martes, 18 de septiembre de 2018

Ecofobia, punk y drum and bass

La ecofobia es básicamente empezar a rayar a los niños con el cambio climático y con unas expectativas apocalípticas cuando aún no se han manchado de barro jugando en el monte ni han visto un árbol que no estuviese encerrado por cuatro baldosas.

La imagen de la destrucción del medio físico provoca un terror que el ego resuelve con la aceptación de ese final inminente y creando en torno a él un fetichismo anestesiante, que bien podemos ver en el cine estilo Mad-Max, Blade Runner y en toda la literatura distópica en general. Y no solo ahí. ¿Qué es el punk sino la aceptación del eterno «no hay futuro», reforzado por el paro, la precariedad y el ambiente industrial de los '70-'80? Un pesimismo combativo y anti-todo combinado con una propuesta de vida entregada al regocijo en la desidia y en el hedonismo extremo… siempre en busca de nuevos paraísos donde no notar el paso del tiempo que transporta a ese terrible futuro.


«Dice que si no se droga,
dice que no siente nada»
(Extremoduro)

También, después del punk, vino el drum’n’bass para colmar este mismo nicho con una música de plástico azul eléctrico bajo cuyo estruendo esquizofrénico los raveros bailan puestos hasta las cejas, comprometiendo su cuerpo cada fin de semana con ese mundo acabado y celebrando la más absoluta de las destrucciones con jubiloso frenesís. No vaya a ser que el fin del mundo nos pille trabajando. El instinto de muerte fluyendo con el instinto de placer en la máxima unión a la que pueden aspirar. Paradójicamente, el lugar en el que se celebran estas fiestas, manifestación de casi todas las contraculturas alineadas, es el campo. Un campo nocturno y misterioso como los bosques en los que se celebraban las antiguas bacanales, donde el amanecer trae con sus colores la necesidad de más veneno para soportar la visión de una naturaleza que no somos ya capaces de interpretar.

Así de maravillosa es la maldita ecofobia que tanto se nos está yendo de las manos, porque la misma tendencia melancólica que inspira «esa mirada» tan viciosa en Current Value, el ecologismo que comenzó como campaña de concienciación y sensibilización está acentuando el nihilismo occidental en una cultura que, además de no tener ningún dios que justifique ningún valor ni principio moral, se le añade el inesperado asuntillo ese de que se ve así mismo a punto de ser desahuciado de su hogar, y por ello se desapega de él antes de cogerle cariño.



El gobierno de lo inmediato es el que mantiene el movimiento inércico de este mundo, que se ríe de cualquier plan de posteridad como del chiste más absurdo. Y pensar en árboles es pensar en posteridad, no en los cuatro, seis o diez años que dura una candidatura, sino en los cadenciosos siglos que tallan silenciosamente los surcos de la edad en los troncos de los robles. No intentéis enseñar a los niños la naturaleza mediante la contemplación apolínea, es decir, a distancia, a través del cristal o de la pantalla, dejad que los espíritus dionisíacos aún no demasiado corrompidos por la apatía urbana gocen y experimente de toda la exuberancia de los bosques, desiertos y playas vírgenes. Si vosotros no tenéis cura, dejad a los niños y a los árboles en paz.

Diego Supertramp, verano de 2018

2 comentarios:

  1. El ser humano y su deseo de disfrutar de lo extinto, hasta que no existe no lo valora.

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  2. Pues eso dejad a los niños y a los árboles en paz...

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