miércoles, 20 de febrero de 2019

Ese idiota de Javier Marías

Javier Marías es un autor que muchos críticos de la literatura están empeñados en elevar a la categoría o bien de clásico contemporáneo o, los más humildes, de representante de las letras hispánicas actuales. Respeto la labor de estos críticos, y puedo entender que bajo tanta verborrea hay quien vea en los escritos de Marías a una personalidad muy leída y digna de interés, gracias a su gran formación académica. Sin embargo, debo ser franco admitiendo que pese a su impecable escritura se me revuelven las vísceras con el contenido de sus textos, desde el insufrible Todas las almas (1989) a cualquiera de sus artículos de opinión, en los que hace gala de una falta de reflexión enorme. Y es que si la personalidad se forja a base de prejuicios, Javier Marías es toda una personalidad, que deja claro en un par de artículos que no le gusta ir al teatro. 

Del primero de ellos, «¿Por qué detesto el teatro?», que leí hace tiempo, aportaré una de sus afirmaciones clave para que se comprenda mi frontal rechazo por este autor: «Creo que el primer culpable de mi aversión es el cine. Para quien se educó desde niño en este arte de la representación, la que las tablas ofrecen no puede por menos de resultar comparativamente pobre, hierática e inverosímil.». Como si el teatro y el cine no pudieran disfrutarse a la vez en sus distintos lenguajes y formas de abordar la verosimilitud, pues mientras que el cine «muestra» una historia, el teatro la «representa». En el concepto de representación hay implícito un esfuerzo por parte del espectador, que debe prestar una imaginación activa para que la obra funcione, pero no me puedo extender en ello porque esta divagación pretende llegar a un fin. 

En este nuevo ataque al teatro posmoderno contenido en la columna «Ese idiota de Shakespeare» hay también una serie de prejuicios que no podré desarrollar con la precisión desearía. Para empezar, percibo un gran rechazo a la incorporación de la mujer a la vida pública que está produciéndose desde el siglo XIX, que no catalogaré de «machista» porque es una palabra delicada, pero sí de reaccionario. Ilustraré esto con un ejemplo: «Es como si la mejor futbolista protestara por ganar menos que Messi: se da el caso de que éste convoca a millones de espectadores y genera dinerales.», refiriéndose a la versión de Julio César puesta en escena por un reparto femenino. Creo que cualquier versión o actualización de un clásico responde a su propia definición de «texto que se mantiene joven a pesar del transcurso del tiempo», pues permite extrapolar su materia a cualquier ámbito o situación que se encuentre fuera de este, y la decisión de utilizar únicamente actrices responde por supuesto al empoderamiento de la mujer, pero también posee una coherencia intradiegética, ya que el conflicto se situó en una cárcel de mujeres, y la obra debería ser valorada por su calidad, y no por la conformidad con sus motivaciones. 

Don Carlos, de Schiller. Director: Nicolas Steman.
Foto: Ctibor Bchatry.

    Las versiones nunca empobrecen al original, pues este se encontrará siempre intacto y a disposición del que lo quiera representar en su forma más «pura», por tanto, creo que el problema no proviene de la libertad posmoderna para zarandear y revertir los clásicos, sino de la terquedad de un autor que no comprende lo positivo de que la mujer se halle en plena lucha contra un patriarcado que la ha silenciado durante siglos, y que si Messi mueve más masas que la mejor futbolista femenina no es casual, sino que manifiesta la devaluación sistemática de la valía de la mujer, como demuestran muchos estudios serios sobre el tema, como Calibán y la bruja (2010).

Igualmente, Javier Marías muestra su esnobismo en la frase que da título al ensayo: «como hoy hay licencia para falsearlo todo, se corrige al idiota de Shakespeare y ahora está de moda que a todas esas figuras las interpreten mujeres» (Marías, 2017). Nadie está corrigiendo a Shakespeare, se le está versionando, y el hecho de que se elijan sus textos para crear nuevas obras es una señal de que la posmodernidad no desecha tanto la tradición como se suele decir, sino que la respeta, pero más se respeta a sí misma, y sabe que en ese respeto no cabe traer al presente la tradición sin revisarla y revertirla. De lo contrario, caeríamos en el inmovilismo canónico. Además, decir que «está de moda» es condescendiente, y me parece una falta de respeto hacia todas las mujeres que aportan su granito de arena hacia una sociedad más equitativa. No está de moda, es lógico que tras siglos y siglos en una situación de sumisión se esté dando el fenómeno contrario, y ahora quieran comerse el mundo, hasta que se estabilicen los cambios y se logre el equilibrio. Por último, como en casi todos los discursos de autores elitistas, faltaba más que sacara a colación la «ignorancia de los jóvenes, o de la gente» (Marías, 2017), sin pararse a pensar en la suya propia, en tanto que ser humano. 

Espero que se me comprenda, respeto como persona a Javier Marías, e incluso entiendo lo que quiere decir en sus escritos, pero empatizo mucho más con la lucha feminista y creo que no se debe tolerar sin realizar una crítica razonada a este tipo de autores de prestigio que, como Arturo Pérez Reverte, se dedican a lanzar desde su cátedra todos estos dardos envenenados y llenos de recelos contra las personas que se esfuerzan por crear un mundo más respetuoso y en el que todas las perspectivas tengan cabida en ese campo de batalla tan conflictivo que resulta ser la cultura. 
  • Bibliografía:

-  Marías, J. (21/01/2001). ¿Por qué detesto el teatro? El semanal. Sin pp.
-  Marías, J. (22/01/2017). Ese idiota de Shakespeare. El país. Recuperado de:

jueves, 14 de febrero de 2019

La magia del número 3, o la calma del brujo

La numerología otorga al número 3 las características arquetípicas de la comunicación: derrochador y auto-expresivo. Pero no. No va por ahí la cosa, aunque es verdad que La sabiduría del Eneagrama  da que pensar acerca de este número cuando explica el significado metafórico del triángulo: «representa la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. […] El judaísmo afirma que Dios se manifiesta inicialmente en el Universo en forma de tres emanaciones o “esferas”», etc. Esto aún parece muy abstracto y nebuloso, pero si lo bajamos a la tierra también se puede ver cómo el «átomo está formado por electrones, protones y neutrones, y en lugar de haber cuatro fuerzas fundamentales en la naturaleza, como se creía antes, la física ha descubierto que en realidad solo hay tres: la fuerza ente, la fuerza débil y el electromagnetismo». Estos, y más ejemplos que iré soltando sin ton ni son, parecen remitir todos a una especie de energía neutra. Entre el Padre y el Hijo hay una cosa extraña y como neutra, que hemos representado con una paloma como podríamos haberlo hecho con una garza. Luego, el propio nombre del neutrón ya lo dice todo. Ahí, metidico entre la carga positiva y la negativa, permitiendo sus vaivenes y movimientos. Incluso el materialismo dialéctico percibe esta triada recurrente: su tesis - antítesis - síntesis. Sin embargo, ellos perciben este tercer componente como una criatura parida por la unión de las otras dos, y yo la neutralidad que percibo es como una almohadilla que hace que los dos extremos no sean tan incómodos, un silencio que permite respirar.

    ¡Fuera dualidades!

   Y si hablamos de lenguaje, los griegos y los romanos lo tuvieron claro en cuanto al género, hay cosas que ni para ti ni para mí: neutro. Bueno, de hecho, para los griegos algunas realidades no eran ni singular del todo ni plural del todo: duales, dependiendo de cómo se levantaran. Los sajones parecen haber pensado que realmente para qué distinguir tanto si lo más práctico es el neutro absoluto. Y ahora dominan el mundo. En cambio, nosotros, los hablantes de lenguas romances nos dejamos en el camino de la vulgarización del latín esa tierna huella de la sabiduría de nuestros ancestros, y nos quedamos sin un plural neutro que hubiera facilitado mucho las cosas a las feministas como alternativa al masculino genérico. Pero no, parece que la triple división clásica de la realidad se disgregó en dos culturas muy diferenciadas. Aunque por fortuna algo quedó, el ‘lo’, el ‘esto’, el ‘aquello’, y los gentlemen ingleses se permitieron el lujo de llamar he a su hijito y she a su hijita.

    «Para evitar la pasivo-agresividad, soy agresivo». Pues precisamente para evitar este error los psicólogos crearon el concepto de asertividad. Aquel que tal baila... lanzando unas veces las manos al aire para magrear el cielo, y otras martilleando el parqué con los tacones para hacer que la tierra vibre de gusto. Una de las imbecilidades de Nietzsche era esta, la defensa del Macho sin receptividad, todo ejes, aristas y empuje, como un camión enloquecido que vaga en dirección contraria esperando que los demás se aparten, hasta que revienta. Y no sé cómo pretendía que este trol de las cavernas matase a Apolo y encarnase el arquetipo dionisíaco sin lavarse el pestazo de su testosterona en la jofaina de la feminidad.

    El lingüista Amado Alonso introdujo también un tercer elemento a la dualidad estructuralista del estrato-superestrato. El «adstrato», básicamente, es la influencia que se da entre dos lenguas en condiciones de igualdad, en comunidades bilingües que se respetan mutuamente, a diferencia del sustrato y el superestrato, que actúan desde las posiciones de la sumisión y la dominación, con movimientos verticales de abajo arriba y viceversa, como ocurrió durante la interacción de la lengua ibera y la latina. Tal vez en este tercer elemento neutro se halle contenido el ideal universal que han tenido la mayoría de las culturas: la horizontalidad, lo ecuánime, lo libre de ataduras. Tal vez los humanos personifiquemos esta neutralidad, pues nuestro libre albedrío, nuestra radical libertad nos impide justificar nuestros actos en pos de determinaciones biológicas como las del género. Somos el aire que impide que cielo y tierra colisionen. 

  De cualquier modo, el género en las personas se distribuye de una forma semejante, el Macho y la Hembra son ideas platónicas, todos tenemos una parte femenina y otra masculina, el yin y el yang taoísta. Entre estas dos Ideas estaría la persona, siempre desequilibrada por naturaleza: de lo contrario, seríamos dioses. Creo que precisamente en esa oscilación equilibrada de energías está el sí mismo de una persona, pero no un sí mismo estático e inmutable, sino en sempiterno movimiento, ondulado como las olas entre los polos de la feminidad y la masculinidad, adaptándose a cada situación. Así, probablemente, nos fijaríamos más en los entresijos del presente. El psicoanálisis concluyó que los individuos nacen en ese vacío creativo que permitiría tanta variedad de géneros, si los padres castigadores de la cultura no se esforzaran tanto en vigilar y poner en vereda a los que se desvían de los dos que nos impone el lenguaje… ¿O el lenguaje simplemente refleja nuestra visión de las cosas? El caso es que la androginia infantil me daría para otro devaneo y no quiero despilfarrar ideas. 

Ilustración Brian McCarthy
La Gestalt, terreno este de emociones, habló también de un vacío tan fértil como un domingo de invierno en casa, con todos los libros que quieras a tu alcance, una terraza para divagar, café, y acabar la tarde yendo con los amigos a echarte unos petas a cualquier parte. Esa paz arbórea. Lo contrario de la ansiedad no es la calma, es el hastío, que está en el extremo opuesto de la misma barra, y tan mierda es lo uno como lo otro. El temperamento ansioso lo conozco muy bien, es el sentimiento de que te falta el cuerpo, el tiempo y el espacio para expresar u obtener lo que deseas, mientras que a los hastiados e indolentes les sobra el cuerpo, y lo dejan caer sobre la cama, sobre la oscuridad, sobre una nada que palpita. En medio se encontraría la bendita calma, aquel estado de neutralidad en el que somos auténticos y en el que deberíamos hospedarnos, o por lo menos aspirar a ello, para desde ahí movernos en una u otra dirección. Y así, con todo.

Diego Supertramp, invierno de 2019.

* La sabiduría del Eneagrama (2017). Don Richard Riso y Russ Hudson. Ediciones Urano.

viernes, 21 de diciembre de 2018

La inmortalidad del hombre con las manos eléctricas


– ¿Cuándo rompió en silencio el hombre de las manos eléctricas y de barro el pecho, aquel cuyo cráneo era de cristal y sus piernas se erguían prendidas de algo luminoso que no es fuego? La última vez que lo vi encendía la noche tocando farolas con la punta de sus dedos.

– Eso fue antes de que dejara de confiar en las palabras. Antes de deshacerse de sus poemas. Fue la época en que trepó las veredas con rumbo al Norte para oler los manzanos maduros, cuando el Sol hace sudar sus frutos y el aire se embriaga de sidra. Allí se enfrentó con el mar y le arrojó con desprecio sus páginas emborronadas.

– ¿Por qué los destruyó, siendo todo su caudal?

– Porque solo hablaban de libertad… y no quería que la libertad por él concebida se hallara presa por las palabras. Todos los hombres armados hablan de libertad, y él no quiso hundir sus raíces en la libertad humana. Cuando vio sus páginas tragadas por la textura del agua, en la comunión del cielo con la tierra, sintió que las alabanzas estaban siendo regaladas al que se las susurró en noches de espanto. Simplemente, profirió un grito: «¡quiricú!» y se deshizo en silencio. Se quitó las botas y colgó sus ropajes en las ramas de un tejo. Abandonó la erguidumbre del que camina siempre mirando hacia delante, y a cuatro patas persiguió el viento con la mirada anclada en el suelo que le sostenía. No quería hablar más de los milanos negros, ni de las cigüeñas ni de las águilas culebreras que surcan el cielo de Gibraltar al morir el verano para buscar el Sol eterno de África. Solo soñaba con ser milano, cigüeña, águila, ave planeadora, terruño africano. No cantar más al día y a la noche, sino ser viaje y hechizo. Viajar hasta que la palabra viaje no tuviese sentido. Comprobar que usamos las palabras cuando no podemos asir los objetos. Su gran obra fue tallada con el cuerpo, y para ello debía destruir las palabras que plantaban rejillas de aluminio entre él y el mundo.

– ¿Qué veredas, incendios y darbūkas sostuvieron el sempiterno caminar del hombre de las manos eléctricas y de barro el pecho, aquel cuyo cráneo era de cristal y sus piernas se erguían prendidas de algo luminoso que no es fuego?

– Escuché noticias suyas desde Sri Lanka, Brasil, Libia, Filipinas y Mongolia, y los más sabios le gritaban desde los porches de sus palacios de vida retirada que podía conocer el mundo sin tan siquiera mirar por la ventana, pero él no se sentía una araucaria de patio de cortijo. Sus músculos de animal le pedían oxígeno. Y así, seguía su camino haciendo oídos sordos, pues cuando aprehendió el sentimental lenguaje de los perros, la indiferencia orgullosa de los gatos, la música de los pájaros y el regocijo de los guarros, el habla humana se le fue cada vez aviniendo más y más ajena... más y más empobrecida.

– Pero hace tiempo ya que nadie habla de él.

– Ya murió. Sin medicina, clavos ni tubos, feneció cuando llegó su invierno. Cavó un boquete junto a un roble para pasar sus últimos amaneceres sin frío, y se sorprendió cuando algunos seres piadosos del bosque le llevaron bayas y fruta a su lecho. También el roble sacudió sus lomos, dejando caer algunas bellotas para que muriese con el mismo gozo había rezumado su vida. Cuando la última porción de aire cristalino abandonó su boca, los lobos y demás criaturas se alimentaron con su carne, henchidos de respeto y de un sublime sentimiento religioso, y sus restos fueron fundiéndose con la tierra para amamantar las raíces del joven roble al que tantos gobiernos y vanos pensamientos humanos quedaban por presenciar. Su materia tejió una mínima parte de la materia robórea, que duraría lo menos un milenio. Así, se hizo inmortal. También ayudó a sintetizar las proteínas en el vientre de las criaturas que asistieron a su funeral, necesarias para concebir otros lobos y otros zorros y otros búhos. Así, su cuerpo fue inmortal, y su espíritu se difuminó con un rugido ígneo hasta desaparecer, pues nada le quedaba ya por aprender. El hombre salió de los bosques y a ellos debe volver tras su expedición infantil. Mientras tanto, las miles y miles y miles de páginas escritas por los hombres de las ciudades se tornaron polvo, y al polvo volvieron tras fracasar en su búsqueda de la inmortalidad. Se perdieron entre los anales, almanaques y manuales de literatura.

– Una vida plena…

– Una vida plena.
Diego Supertramp, invierno de 2018

viernes, 14 de diciembre de 2018

Pequeño rocanrol desesperado

«¿Quién conoce el corazón de la juventud salvo la propia juventud?»
Patti Smith
Suele darse esta situación, pero aquel amanecer primaveral mi pecho cumplía años, la segunda cifra capicúa de mi devenir, y ello me hizo reflexionar sobre si algún día sería capaz de habitar mi catedral abandonada y rota, ¡tan rota y abandonada estaba! La luz de la mañana me sorprendió siendo el único de los siete tíos, desparramados en tres sofás cubiertos de polvo y pelusa de perro, al que aún no había conquistado la calma del no existir existiendo. Era desagradable porque estábamos sudados debido a la intensidad de la noche y no había ni un solo atisbo de feminidad en toda la casa excepto por la perra, Karma, que nos abandonó para sumirse en su apacible ser irracional y sin lenguaje, pero preferíamos eso a llegar a casa exhaustos, apestando a alcohol y tener que dormir solos. 

    Lo grave del asunto siempre llega a esas horas intempestivas en que ni siquiera lo negro de la noche puede justificar ese dejarse arrastrar por la vida. Aún es muy pronto para este desánimo, siempre pienso lo mismo, y de hecho cuando envidio la suerte de personas célebres o exitosas me consuela la certeza de que al menos mi piel todavía es tersa y bella… no sé qué pasará cuando cumpla cuarenta, cincuenta, sesenta, y ya no pueda engañarme… la juventud es una estafa, una hipoteca que no has firmado en la que no te das cuenta de la hermosa vivienda que tenía tu espíritu hasta que no te la embarga el banco del Tiempo. Luego, el lapso que te queda simplemente te dedicas a pagarla hasta que, en la bajona de la gran celebración, se te olvida qué te había impelido a salir y te vas a casa deseando echarte a dormir. Quizás sea mejor así. 

    El último peta me lo estaba fumando ya sin ganas, por no tener nadie con quien reír, pero lo necesitaba para calmar el furioso martillo pilón que aplastaba mis ganas de dormir. Sin embargo, sentía gustosa la compañía que me hacía el coro gregoriano de respiraciones irregulares e inquietas de mis siete caballeros concupiscientes sin dama. Nuestro propio mundo nos estaba engullendo con premura. Los efectos se notaban y mi instinto protector se lamentaba de que alguno de nosotros ni siquiera alcanzaría la meta de la siguiente década. Sin embargo, en momentos de lucidez nos percibo como espíritus muy grandes, gigantes de la época que aún no creemos en nuestra obra porque tenemos los sentidos muy abiertos, porque nunca sentimos que hemos almacenado la suficiente vida, pero teníamos de hecho la urgente misión de no seguir tallando los poemas con nuestro cuerpo. 

    Yo, que quisiste cambiar los días de los humildes y solo conseguiste habitar la noche siendo parte de una jauría descontrolada de guerreros con demasiadas ganas de reír como para hacer política de papeles apagados. Que te fumaste el verano mientras tus huesos se calentaban en una azotea aledaña a la catedral, allí donde tú y tu evaporada tribu coloreasteis bloques y plazas abandonadas. 

    Yo, que te erigiste como príncipe de las tinieblas y peregrino de la sierra. Ahh… sí… el mundo estaba podrido, pero, ¿y tú? ¿y todos los que te rodeaban? Os sentíais demasiado fantásticos en vuestros cuerpos eléctricos, pero cuando miraste hacia dentro para despertar tanta belleza, encontraste más oscuridad de la que esperabas en tu beato jardín de Venus. Fue entonces cuando comenzó la peregrinación más dura por entre la vastedad del desierto, el momento en que te vestiste de tuareg expiando sus pecados en dirección a la Meca. Pero en tu camino no había nada escrito, la Meca construida por tus predecesores no calmaría tu sed. No te quedó más remedio que vagar por la nada, con la garganta seca, sin poder oír tu voz y mezclándote en el bullicio báquico de los oasis de medianoche, sin poder soportar la mañana y el seguir caminando con los ojos recubiertos de cenizas y polvo resecos. 

    Fabricaste con barro fortalezas en las que erigiste como reinas a mil adalides de la melancolía. Alejandra Pizarnik, soberana de todas las reinas, la mil veces asesinada. Volverás a peregrinar por parajes verdes, entre toda su explosión de vida, te lo prometo, pero levanta esa mirada al Sol y continúa tu ruta hacia el Este, allí encontrarás de nuevo los senderos peninsulares y volverás a aplastar el polvo bajo tus botas leales. Y volverás a subastar cientos de amaneceres y volverás a vender tu alma a demasiados diablos, despreocupado, consciente de que aún te queda tiempo y de que tus piernas son fuertes. Esta va a ser una escabrosa aventura, pero si el pueblo puede pasar por la guillotina a sus tiranos, tú puedes ganar la batalla por tu cuerpo. 

    Sospecho que no es este un poema que leerán con gusto los dignos señores empoderados en su razón, pero son ellos contra los que lucho cada día, por su insistencia en la imperfección del cuerpo joven. Ni siquiera sé si esto un poema, si es que alguien con la honradez suficiente es capaz, sin que tiemblen sus piernas, de pronunciar una definición decente de lo que es un poema. Puede que sea el preludio de un mundo que está próximo a explotar su cáscara, de desbordarse bañando los muros de la ciudad con porquería y miel de brezo. De cualquier modo, apuesto a que algún loco descalzo sabrá de lo que estoy hablando, y con ello me es suficiente. 

viernes, 2 de noviembre de 2018

Los deseos y las noches

«Hay que dejar la vida como Ulises dejó a Nausica: 
dándole las gracias, más que enamorado de ella»
(F. Nietzsche)

Parler femme en la grata suavidad de un rostro
acolchado en la concupiscencia
de un harén olvidado, sin moral ni ciencia
terreno libre ante el que me postro

parler femme colgando de un túmulo que arrulla
a mí que soy un animal de tierra
se me derrite la piel con tu carne de perra
¡que el bosque oscuro me destruya!

parler femme porque para ellas amor y guerra
crisis y obsesiones, todo lo humano,
materializado en sus verbos cortesanos
nuestras razones solares aberran

parler femme porque sus palabras salvajes son
cantares del último ciervo agreste
nosotros, tanto hacemos por ser tan silvestres
somos domesticados en cuanto oímos su voz

parler femme como en Halloween una tormenta
te hacen enfermar de escorbuto
que ciencias, arte y manjares son sustitutos
de lo que una noche entre brujas tienta.

Solo en el paraíso fueron dibujadas
a la sombra que da la verdura de los naranjos
mientras, en el infierno viril solo hay trabajos
fuego, asco, mierda, lodo, espadas.







lunes, 8 de octubre de 2018

De sufíes, caza furtiva y mujeres

Occidente es la cuna del coleccionismo. Pero no solamente en lo que concierne al dinero o las propiedades, sino que hemos sido educados para conseguir cosas, capturar los animales, cortar las flores y coleccionar lo bello. ¿Herencia de los cazadores-recolectores primitivos? Tenemos una especie de fascinación por los objetos muertos. Esta acumulación de riqueza que no hace más que angustiarnos fue relacionada por Freud con la etapa pregenital de manipulación de las heces, en la que el niño examina fascinado y no deja escapar por la tubería a los pedazos de materia inerte que su cuerpo ha conseguido fabricar, y que por tanto le pertenecen aunque no sepa muy bien cómo utilizar tan misteriosos objetos. Las únicas referencias de amor no posesivo que me vienen a la cabeza son orientales: los sufíes, el budismo y el taoísmo, es decir, las tres filosofías tan jipiosas como radicalmente contraculturales que vienen a desmoronar los cimientos de nuestra civilización solamente con un mensaje tan sensato como: «¿Amas algo? Gózalo». 

Sobre todo me interesa este concepto a la hora de hablar de relaciones sexo-afectivas. Y sobre todo me interesan los sufíes, que distinguen tres planos de conocimiento: el sensitivo, el intelectual y el amoroso, ¿y nosotros? uno: tener un diploma. La gran mayoría de las parejas solamente llegan al primero, se aman los cuerpos, nuestra capa externa, pero no llegan ni siquiera a entenderse intelectualmente, es decir, saber qué es el otro mediante palabras. Hacerte una idea de a quién tienes al lado para así cuidarlo con respecto a sus necesidades, no a las tuyas propias. La mayor parte de las veces, como defiende Žižek, proyectamos una idea de lo que es esa persona basándonos en nuestras fantasías, y cuando la convivencia hace sus estragos nos quedamos con cara de gilipollas al darnos cuenta de que obviamente no es quien esperábamos. Entonces… entonces comienza la violencia. La consecuencia más extrema de todo esto es la misoginia, que no es más que la frustración por no poder poseer a la mujer como un objeto muerto, como los hombres querríamos que fueran. 

Danza sufí
Cuando leí el tercer nivel de conocimiento sufí me quedé de piedra: solo amando algo es cuando realmente lo comprendes. Pasa con todo, con la naturaleza, con las personas, con el arte e incluso con los objetos. Puedes entender la obra de un músico, de un escritor, y disfrutarla si el mensaje y sus contornos entran en tus cánones, pero cuando la amas… tienes que cambiar el canon. Y la mente se te abre y se muestra receptiva ante un nuevo lenguaje, un nuevo sonido, una nueva propuesta de vida, o lo que sea, y a partir de ahí es cuando disfrutas incluso con sus defectos y quieres que ese espíritu creador siga vivo y correteando por el mundo, para que desparrame todo su arte y su voluptuosidad por doquiera que pase. 

El fetichismo por la exhibición de objetos viene de muy antiguo. El Criticón, una de las obras cumbre del barroco español que por cierto no he leído, tiene un capítulo bellísimo -que sí me he leído- en el que los viajeros llegan a casa de Salastano, anagrama de un aristócrata de la época, y este les enseña un típico gabinete de maravillas renacentista. Básicamente, lo que hoy entenderíamos como un museo privado, en el que se acumulan fósiles, piedras extrañas, pájaros, hierbas… traídos de lugares exóticos como América. Y lo de esta gente no llegó a ser tan nocivo porque eran cuatro frikis adinerados, pero hoy, con la democratización de casi todo cada vez hay más frikis con dinero. Pero me enteré hace poco de que el tráfico de caza furtiva mueve tanto dinero como el de droga y el de armas, ya que al parecer hay gente dispuesta a pagar 20.000 euros por una lagartija de apenas 15 centímetros, pero que está en peligro de extinción. ¿Ama esta gente la naturaleza? Tanto como los cazadores deportivos. 

Ama la naturaleza el explorador que guarnecido tras su parapeto observa a través de los prismáticos la existencia natural de las aves, pues sabe que volarán si se acerca. La ama el que disfruta de un baño bajo el sol de mayo, el que pasea los bosques cuando la vida urbana se lo permite, el que se introduce hasta el corazón mismo de la montaña o del desierto, pero no quien la destroza y viola. No quien la mata y expone su cuerpo sin brillo en casa. 

¿Y con las mujeres? Porque lo de observar con prismáticos es voyeurismo y a algunas no les sentaría bien, y tampoco se puede pasear por ellas sin mayor consecuencia, según qué casos, porque algunas tienen muchos pasadizos y rincones por los que al final puedes perderte más fácilmente que en un bosque. También existe la posibilidad de introducirse hasta el corazón mismo, con cuidado de no perder el Norte. Lo importante es quitarnos de encima esa necesidad tan horrenda de pensar que son nuestras, y no agobiarse si no te permiten el acceso a su parque paraíso natural, porque como decía un ladino Arturo Puig en Lugares comunes, hay que disfrutar de su presencia. Y la verdad es que tiene razón, un grupo de personas sin una mujer pierde brillo y gracia. 

A lo mejor no hay ninguna a la que «conozcas» realmente, y todo esto puede sonarte a chino, algunos solo pueden soportar amar a una, y otros dicen amarlas a todas, porque de lo que realmente están enamorados es de la sensación tan oceánica que te produce una mujer. Ama lo que te dé la gana, el amor siempre es bueno, pero no rompas la fluidez del mundo proyectando ni tus fantasías platónicas ni tus traumas ni tus deseos de salvar o de ser salvado sobre una criatura que probablemente solo quiera patalear para celebrar este mundo que está tan bien fabricado.

Diego Supertramp, otoño de '18

jueves, 4 de octubre de 2018

«In the end, you’ll be hooked, too»

La semana pasada estuve con mi familia en Berlín, una ciudad cuyas paredes hablan si sabes su lenguaje, y en la que cada esquina parece tener apostado un buhonero de historias. En uno de los largos paseos, vimos en el barrio turco un cartel de la película Yo, Cristina F., que solo Dios sabe cuántos años podría llevar allí. Bajo la imagen, un eslogan publicitario advertía de que «In the end, you’ll be hooked, too» (al final, tú también quedarás enganchado). ¿Enganchado a qué? ¿A la heroína? Mmm… un poco desfasado… aunque allí, en Berlín, parece ser que hoy en día muere más gente por el jaco que en los gloriosos años ‘70. ¿Enganchado a la película? ¿A la estética alienígena de David Bowie? El caso es que no me paré demasiado a pensarlo porque en la siguiente bocacalle nos asaltó el curioso y gigantesco graffiti del astronauta sin bandera. Pero la sentencia quedó flotando en mi subconsciente, buscando dónde acomodarse entre el montón de basura que llevo acumulando durante 22 años. A la mañana siguiente tomamos un metro para acercarnos a un mercadillo dominguero bastante variopinto en Mauerpark. 


Oh na na, Cypress Hill. Iba empanado escuchando el disco nuevo de Cypress Hill (bastante mierdoso, por cierto), cuando entró la típica mujer lastimosa ofreciendo una limpieza de conciencia a cambio de dinero. No sé qué hostias andaría diciendo en alemán, pero me chocó observarla en mute, porque si comparo sus piernas y sus brazos con cables me estaría quedando corto. La piel sobrante, ante la ausencia de carne que cubrir, se acumulaba arrugada en los ojos sirviendo de tobogán para sus lágrimas e impidiendo estimar su edad. Sin embargo iba arreglada: con tacones altos y maquillada, lo que producía al mismo tiempo un poco de grima añadida y la impresión reconfortante de que no estaba del todo perdida, aunque sus miradas autocompasivas no decían lo mismo. La chapa silenciosa no cesaba. Nadie le dio nada. 

Subway train, JohnnyThunders. Solapado con el otro espécimen, entró uno nuevo. Esta vez diría que de unos 40-50 años, gordo como él solo, sucio y desastrado, con psoriasis, la cara congestionada por el alcohol y una herida profunda en forma de T y a punto de infectarse en el codo. Llevaba una solemne tajá y aun así osó quedarse de pie, de espaldas a mí y encarado a mi madre, que iba sentada. Sostenía un gran vaso de plástico lleno hasta la mitad con la misma mano con la que se agarraba para no caerse, porque en la otra pujaba con una rebosante bolsa de tela de las que venden en el súper. Con el dulce y cadencioso traqueteo del tren se fue durmiendo de pie, y parecía tener un largo recorrido porque estuvo así durante dos o tres paradas. Yo miraba el vaso, que yacía casi en horizontal, miraba el líquido como una especie de medidor de fases del sueño y me percataba de cómo se bamboleaba con cada curva hacia adelante y hacia atrás a modo de olas etílicas que no llegaban a alcanzar el borde del vaso y precipitarse sobre mi madre. Un giro brusco abatió al notas sobre mi madre y, con ayuda de mi padre, lograron erguirlo de nuevo. El vaso estaba intacto y lo apuró antes de que se derramase definitivamente. Todo un profesional.

Dysfunctional, The Psycho Realm. No recuerdo cuándo entró el tercer ejemplar de esta fauna con la que compartíamos vagón, pero este tampoco estaba del todo extraviado. Iba de vuelta a casa (supongo) bastante «enhuertao», no paraba de hurgarse la nariz con la fuerza de un minero buscando oro y sin parar de moverse eléctricamente, hasta que enrolló un billete y comenzó a rascarse con él la fosa nasal, aspirando todo endemoniado hasta que empezó a sangrar. A saber qué andaba buscando, preguntó luego mi madre. Me mordí la lengua. Mi padre pronunció las siguientes palabras «iría todo espídico, o puesto de pastillas, quién sabe, esas mierdas te convierten en un psicótico y como te dé por pensar que tienes cualquier cosa en la rodilla eres capaz arrancarte la pierna si hace falta». Gracias, papá. 

En los 5 minutos que nos separaban del mercadillo nos encontramos con otro famoso graffiti berlinés en el que Conrad Schumann ejecutaba el salto más fotogénico de la historia. El soldado de la RDA fue la primera persona en saltar el Muro de Berlín cuando solo era alambre de espino. Lo vio claro y no esperó a que fuera de ladrillo. Berlín es una ciudad joven, pero como decía antes, su cuerpo es el de un anciano decrépito con el gusto de narrar fascinantes historias en el asilo. 

Me repatea la gente que lee a Bukowski desde arriba, riéndose de la procesión de malditos que este autor exhibe en todos sus relatos. Pero el viejo alcohólico lo sabía bastante bien: ellos no siempre estuvieron malditos. 

Me vino a la cabeza la típica reflexión de que tanto la decrépita oradora, el borracho malabarista y el mini-albert-rivera fueron niños alguna vez que esperaron cosas de la vida y que fantasearon con su adultez. Fue entonces cuando me acordé de la frase que apuntalaba el cartel de Yo, Cristina F. contra la pared. Y el existir se me antojó en la imaginación como un larguísimo campo de minas por el que tienes que correr para llegar finalmente a un desfiladero. Desfiladero que para motivarse durante la carrera algunos llaman paraíso, pero yo, sinceramente, no concibo que sea más que un desfiladero oscuro y sin fondo. Por tanto, hay que darlo todo en el trayecto… que muchos ni siquiera logran terminar, pero no basta con esquivar las minas, sino que periódicamente un muro coronado con espino se presenta ante ti. 

No todos nos topamos con los mismos muros -mentales o físicos- sino que el dinero, el nervio y la inteligencia que tengas, los buenos amigos que te tiendan la mano, la educación que recibas, la familia que te toque y el lugar en el que naces determinarán si los muros son más o menos frecuentes, y de mayor o menor altura. Cada muro que saltas es un periodo de frenesís, de crecimiento y de aprendizaje, pero puedes quedar enganchado. Y raro es cuando algún transeúnte te ayuda si quedas colgando a merced del viento, agarrado a un alambre con las manos ensangrentadas o cabezabajo como un idiota, con la pierna atravesada en el espino. Normalmente solemos pensar o que se lo han buscado o que ya nacieron estrellados.

En cierto modo, empatizo bastante con los especímenes que se montaron en aquel metro, pero no desde la pena y desde arriba, alimentando mi ego con el sufrimiento ajeno como Teresa de Calcuta. Sino desde la igualdad y el desconcierto, pues aún me quedan muchas vallas por saltar: quién sabe quiénes eran ellos antes de ir dando la nota por el mundo. Creemos que los desgraciados han tenido esa facha desde siempre, pero no es así, solamente son gente que se enganchó. Hay que tenerlo grabado: «In the end, you’ll be hooked, too». 

Diego Supertramp, otoño de 2018

E-Pistola 44 (a.k.a. Sobre la impertinencia de los enamorados)

 Seis garzas sosegadamente erguidas en un estanque, o tú, saliendo del baño desnuda sin verme. «Estilo», C. Bukowski Se debería prohibir, co...