La numerología otorga al número 3 las características arquetípicas de la comunicación: derrochador y auto-expresivo. Pero no. No va por ahí la cosa, aunque es verdad que La sabiduría del Eneagrama da que pensar acerca de este número cuando explica el significado metafórico del triángulo: «representa la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. […] El judaísmo afirma que Dios se manifiesta inicialmente en el Universo en forma de tres emanaciones o “esferas”», etc. Esto aún parece muy abstracto y nebuloso, pero si lo bajamos a la tierra también se puede ver cómo el «átomo está formado por electrones, protones y neutrones, y en lugar de haber cuatro fuerzas fundamentales en la naturaleza, como se creía antes, la física ha descubierto que en realidad solo hay tres: la fuerza ente, la fuerza débil y el electromagnetismo». Estos, y más ejemplos que iré soltando sin ton ni son, parecen remitir todos a una especie de energía neutra. Entre el Padre y el Hijo hay una cosa extraña y como neutra, que hemos representado con una paloma como podríamos haberlo hecho con una garza. Luego, el propio nombre del neutrón ya lo dice todo. Ahí, metidico entre la carga positiva y la negativa, permitiendo sus vaivenes y movimientos. Incluso el materialismo dialéctico percibe esta triada recurrente: su tesis - antítesis - síntesis. Sin embargo, ellos perciben este tercer componente como una criatura parida por la unión de las otras dos, y yo la neutralidad que percibo es como una almohadilla que hace que los dos extremos no sean tan incómodos, un silencio que permite respirar.
¡Fuera dualidades!
Y si hablamos de lenguaje, los griegos y los romanos lo tuvieron claro en cuanto al género, hay cosas que ni para ti ni para mí: neutro. Bueno, de hecho, para los griegos algunas realidades no eran ni singular del todo ni plural del todo: duales, dependiendo de cómo se levantaran. Los sajones parecen haber pensado que realmente para qué distinguir tanto si lo más práctico es el neutro absoluto. Y ahora dominan el mundo. En cambio, nosotros, los hablantes de lenguas romances nos dejamos en el camino de la vulgarización del latín esa tierna huella de la sabiduría de nuestros ancestros, y nos quedamos sin un plural neutro que hubiera facilitado mucho las cosas a las feministas como alternativa al masculino genérico. Pero no, parece que la triple división clásica de la realidad se disgregó en dos culturas muy diferenciadas. Aunque por fortuna algo quedó, el ‘lo’, el ‘esto’, el ‘aquello’, y los gentlemen ingleses se permitieron el lujo de llamar he a su hijito y she a su hijita.
«Para evitar la pasivo-agresividad, soy agresivo». Pues precisamente para evitar este error los psicólogos crearon el concepto de asertividad. Aquel que tal baila... lanzando unas veces las manos al aire para magrear el cielo, y otras martilleando el parqué con los tacones para hacer que la tierra vibre de gusto. Una de las imbecilidades de Nietzsche era esta, la defensa del Macho sin receptividad, todo ejes, aristas y empuje, como un camión enloquecido que vaga en dirección contraria esperando que los demás se aparten, hasta que revienta. Y no sé cómo pretendía que este trol de las cavernas matase a Apolo y encarnase el arquetipo dionisíaco sin lavarse el pestazo de su testosterona en la jofaina de la feminidad.
El lingüista Amado Alonso introdujo también un tercer elemento a la dualidad estructuralista del estrato-superestrato. El «adstrato», básicamente, es la influencia que se da entre dos lenguas en condiciones de igualdad, en comunidades bilingües que se respetan mutuamente, a diferencia del sustrato y el superestrato, que actúan desde las posiciones de la sumisión y la dominación, con movimientos verticales de abajo arriba y viceversa, como ocurrió durante la interacción de la lengua ibera y la latina. Tal vez en este tercer elemento neutro se halle contenido el ideal universal que han tenido la mayoría de las culturas: la horizontalidad, lo ecuánime, lo libre de ataduras. Tal vez los humanos personifiquemos esta neutralidad, pues nuestro libre albedrío, nuestra radical libertad nos impide justificar nuestros actos en pos de determinaciones biológicas como las del género. Somos el aire que impide que cielo y tierra colisionen.
De cualquier modo, el género en las personas se distribuye de una forma semejante, el Macho y la Hembra son ideas platónicas, todos tenemos una parte femenina y otra masculina, el yin y el yang taoísta. Entre estas dos Ideas estaría la persona, siempre desequilibrada por naturaleza: de lo contrario, seríamos dioses. Creo que precisamente en esa oscilación equilibrada de energías está el sí mismo de una persona, pero no un sí mismo estático e inmutable, sino en sempiterno movimiento, ondulado como las olas entre los polos de la feminidad y la masculinidad, adaptándose a cada situación. Así, probablemente, nos fijaríamos más en los entresijos del presente. El psicoanálisis concluyó que los individuos nacen en ese vacío creativo que permitiría tanta variedad de géneros, si los padres castigadores de la cultura no se esforzaran tanto en vigilar y poner en vereda a los que se desvían de los dos que nos impone el lenguaje… ¿O el lenguaje simplemente refleja nuestra visión de las cosas? El caso es que la androginia infantil me daría para otro devaneo y no quiero despilfarrar ideas.
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| Ilustración Brian McCarthy |
Diego Supertramp, invierno de 2019.
* La sabiduría del Eneagrama (2017). Don Richard Riso y Russ Hudson. Ediciones Urano.

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