martes, 18 de septiembre de 2018

El gran robo


La propiedad es el gran robo del Estado moderno, sin duda, mas sin pretensión de descolgar esta gran verdad de su pedestal, hay un robo que me inquieta incluso más por no ser tan discutido, pese a que haya habido autores de la talla de Nietzsche, Albert Camus, Thoreau o García Olivo hayan insistido en él a lo largo de tres siglos distintos. Os hablo del robo del valor estético que podrían aspirar a tener nuestras vidas para merecer ser sufridas. Creo firmemente que el capitalismo es el sistema más perverso y sádico que ha concebido el hombre, y no se salva nadie. Ya no hay un hombre empuñando con severidad un látigo, como en la tierna infancia de nuestra civilización, ni un horrible monstruo divisando desde lo alto del castillo, como en su adolescencia. No. Nos han cedido el látigo y lo hemos aceptado gustosamente a cambio de baratijas sin valor, como los sabios indios americanos aceptaron una envenenada Biblia.

El registro de nacimiento es un trato de muy inferior calaña si se compara con vender el alma al diablo: en esta transacción el cuerpo complementa el generoso paquete, y a cambio solo recibes trabajo y miedo. Luego mueres con cara de idiota sin saber qué coño ha pasado. Desde crío, en casa, ya te dicen que si no estás conforme con lo que hay, te marches; si protestas en la escuela pasa igual, o te quedas o te sumerges en el abismo de la precariedad que comporta el voraz mundo laboral no especializado; finalmente, llega el trabajo en el que tanta ilusión pusiste para escalar hasta él para llegar y… otra mierda igual. Después, ya no tienes fuerza ni para protestar y mueres entre máquinas en la aséptica sala de un hospital, para que al enterrarte te lloren y entre murmullos se repartan el pastel de mierda que te hayas esforzado en dejar.

Lo peor de todo: tú eres el completo responsable de esa miseria… o eso nos dicen. Somos como cerdos a los que, después de una vida cebados con basura en una granja, les abren las puertas de la porquera y les preguntan sonriendo si les apetece volver a la vida salvaje. Si son prudentes, los cerdos se mirarán avergonzados, sabiendo que no durarían ni un mes más allá de las verjas, y suavemente se tirarán sin contestar en el fango putrefacto en el que al menos se sienten cómodos y en el que esperarán revolcándose a que algún día dios se levante de buen humor y los meta por fin en el camión directos al matadero.

A eso es a lo que me refería antes con la pedantesca expresión del “valor estético”: no vivimos cada día sino que aceptamos cada día y nos arrastramos por él. Cada amanecer conlleva la aceptación de algo que de seguro no nos gustará, y sabemos mientras lo hacemos que las puertas del redil siguen abiertas y que tenemos o podríamos juntar dinero para huir a Australia, Tailandia, Canadá o qué sé yo. Pero no hay donde huir. Por eso nos consideramos cobardes. Y la vida de un cobarde nunca tendrá valor estético: no se puede aspirar a la obra de arte suprema que sería para Nietzsche una vida plena y libre, ni la a vida del hombre rebelde de Camus, ni al salvaje desobediente de Thoreau, ni a la del genio irracional e irresponsable de Pedro García Olivo.

Somos unos cobardes, y las formas de afrontarlo son muchas… y a la vez la misma: unos se drogan hasta que sus sueños y esperanzas irrealizables se desdibujan de su imaginación, esos al menos saben que no hay salida; pero otros… ¡ay! ¡pobres de estos otros! los soberbios que se creen más listos y que pasan la vida persiguiendo la vana ilusión de que trepando por las cabezas de los primeros y empujándolos más abajo conseguirán llegar a ese gran castillo de humo. Esos suelen acabar pegándose un tiro en su preciosa alfombra de seda india, o inflándose a pastillas y otras drogas de gabinete para acallar la vocecilla que sabe que lo tienen todo y quieren más; o llenando sus hogares de personas, objetos y placeres de plástico mientras hacen ver al mundo que son felices ¡esos son los que reflejan un mayor desconcierto en sus rostros al morir! Sin embargo, y aún así, hay algunos que encuentran la manera de ser felices cobardes, como formuló Góngora de forma sublime en sus más simples letrillas:

Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno,
y las mañanas de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.

Aunque si prestamos atención a la vida de este poeta, él muestra la veracidad de esa graciosa sentencia que alguien que tenía la capacidad de reírse de sí mismo inventó: «consejos vendo, que para mí no tengo».


Diego Supertramp, otoño de 2017

2 comentarios:

  1. Qué cierto es, pocos valientes son capaces de vivir vidas reales, a contracorriente. La gran mayoría nos movemos atados a un lastre que no queremos pero que nos permite seguir transitando por la vida pre_establecida.

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  2. Qué visión tan desoladora de la vida! lo mismo soy de los que se les va a quedar cara de idiota cuando llegue el momento...o no...

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