un ardor imposible de sofocar? ¿A quién le importa –¡en serio!– que nuestro amor se me antoje como uno de esos puticlubs decadentes por los que pasamos cada vez que recorremos la Costa del Sol; esto es, un amor afectado y tal vez pasado de moda, un amor de carretera, destinado a los viajes cotidianos tanto como a los trascendentes?
No se me ocurre ni un solo motivo que justifique estas líneas, que excuse mi deseo de regodearme en alguno de tus greatest hits, como aquella mañana en que yo aún entreabría los ojos como un topillo mientras tú ya te entregabas a tus discursos: «No sé si debería embarcarme contigo, porque yo quiero a alguien que me ame más allá de la menopausia, aunque al mismo tiempo estoy todo el día aquí metida, así que lo mismo ya estoy embarcada. Estoy cayendo en tus redes». Quizás el (ridículo) sentido de todas las cartas de amor sea apresar, condensar, compendiar un pedacito de la alucinación concupisciente de la que estamos colgados. Quizás, con el propósito oculto de dejar constancia de este arrebato que puso nuestras vidas patas arriba por un tiempo. Así, los escribidores de cartas apenas se diferencian de las hordas de enciclopedistas que aparecieron en Roma cuando el imperio se estaba resquebrajando, como elaborando el testamento de un sueño que había parecido eterno.
Llegábamos tarde a trabajar o directamente no íbamos; conducías a toda hostia por las carreteras que nos separaban, jugándote una colección de multas por la ansiedad de vernos; pasábamos las noches enteras mordiéndonos, acariciándonos, reventándonos, besándonos y abofeteándonos hasta que veíamos salir el sol desde la terraza de tu casa de Manilva. ¡Así fue este amor, criaturas de un futuro distópico, así se amaba aquellos días! Ni siquiera estábamos interesados en saber si alguien se había amado antes que nosotros: estábamos convencidos de haber inventado el amor. Como todos los amantes, supongo, y por eso resulta tan urgente sofocar esa manía –derroche absoluto de papel y esfuerzo– de escribir con los ojos brillosos y un nudo en la garganta lo ya sabido por todos.


