viernes, 7 de junio de 2019

Una historia peculiar

La historia que les voy a narrar me la contó un viejecito de mi bloque en una ocasión, cuando me lo encontré en la frutería de abajo. Mi madre me mandó comprar puerros, zanahorias y berza para un puchero y fui presuroso a por tales ingredientes. En cuantito que entré, este señor en cuestión me saludó amable y sonriente, «¡Hola, Carlitos! ¿Cómo estás hoy?», a lo que yo contesté que muy bien y que esperaba que él también lo estuviera. Después de unos minutos esperando una larga cola, y viendo que no avanzaba con fluidez, el anciano bonachón se inclinó hacia mí y me preguntó que si quería escuchar una historia algo peculiar, y obviamente le dije que sí, que me encantaban las historias. 
  El viejecito, tras un ligero carraspeo, me empezó a hablar sobre un amigo suyo al que su madre quiso en demasía. «No es que una madre no deba querer con locura a sus cachorros, por supuesto -me dijo- pero sí que era verdad que cuando este amigo suyo creció, su madre continuaba tratándolo de la misma forma que cuando era un crío». El problema llegó por el carácter delicado de la profesión a la que este buen hombre decidió dedicarse, que no era otra que ser  cámara de las llamadas películas para adultos. Para ello, hizo un curso rápido de audiovisuales y, en cuanto tuvo su diploma en las manos, comenzó a solicitar trabajo en todas las sedes de la industria que se encargaban de la creación de estas películas. Pero no podía enterarse su madre, pues se pondría hecha una fiera y le castigaría, así que se resolvió por compaginar la búsqueda de su pasión con un trabajo más acorde con los gustos de su madre a modo de tapadera. 
No pasó mucho tiempo y empezaron a llamarle para desempeñar ambas labores, la aceptable y la secreta, y cuando su madre lo acompañó a su entrevista de trabajo, se quedó sorprendida ante la abundancia de carteles con mujeres en ropa interior que había colgados, y también le hizo sospechar el hecho de que todas las trabajadoras que por allí rondaban eran demasiado melosas y ligeritas en su actuar. Sobre todo porque su hijo le había dicho que la entrevista era en una empresa especializada en hacer orlas para los colegios e institutos. Pero pensó que su hijo debía de trabajar ya de una vez por todas, y ya se encargaría ella de que aquellos putones no corrompieran a su inocente pequeño. Finalmente, mi amigo firmó su contrato por algunos años, girándose antes con orgullo hacia su madre, que le sonrió con un gesto afirmativo y de aprobación.
Ya en su primer día de trabajo, nuestro tímido cámara comenzó a marearse imaginando lo que su madre pensaría si lo viese allí, contemplando esas cosas sucias de las que ella lo había intentado alejar. Nada más llegar a casa se puso a vomitar, y cuando su madre le preguntaba que qué le ocurría, él se limitaba a contestar que eran los nervios del primer día. Aquel día, por ser el primero de todos los que vendrían luego, su madre se conformó con la explicación, pero después de casi un año repitiéndose la misma escena cada día no resultaba ya creíble decir que eran los nervios del día número doscientos y pico. Así que, segura en su convicción de que algo raro estaba sucediendo, se plantó en calidad de madre de tal y cual en los estudios de grabación y, cuando vio el percal que allí había, formó tal escándalo que la historia llegó a oídos de casi todo el barrio. Muy poco sociables tenían que ser los que no se enteraron del suceso.
A algunas madres y padres prejuiciosos que no toleraban ni entendían el arte de la industria del cine para adultos, les indignó que un hombre que se ganaba la vida en dicha industria hubiese pasado un tiempo a solas en una habitación con sus hijas e hijos para sacarles la foto de la orla, así que no tardaron mucho en llegar familias con intenciones maliciosas y, desde luego, muy pocos escrúpulos, a levantar falso testimonio sobre presuntas caricias, mimos y tratos licenciosos con los que había tratado a estas pequeñas criaturas. Sin duda, este chorro de denuncias se debió al afán de dinero, pues el viejecito de la frutería aseguraba que su amigo nunca había roto un plato. 
Por fin llegó nuestro turno y pagamos por nuestras respectivas compras. Tras esto, y dirigiéndonos hacia la puerta para salir, el viejecito me susurró con todo confidencial que en realidad no tenía ningún amigo, y que la historia que me había contado le sucedió en realidad a él mismo. Antes de irse me dijo que si jugaba con él y prometía ser su amigo, me contaría más historias peculiares, que de esas tenía muchas porque acababa de salir de la cárcel. Con mucha pena, yo le contesté que me tenía que subir a darle las verduras a mi madre y ayudarle a cocinar, y después de decírselo hice el amago de marcharme, aunque antes de girarme pude ver en sus ojos dos pozos de melancolía y deduje que al viejecito le hacía falta un amigo, así que le propuse que otro día podía venirse a jugar a mi casa. El viejecito me dijo que le parecía estupendo, y que yo también podía ir a la suya siempre que quisiera para probar unos juguetes extraordinarios que tenía. Le dediqué una última sonrisa y empecé a corretear hacia mi casa, dando saltitos de alegría motivado ante la idea de tener un nuevo amigo. A menudo ocurren cosas fascinantes e inesperadas en los lugares más cotidianos.
Verano '19

viernes, 15 de marzo de 2019

No escribo versos porque no me ruge el estómago (antipoema)

;escribo porque la hoja en blanco es otro parque en el que pueden jugar mis criaturas; pero antes diré por qué no escribo versos: no escribo versos porque mis guías antes de convertirse en escritores no se perdieron ni un detalle del mundo que ahí fuera ríe y jode mientras escribo esto; porque cada vez que cuento las sílabas de un fracasado verso los números se me antojan rayos de sol que mi piel joven se está perdiendo; porque Lou Reed no para de cantarle al vicio ahí atrás en el altavoz que chilla guitarras como motocicletas ahí atrás; porque el verso no admite ideas sino palabras y sabores y mi musicalidad es más bien callada; porque no me ruge en las tripas como a Bukowski; porque no sufriría ni moriría siquiera si me prohibieran escribir de por vida; mejor así tal vez; porque sí que mataría al que quisiera robarme mis aventuras; y porque menos mal que la vida no me ha puesto en el estado colindante del poeta;

;sin embargo me noto una diferencia muy grande con respecto a los escritores que conozco de mi edad; soy paciente de mi carencia de sacrificio y de entrega y por ello asumo la derrota que no es derrota y no poseo ambición en absoluto; pero escribo como si Narciso se fotografiara su reflejo en la charca y dijera «muy bien este soy yo»; escribo porque a veces pienso en el viejo que seré y en lo que me gustaría que de vez en cuando volviera a recorrer estos parajes muertos de vida y me quisiera tanto como yo le quiero a él; escribo también por supuesto al niño que fui para que me sonría con la simpática carita que tenía; escribo para ordenar las complejidades de la vida y desbaratar aquellas sencillas; escribo para preservar y no caer al vacío; escribo para conservar y para hablar conmigo cuando no sea yo; y escribo sobre todo; contra el tiempo; contra la finitud; contra la repetición de otras vidas que es mi vida; 

miércoles, 20 de febrero de 2019

Ese idiota de Javier Marías

Javier Marías es un autor que muchos críticos de la literatura están empeñados en elevar a la categoría o bien de clásico contemporáneo o, los más humildes, de representante de las letras hispánicas actuales. Respeto la labor de estos críticos, y puedo entender que bajo tanta verborrea hay quien vea en los escritos de Marías a una personalidad muy leída y digna de interés, gracias a su gran formación académica. Sin embargo, debo ser franco admitiendo que pese a su impecable escritura se me revuelven las vísceras con el contenido de sus textos, desde el insufrible Todas las almas (1989) a cualquiera de sus artículos de opinión, en los que hace gala de una falta de reflexión enorme. Y es que si la personalidad se forja a base de prejuicios, Javier Marías es toda una personalidad, que deja claro en un par de artículos que no le gusta ir al teatro. 

Del primero de ellos, «¿Por qué detesto el teatro?», que leí hace tiempo, aportaré una de sus afirmaciones clave para que se comprenda mi frontal rechazo por este autor: «Creo que el primer culpable de mi aversión es el cine. Para quien se educó desde niño en este arte de la representación, la que las tablas ofrecen no puede por menos de resultar comparativamente pobre, hierática e inverosímil.». Como si el teatro y el cine no pudieran disfrutarse a la vez en sus distintos lenguajes y formas de abordar la verosimilitud, pues mientras que el cine «muestra» una historia, el teatro la «representa». En el concepto de representación hay implícito un esfuerzo por parte del espectador, que debe prestar una imaginación activa para que la obra funcione, pero no me puedo extender en ello porque esta divagación pretende llegar a un fin. 

En este nuevo ataque al teatro posmoderno contenido en la columna «Ese idiota de Shakespeare» hay también una serie de prejuicios que no podré desarrollar con la precisión desearía. Para empezar, percibo un gran rechazo a la incorporación de la mujer a la vida pública que está produciéndose desde el siglo XIX, que no catalogaré de «machista» porque es una palabra delicada, pero sí de reaccionario. Ilustraré esto con un ejemplo: «Es como si la mejor futbolista protestara por ganar menos que Messi: se da el caso de que éste convoca a millones de espectadores y genera dinerales.», refiriéndose a la versión de Julio César puesta en escena por un reparto femenino. Creo que cualquier versión o actualización de un clásico responde a su propia definición de «texto que se mantiene joven a pesar del transcurso del tiempo», pues permite extrapolar su materia a cualquier ámbito o situación que se encuentre fuera de este, y la decisión de utilizar únicamente actrices responde por supuesto al empoderamiento de la mujer, pero también posee una coherencia intradiegética, ya que el conflicto se situó en una cárcel de mujeres, y la obra debería ser valorada por su calidad, y no por la conformidad con sus motivaciones. 

Don Carlos, de Schiller. Director: Nicolas Steman.
Foto: Ctibor Bchatry.

    Las versiones nunca empobrecen al original, pues este se encontrará siempre intacto y a disposición del que lo quiera representar en su forma más «pura», por tanto, creo que el problema no proviene de la libertad posmoderna para zarandear y revertir los clásicos, sino de la terquedad de un autor que no comprende lo positivo de que la mujer se halle en plena lucha contra un patriarcado que la ha silenciado durante siglos, y que si Messi mueve más masas que la mejor futbolista femenina no es casual, sino que manifiesta la devaluación sistemática de la valía de la mujer, como demuestran muchos estudios serios sobre el tema, como Calibán y la bruja (2010).

Igualmente, Javier Marías muestra su esnobismo en la frase que da título al ensayo: «como hoy hay licencia para falsearlo todo, se corrige al idiota de Shakespeare y ahora está de moda que a todas esas figuras las interpreten mujeres» (Marías, 2017). Nadie está corrigiendo a Shakespeare, se le está versionando, y el hecho de que se elijan sus textos para crear nuevas obras es una señal de que la posmodernidad no desecha tanto la tradición como se suele decir, sino que la respeta, pero más se respeta a sí misma, y sabe que en ese respeto no cabe traer al presente la tradición sin revisarla y revertirla. De lo contrario, caeríamos en el inmovilismo canónico. Además, decir que «está de moda» es condescendiente, y me parece una falta de respeto hacia todas las mujeres que aportan su granito de arena hacia una sociedad más equitativa. No está de moda, es lógico que tras siglos y siglos en una situación de sumisión se esté dando el fenómeno contrario, y ahora quieran comerse el mundo, hasta que se estabilicen los cambios y se logre el equilibrio. Por último, como en casi todos los discursos de autores elitistas, faltaba más que sacara a colación la «ignorancia de los jóvenes, o de la gente» (Marías, 2017), sin pararse a pensar en la suya propia, en tanto que ser humano. 

Espero que se me comprenda, respeto como persona a Javier Marías, e incluso entiendo lo que quiere decir en sus escritos, pero empatizo mucho más con la lucha feminista y creo que no se debe tolerar sin realizar una crítica razonada a este tipo de autores de prestigio que, como Arturo Pérez Reverte, se dedican a lanzar desde su cátedra todos estos dardos envenenados y llenos de recelos contra las personas que se esfuerzan por crear un mundo más respetuoso y en el que todas las perspectivas tengan cabida en ese campo de batalla tan conflictivo que resulta ser la cultura. 
  • Bibliografía:

-  Marías, J. (21/01/2001). ¿Por qué detesto el teatro? El semanal. Sin pp.
-  Marías, J. (22/01/2017). Ese idiota de Shakespeare. El país. Recuperado de:

jueves, 14 de febrero de 2019

La magia del número 3, o la calma del brujo

La numerología otorga al número 3 las características arquetípicas de la comunicación: derrochador y auto-expresivo. Pero no. No va por ahí la cosa, aunque es verdad que La sabiduría del Eneagrama  da que pensar acerca de este número cuando explica el significado metafórico del triángulo: «representa la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. […] El judaísmo afirma que Dios se manifiesta inicialmente en el Universo en forma de tres emanaciones o “esferas”», etc. Esto aún parece muy abstracto y nebuloso, pero si lo bajamos a la tierra también se puede ver cómo el «átomo está formado por electrones, protones y neutrones, y en lugar de haber cuatro fuerzas fundamentales en la naturaleza, como se creía antes, la física ha descubierto que en realidad solo hay tres: la fuerza ente, la fuerza débil y el electromagnetismo». Estos, y más ejemplos que iré soltando sin ton ni son, parecen remitir todos a una especie de energía neutra. Entre el Padre y el Hijo hay una cosa extraña y como neutra, que hemos representado con una paloma como podríamos haberlo hecho con una garza. Luego, el propio nombre del neutrón ya lo dice todo. Ahí, metidico entre la carga positiva y la negativa, permitiendo sus vaivenes y movimientos. Incluso el materialismo dialéctico percibe esta triada recurrente: su tesis - antítesis - síntesis. Sin embargo, ellos perciben este tercer componente como una criatura parida por la unión de las otras dos, y yo la neutralidad que percibo es como una almohadilla que hace que los dos extremos no sean tan incómodos, un silencio que permite respirar.

    ¡Fuera dualidades!

   Y si hablamos de lenguaje, los griegos y los romanos lo tuvieron claro en cuanto al género, hay cosas que ni para ti ni para mí: neutro. Bueno, de hecho, para los griegos algunas realidades no eran ni singular del todo ni plural del todo: duales, dependiendo de cómo se levantaran. Los sajones parecen haber pensado que realmente para qué distinguir tanto si lo más práctico es el neutro absoluto. Y ahora dominan el mundo. En cambio, nosotros, los hablantes de lenguas romances nos dejamos en el camino de la vulgarización del latín esa tierna huella de la sabiduría de nuestros ancestros, y nos quedamos sin un plural neutro que hubiera facilitado mucho las cosas a las feministas como alternativa al masculino genérico. Pero no, parece que la triple división clásica de la realidad se disgregó en dos culturas muy diferenciadas. Aunque por fortuna algo quedó, el ‘lo’, el ‘esto’, el ‘aquello’, y los gentlemen ingleses se permitieron el lujo de llamar he a su hijito y she a su hijita.

    «Para evitar la pasivo-agresividad, soy agresivo». Pues precisamente para evitar este error los psicólogos crearon el concepto de asertividad. Aquel que tal baila... lanzando unas veces las manos al aire para magrear el cielo, y otras martilleando el parqué con los tacones para hacer que la tierra vibre de gusto. Una de las imbecilidades de Nietzsche era esta, la defensa del Macho sin receptividad, todo ejes, aristas y empuje, como un camión enloquecido que vaga en dirección contraria esperando que los demás se aparten, hasta que revienta. Y no sé cómo pretendía que este trol de las cavernas matase a Apolo y encarnase el arquetipo dionisíaco sin lavarse el pestazo de su testosterona en la jofaina de la feminidad.

    El lingüista Amado Alonso introdujo también un tercer elemento a la dualidad estructuralista del estrato-superestrato. El «adstrato», básicamente, es la influencia que se da entre dos lenguas en condiciones de igualdad, en comunidades bilingües que se respetan mutuamente, a diferencia del sustrato y el superestrato, que actúan desde las posiciones de la sumisión y la dominación, con movimientos verticales de abajo arriba y viceversa, como ocurrió durante la interacción de la lengua ibera y la latina. Tal vez en este tercer elemento neutro se halle contenido el ideal universal que han tenido la mayoría de las culturas: la horizontalidad, lo ecuánime, lo libre de ataduras. Tal vez los humanos personifiquemos esta neutralidad, pues nuestro libre albedrío, nuestra radical libertad nos impide justificar nuestros actos en pos de determinaciones biológicas como las del género. Somos el aire que impide que cielo y tierra colisionen. 

  De cualquier modo, el género en las personas se distribuye de una forma semejante, el Macho y la Hembra son ideas platónicas, todos tenemos una parte femenina y otra masculina, el yin y el yang taoísta. Entre estas dos Ideas estaría la persona, siempre desequilibrada por naturaleza: de lo contrario, seríamos dioses. Creo que precisamente en esa oscilación equilibrada de energías está el sí mismo de una persona, pero no un sí mismo estático e inmutable, sino en sempiterno movimiento, ondulado como las olas entre los polos de la feminidad y la masculinidad, adaptándose a cada situación. Así, probablemente, nos fijaríamos más en los entresijos del presente. El psicoanálisis concluyó que los individuos nacen en ese vacío creativo que permitiría tanta variedad de géneros, si los padres castigadores de la cultura no se esforzaran tanto en vigilar y poner en vereda a los que se desvían de los dos que nos impone el lenguaje… ¿O el lenguaje simplemente refleja nuestra visión de las cosas? El caso es que la androginia infantil me daría para otro devaneo y no quiero despilfarrar ideas. 

Ilustración Brian McCarthy
La Gestalt, terreno este de emociones, habló también de un vacío tan fértil como un domingo de invierno en casa, con todos los libros que quieras a tu alcance, una terraza para divagar, café, y acabar la tarde yendo con los amigos a echarte unos petas a cualquier parte. Esa paz arbórea. Lo contrario de la ansiedad no es la calma, es el hastío, que está en el extremo opuesto de la misma barra, y tan mierda es lo uno como lo otro. El temperamento ansioso lo conozco muy bien, es el sentimiento de que te falta el cuerpo, el tiempo y el espacio para expresar u obtener lo que deseas, mientras que a los hastiados e indolentes les sobra el cuerpo, y lo dejan caer sobre la cama, sobre la oscuridad, sobre una nada que palpita. En medio se encontraría la bendita calma, aquel estado de neutralidad en el que somos auténticos y en el que deberíamos hospedarnos, o por lo menos aspirar a ello, para desde ahí movernos en una u otra dirección. Y así, con todo.

Diego Supertramp, invierno de 2019.

* La sabiduría del Eneagrama (2017). Don Richard Riso y Russ Hudson. Ediciones Urano.

viernes, 21 de diciembre de 2018

La inmortalidad del hombre con las manos eléctricas


– ¿Cuándo rompió en silencio el hombre de las manos eléctricas y de barro el pecho, aquel cuyo cráneo era de cristal y sus piernas se erguían prendidas de algo luminoso que no es fuego? La última vez que lo vi encendía la noche tocando farolas con la punta de sus dedos.

– Eso fue antes de que dejara de confiar en las palabras. Antes de deshacerse de sus poemas. Fue la época en que trepó las veredas con rumbo al Norte para oler los manzanos maduros, cuando el Sol hace sudar sus frutos y el aire se embriaga de sidra. Allí se enfrentó con el mar y le arrojó con desprecio sus páginas emborronadas.

– ¿Por qué los destruyó, siendo todo su caudal?

– Porque solo hablaban de libertad… y no quería que la libertad por él concebida se hallara presa por las palabras. Todos los hombres armados hablan de libertad, y él no quiso hundir sus raíces en la libertad humana. Cuando vio sus páginas tragadas por la textura del agua, en la comunión del cielo con la tierra, sintió que las alabanzas estaban siendo regaladas al que se las susurró en noches de espanto. Simplemente, profirió un grito: «¡quiricú!» y se deshizo en silencio. Se quitó las botas y colgó sus ropajes en las ramas de un tejo. Abandonó la erguidumbre del que camina siempre mirando hacia delante, y a cuatro patas persiguió el viento con la mirada anclada en el suelo que le sostenía. No quería hablar más de los milanos negros, ni de las cigüeñas ni de las águilas culebreras que surcan el cielo de Gibraltar al morir el verano para buscar el Sol eterno de África. Solo soñaba con ser milano, cigüeña, águila, ave planeadora, terruño africano. No cantar más al día y a la noche, sino ser viaje y hechizo. Viajar hasta que la palabra viaje no tuviese sentido. Comprobar que usamos las palabras cuando no podemos asir los objetos. Su gran obra fue tallada con el cuerpo, y para ello debía destruir las palabras que plantaban rejillas de aluminio entre él y el mundo.

– ¿Qué veredas, incendios y darbūkas sostuvieron el sempiterno caminar del hombre de las manos eléctricas y de barro el pecho, aquel cuyo cráneo era de cristal y sus piernas se erguían prendidas de algo luminoso que no es fuego?

– Escuché noticias suyas desde Sri Lanka, Brasil, Libia, Filipinas y Mongolia, y los más sabios le gritaban desde los porches de sus palacios de vida retirada que podía conocer el mundo sin tan siquiera mirar por la ventana, pero él no se sentía una araucaria de patio de cortijo. Sus músculos de animal le pedían oxígeno. Y así, seguía su camino haciendo oídos sordos, pues cuando aprehendió el sentimental lenguaje de los perros, la indiferencia orgullosa de los gatos, la música de los pájaros y el regocijo de los guarros, el habla humana se le fue cada vez aviniendo más y más ajena... más y más empobrecida.

– Pero hace tiempo ya que nadie habla de él.

– Ya murió. Sin medicina, clavos ni tubos, feneció cuando llegó su invierno. Cavó un boquete junto a un roble para pasar sus últimos amaneceres sin frío, y se sorprendió cuando algunos seres piadosos del bosque le llevaron bayas y fruta a su lecho. También el roble sacudió sus lomos, dejando caer algunas bellotas para que muriese con el mismo gozo había rezumado su vida. Cuando la última porción de aire cristalino abandonó su boca, los lobos y demás criaturas se alimentaron con su carne, henchidos de respeto y de un sublime sentimiento religioso, y sus restos fueron fundiéndose con la tierra para amamantar las raíces del joven roble al que tantos gobiernos y vanos pensamientos humanos quedaban por presenciar. Su materia tejió una mínima parte de la materia robórea, que duraría lo menos un milenio. Así, se hizo inmortal. También ayudó a sintetizar las proteínas en el vientre de las criaturas que asistieron a su funeral, necesarias para concebir otros lobos y otros zorros y otros búhos. Así, su cuerpo fue inmortal, y su espíritu se difuminó con un rugido ígneo hasta desaparecer, pues nada le quedaba ya por aprender. El hombre salió de los bosques y a ellos debe volver tras su expedición infantil. Mientras tanto, las miles y miles y miles de páginas escritas por los hombres de las ciudades se tornaron polvo, y al polvo volvieron tras fracasar en su búsqueda de la inmortalidad. Se perdieron entre los anales, almanaques y manuales de literatura.

– Una vida plena…

– Una vida plena.
Diego Supertramp, invierno de 2018

viernes, 14 de diciembre de 2018

Pequeño rocanrol desesperado

«¿Quién conoce el corazón de la juventud salvo la propia juventud?»
Patti Smith
Suele darse esta situación, pero aquel amanecer primaveral mi pecho cumplía años, la segunda cifra capicúa de mi devenir, y ello me hizo reflexionar sobre si algún día sería capaz de habitar mi catedral abandonada y rota, ¡tan rota y abandonada estaba! La luz de la mañana me sorprendió siendo el único de los siete tíos, desparramados en tres sofás cubiertos de polvo y pelusa de perro, al que aún no había conquistado la calma del no existir existiendo. Era desagradable porque estábamos sudados debido a la intensidad de la noche y no había ni un solo atisbo de feminidad en toda la casa excepto por la perra, Karma, que nos abandonó para sumirse en su apacible ser irracional y sin lenguaje, pero preferíamos eso a llegar a casa exhaustos, apestando a alcohol y tener que dormir solos. 

    Lo grave del asunto siempre llega a esas horas intempestivas en que ni siquiera lo negro de la noche puede justificar ese dejarse arrastrar por la vida. Aún es muy pronto para este desánimo, siempre pienso lo mismo, y de hecho cuando envidio la suerte de personas célebres o exitosas me consuela la certeza de que al menos mi piel todavía es tersa y bella… no sé qué pasará cuando cumpla cuarenta, cincuenta, sesenta, y ya no pueda engañarme… la juventud es una estafa, una hipoteca que no has firmado en la que no te das cuenta de la hermosa vivienda que tenía tu espíritu hasta que no te la embarga el banco del Tiempo. Luego, el lapso que te queda simplemente te dedicas a pagarla hasta que, en la bajona de la gran celebración, se te olvida qué te había impelido a salir y te vas a casa deseando echarte a dormir. Quizás sea mejor así. 

    El último peta me lo estaba fumando ya sin ganas, por no tener nadie con quien reír, pero lo necesitaba para calmar el furioso martillo pilón que aplastaba mis ganas de dormir. Sin embargo, sentía gustosa la compañía que me hacía el coro gregoriano de respiraciones irregulares e inquietas de mis siete caballeros concupiscientes sin dama. Nuestro propio mundo nos estaba engullendo con premura. Los efectos se notaban y mi instinto protector se lamentaba de que alguno de nosotros ni siquiera alcanzaría la meta de la siguiente década. Sin embargo, en momentos de lucidez nos percibo como espíritus muy grandes, gigantes de la época que aún no creemos en nuestra obra porque tenemos los sentidos muy abiertos, porque nunca sentimos que hemos almacenado la suficiente vida, pero teníamos de hecho la urgente misión de no seguir tallando los poemas con nuestro cuerpo. 

    Yo, que quisiste cambiar los días de los humildes y solo conseguiste habitar la noche siendo parte de una jauría descontrolada de guerreros con demasiadas ganas de reír como para hacer política de papeles apagados. Que te fumaste el verano mientras tus huesos se calentaban en una azotea aledaña a la catedral, allí donde tú y tu evaporada tribu coloreasteis bloques y plazas abandonadas. 

    Yo, que te erigiste como príncipe de las tinieblas y peregrino de la sierra. Ahh… sí… el mundo estaba podrido, pero, ¿y tú? ¿y todos los que te rodeaban? Os sentíais demasiado fantásticos en vuestros cuerpos eléctricos, pero cuando miraste hacia dentro para despertar tanta belleza, encontraste más oscuridad de la que esperabas en tu beato jardín de Venus. Fue entonces cuando comenzó la peregrinación más dura por entre la vastedad del desierto, el momento en que te vestiste de tuareg expiando sus pecados en dirección a la Meca. Pero en tu camino no había nada escrito, la Meca construida por tus predecesores no calmaría tu sed. No te quedó más remedio que vagar por la nada, con la garganta seca, sin poder oír tu voz y mezclándote en el bullicio báquico de los oasis de medianoche, sin poder soportar la mañana y el seguir caminando con los ojos recubiertos de cenizas y polvo resecos. 

    Fabricaste con barro fortalezas en las que erigiste como reinas a mil adalides de la melancolía. Alejandra Pizarnik, soberana de todas las reinas, la mil veces asesinada. Volverás a peregrinar por parajes verdes, entre toda su explosión de vida, te lo prometo, pero levanta esa mirada al Sol y continúa tu ruta hacia el Este, allí encontrarás de nuevo los senderos peninsulares y volverás a aplastar el polvo bajo tus botas leales. Y volverás a subastar cientos de amaneceres y volverás a vender tu alma a demasiados diablos, despreocupado, consciente de que aún te queda tiempo y de que tus piernas son fuertes. Esta va a ser una escabrosa aventura, pero si el pueblo puede pasar por la guillotina a sus tiranos, tú puedes ganar la batalla por tu cuerpo. 

    Sospecho que no es este un poema que leerán con gusto los dignos señores empoderados en su razón, pero son ellos contra los que lucho cada día, por su insistencia en la imperfección del cuerpo joven. Ni siquiera sé si esto un poema, si es que alguien con la honradez suficiente es capaz, sin que tiemblen sus piernas, de pronunciar una definición decente de lo que es un poema. Puede que sea el preludio de un mundo que está próximo a explotar su cáscara, de desbordarse bañando los muros de la ciudad con porquería y miel de brezo. De cualquier modo, apuesto a que algún loco descalzo sabrá de lo que estoy hablando, y con ello me es suficiente. 

viernes, 2 de noviembre de 2018

Los deseos y las noches

«Hay que dejar la vida como Ulises dejó a Nausica: 
dándole las gracias, más que enamorado de ella»
(F. Nietzsche)

Parler femme en la grata suavidad de un rostro
acolchado en la concupiscencia
de un harén olvidado, sin moral ni ciencia
terreno libre ante el que me postro

parler femme colgando de un túmulo que arrulla
a mí que soy un animal de tierra
se me derrite la piel con tu carne de perra
¡que el bosque oscuro me destruya!

parler femme porque para ellas amor y guerra
crisis y obsesiones, todo lo humano,
materializado en sus verbos cortesanos
nuestras razones solares aberran

parler femme porque sus palabras salvajes son
cantares del último ciervo agreste
nosotros, tanto hacemos por ser tan silvestres
somos domesticados en cuanto oímos su voz

parler femme como en Halloween una tormenta
te hacen enfermar de escorbuto
que ciencias, arte y manjares son sustitutos
de lo que una noche entre brujas tienta.

Solo en el paraíso fueron dibujadas
a la sombra que da la verdura de los naranjos
mientras, en el infierno viril solo hay trabajos
fuego, asco, mierda, lodo, espadas.







E-Pistola 44 (a.k.a. Sobre la impertinencia de los enamorados)

 Seis garzas sosegadamente erguidas en un estanque, o tú, saliendo del baño desnuda sin verme. «Estilo», C. Bukowski Se debería prohibir, co...