sábado, 8 de enero de 2022

E-pistola 19 (a.k.a. Viaje a las tripas)

«En un mundo de plástico y ruido, 

quiero ser de silencio y barro»

Eduardo Galeano

- El silencio (la ida)

Decía el pobre César Vallejo, un poeta argentino muy desgraciado, que nació un día que Dios estaba enfermo, grave. En mi caso, estaría resfriaillo y sin ganas de trabajar. No me dedicó el tiempo que requiere una escultura medio en condiciones y se excedió cincelando unas partes mientras que en otras si le subía la fiebre entretanto que se ocupaba de ellas simplemente las dejó sin terminar. 

    Mi padre, tan propenso al desánimo, me diagnosticó con la mente; mi madre, trapecista lunar, con las arterias. Mi padre prefirió pensar que me iba a faltar un verano por eso de ponerse siempre en lo peor, para que si la vida le coge por sorpresa sea para darle una alegría. Pero eso es anteponer la mente a las tripas, y eso, abuela, creo que es el origen de muchos males del mundo ¿verdad? Mi madre, como decía, es menos reflexiva pero más savia y a menudo cuenta –deberías escuchar cómo lo cuenta ella– que él no me supo ver, pero que cuando era solo un bebé ella me sentaba en la cama, en el sofá, o donde fuera. Que me ponía a su lado mientras hacía sus cosas y me contaba sus paranoias de siempre, y yo, que aún no sabía hablar siquiera, me erguía y la miraba de una forma que parecía que la estaba entendiendo por completo. Supongo que ahí aprendí a escuchar… ¡Qué remedio! ¡Vaya asedio! 

    Desde entonces, parece que se me ha quedado pegada una fascinación similar a la de Almódovar por lo femenino, por las charlas en la cocina, por mirarla peinarse mientras me cuenta lo que le obsesiona a cada momento, por la intimidad sin ruido, por sus palabras armónicas como palabras cascadas de silencio, suaves como rayos de Sol sobre el terruño empapado por la lluvia. Palabras gráciles, atentas y sanadoras como pasear un domingo por la montaña. Conste que lo femenino no es terreno exclusivo de las mujeres; lo femenino, creo, es una energía que puede poseer cualquier persona y cualquier situación. Por todo ello, hoy rechazo la patria y solo acepto enraizarme en la tierra sustentadora de la Matria. 

    A punto de cumplir veintitrés años, vuelvo a montarme en el Auto-Res rumbo a Zamora, a pesar de que todos decíais que dejaría de venir en cuanto pudiera… tú lo sabes mejor que yo, abuela, que no se puede desafiar a un Tauro, porque podríamos remover el cielo y la tierra con tal de llevarles la contraria. Aquí vengo una vez más a Zamora, abuela. ¡Qué lío! Ya no sé si Zamora es mi abuela o si tú eres Zamora o qué sé yo. Para mí sois la misma cosa. Vengo a visitaros, a encomendarme a vuestro silencio, y me da igual quién sea cuál. Y es que hoy lo revolucionario no es gritar, que ya bastante ruido hacen los coches y las multitudes, sino escuchar el silencio de los que callan y piensan.

    «Culto no es aquel que lee más libros. Culto es aquel que es capaz de escuchar al otro» (Eduardo Galeano, también)

    El silencio… ¿sabes abuela, que la raíz de la palabra silencio, sei, está en todos los idiomas indoeuropeos, y que esta raíz la comparte con la palabra semilla? ¿Será por eso que el silencio es la semilla de la sabiduría y que los mejores pensamientos vienen del silencio, de un cocerse a fuego lento?


- El barro (la vuelta)

Las etimologías siempre remiten a los juegos con los que nuestros antepasados crearon una rica lengua plagada de secretos. El barro, con esa doble -r- tan ibera, es por definición la tierra mojada. ¡Y qué bien nos sienta el agua, a nosotros que nos rige la Tierra, para que nos alivie de nuestra sequedad y nos pongamos maduros y tiernitos!, ¿verdad, abuela? También Zamora es barro. Un barro quizás un poco seco, rudo, pétreo y triste. Es una tierra difícil de habitar, pero de barro a fin de cuentas. ¡Y qué verde y exuberante se pone cuando llega la primavera y llueve! El año que llueve, claro... 

    Tus manos, retorcidas como las ramas de los árboles de la Plaza Viriato, me recuerdan a las raíces sustentadoras del árbol robusto y enjuto que es nuestra familia. 

    El otro día di un largo paseo por Zamora: bajé hasta el Trascastillo por la Puerta de la Feria, por donde tú me contaste que los ganaderos pasaban antiguamente con sus rebaños; miré de nuevo el letrero de la Calle Abrazamozas, riendo para mis adentros sin entender cómo podéis ser tan cazurros y tan entrañables al mismo tiempo; subí al casco antiguo atravesando el Arco del Obispo y oteé el Duero desde las almenas del castillo, y tenías razón, abuela, este año va bien crecidito hacia Portugal; luego, bajé por la cuesta del Pizarro y crucé el Duero por el puente de piedra para tomarme un vino de Toro con unos pimientos asados en Los Pelambres, mientras contemplaba Zamora desde la otra orilla y escuchaba las conversaciones de los viejos, que hablaban de la nieve que había en Sanabria este año, del grado y medio que hizo el otro día en Mombuey, y de los móviles que se compran sus mujeres para acabar también hablando de la nieve en Sanabria y del grado y medio en Mombuey. Y es que a Zamora todavía no ha llegado el plástico, seguís siendo de barro. 

«Los castillos, ermitas,/ cortijos y conventos,/ la vida con la historia,/ tan dulces al recuerdo» (Luis Cernuda)

    Continué mi paseo sagrado deleitando la mirada con el cimborrio de la catedral, la Rúa de los Francos, las Tres Cruces. Iba escuchando el concierto de Paco Ibáñez en el Olympia y sintiéndome como él, un exiliado, pero del tiempo y de la prisa, y también sintiendo cómo me invadía paulatinamente el barro y el silencio. Ahora te escribo esto en unos folios que me ha dejado una señora muy maja en el Auto-Res, mientras el bus cruza la sierra de Guadarrama… y no quiero volver a Málaga. 

    Y me imagino, abuela, que tú, en cambio, estarás ya harta del barro y del silencio, y que dirás que en Málaga se vive mejor, con sus playas, su buen tiempo y su alegría pícara. Pero también es una ciudad muy superficial, ruidosa y de plástico –excepto por algunos rincones que he ido descubriendo casualmente–. Yo tampoco soportaría vivir allí. Es una tierra difícil de habitar. Pero que me recibe y es mi refugio tres veces al año, cuando regreso, como regresa la cigüeña al campanario, para comer tus lentejas de los lunes y el pan crujiente y con sabor a humo y madera que guardas en la alacena con celosías de la «sala de estar», como tú la llamas. Y es curioso cómo funciona el cerebro de los niños: no sé si será porque era lo primero que veía al entrar en tu casa pero, cada vez que pensaba en Zamora, pensaba en esa alacena con celosías. 

    Infinitérrimas gracias por no haberte rendido al aneurisma, cuando todos pensábamos que te ibas. ¡Pero qué burra que eres! Ya sabes… nunca desafíes a un Tauro, y menos si es zamorano, porque es capaz de vivir cien años, si es necesario, con tal de llevar la contraria. Y por haberme cuidado de nuevo. Te mando abrazos ruidosos y soleados desde el Sur. Nos vemos en verano. 

    Abril de 2019.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

E-pistola 77

 «Pero si tú conmigo te llegas a portar mal,

que yo voy a soltar un escuadrón de palomas

para que puedan volar»

«Mujer divina», Joe Cuba


Acabo de llegar a casa después de una sesión de tecno en la Paris 15 en la que he exorcizado los demonios que se habían agolpado en el umbral de mi puerta al mundo. Adoro cuando consigo mantener rutinas que dotan a la realidad de un cierto sentido, pero para bien o para mal, las siento carentes de interés sin estas dosis de desequilibrio que dan salida al instinto de muerte reprimido durante esos días. Después de toda una noche frenética y luminiscente, noto mi cuerpo reseteado, blando, dolorido. Una fina capa de magma pegajoso y con olor a colilla me recubre todo el cuerpo. Esa sensación de viscosidad que envuelve todas las actividades de la vida que merecen la pena. Voy a ducharme. 


Volví a casa tras una última raya de speed que nos metimos cerca del parking de la Paris, entre los arbustos de una gran rotonda del polígono, mientras amanecía, escuchando a las Grecas y a los Chichos. Allí, mantuvimos una última charla empapada de amor y complicidad. Cuando nos despierte el sobresalto de la bajona, quizás no nos parecerá sino una ilusión efímera. No obstante, fue real. 

Después de que una agresiva y amenazante pastilla Philipp Plein derramase el baúl de las palabras de forma caótica para lanzárselas a la gente sin ton ni son, el speed vino a poner un poco de orden en este desbarajuste, colocándolas como un DJ coloca los vinilos en su caja, para crear un partenón lingüístico. 


En el trayecto en bici hasta mi casa, me puse canciones de esas que te lamen la mente, como el «Today» de Jefferson Airplane. He estado pensando en tu nombre, tratando de encontrar un motivo para que me resulte tan evocador. Y es que, llamarte Marina y vivir en ciudades del interior supuso el anticipo de lo que habría de venir. Una mirada profunda y liviana al mismo tiempo, que atraviesa todos los kilómetros de montañas y valles que se le pongan por delante para mantener en consideración constante la quietud infinita del mar. 


Mi estado natural –aunque no por ello el más cómodo– es la soledad, y antiguamente, cuando los dulces resquicios de las drogas me llevaban a estos torrentes de palique creativo, mi impulso era quedarme con alguien para tratar de compartirlos. Salvo deliciosas excepciones, siempre daba como resultado el fracaso y la frustración –¡obviamente, no sé qué coño esperaba!–. No obstante, lo que hago ahora es abandonar la escena del crimen. Huir a mi laboratorio secreto para sacar algo en claro de tanta destrucción, creando así territorios independientes en el ciberespacio. Pues, as you would say, escribir es libertad. 


El recuerdo de tus largas uñas de perra cruel hundiéndose en mi espalda y arrastrándose por ella produce en mi imaginación el tintineo de un arpa cristalina. Diamantes que caen por una escalera. Despertarme antes que tú y observar tus curvas descansando a lo largo de la cama. Observar desde la cama cómo te vistes, cómo te maquillas, cómo caminas por la habitación con la ligereza de un gato. Observarte. Me redime del nihilismo cotidiano. 

Cuando te conocí, no me pareciste sino una rara avis envuelta en llamas, hasta que tu mirada chorreó mis manos de flujo y me hizo ver la mezcla de elementos que conforman tu poderosa existencia. Un rasgo que me hermana a ti es la integración de los opuestos y la fluidez con la que transitas diferentes mundos. La conciencia que tienes de que el breakbeat no niega a los Smiths, que no hay por qué elegir entre el grafiti agresivo y marginal y la poesía delicadita francesa. 


Comprender que cada eventualidad del devenir, ya sea positiva o negativa, es una oportunidad para aprender, hace que me sienta indestructible. Nada puede entonces manchar de desesperanza el díadía a causa de melancolías sobre lo que sucedió o de preocupaciones sobre lo que sucederá. Y así es como percibo la existencia después de haber pasado unos días contigo, absorbiendo a cada instante la celebración de la vida que constituye tu ser. 


También yo he mirado hacia los años venideros como un peregrino otea un sendero que se pierde en un horizonte infinito. También yo soy un homo viator. Y por eso me pone muchísimo que las cinco únicas veces que nos hemos visto hayan sido en cuatro ciudades distintas, y que en cada ocasión hayamos creado escenas que tan solo Cortázar podría describir sin desvirtuar su belleza. 

Esa primera noche en que nuestros cuerpos entrelazados se reflejaban en los cristales de tu ventana, mientras el amanecer se corría con un torrente de tonalidades cálidas que entraban tímidamente en tu habitación para presenciar el espectáculo. 


Aquella otra en que los gemidos eran ahogados por el estruendo de los truenos y el estrépito de una lluvia violenta, en la habitación principal de mi castillo errante en Zamora, junto a una mesita de noche manchada vino y hebras de tabaco. Caminar por sus calles empedradas curioseando los nidos de las cigüeñas en los campanarios. Tan bien armonizaron las tormentas estivales con la dionisiaquez y la concupiscencia de toda tu estancia en mi refugio del tiempo… Incluso, en aquella larga tarde de resaca en la que nos colmamos de relatos y reflexiones sobre nuestras vidas mientras escuchábamos música. Y cómo manaban esas conversaciones… Como de un manantial infinito de vivencias nacido de nuestra insaciable sed de aventuras. Un vivir-para-contarlo en el que las consecuencias directas de cada experiencia enmudecen ante la satisfacción de haber tallado un poema con nuestros cuerpos. 


¿Existe algo así como una coniunctio viator, una relación viajera? Nuestra historia es una autovía por la que no hemos dejado de conducirnos en soledad, para luego coincidir en restaurantes de carretera y áreas de descanso. Lugares invisibles en los que apuran su copa personajes anacrónicos: autoestopistas de piel dorada, camioneros transexuales, funambulistas desesperados, amas de casa en busca y captura. A menudo, cuando llego a estos espacios anónimos y al margen de la civilización, tú ya estás ahí, con tu vestido de lunares, taconeando bajo una cascada de jacarandas que caen de un sitio indeterminado del cielo. Golpeando con furia la tarima. Para exigir, ya que estamos aquí, todo lo que es bello. 


(¿)Somos el fragmento de una película sin final, un estallido efímero, amantes pasajeros, un conato de revuelta rápidamente sofocado, una zona temporalmente autónoma que debería desmantelarse y desaparecer sin dejar huellas en cuanto el amor deje paso a la enfermedad(?)


Ojalá sintiese eso, pero una compañera de viaje como tú no se encuentra todos los días, y mis más tiernos apegos ya se han aferrado a ti del mismo modo en que te abracé el día en que finalmente no te fuiste de Zamora. Todas las mañanas me levanto con el ego descompuesto. Durante un rato, mis acciones son dirigidas por el inconsciente. Un despertar agónico en el que no tengo control de mis pensamientos, por lo que resulta un momento del día idóneo para estudiar cómo se organizan mis esquemas psíquicos salvajes. Resulta entonces revelador cómo, tras sonar la alarma que anunciaba tu partida, mis piernas y mis brazos se enroscaron en torno a los tuyos en un intento de no dejar marchar tu calor y la suavidad de tu piel. 


Has demolido la fortaleza que había erigido para no volver a ser herido tras un primer amor inocente en el que creí a ciegas en lo eterno. Ahora, quiero lanzarme contigo a la noche como un coche bomba. 


Me apena la idea de que, tal vez, amar concibiendo que el final acecha detrás de cualquier esquina, amar con reservas, sea amar a medias. Me gustaría poder entregarme como cuando era un alma inocente e intacta, y no con esta fragmentación tan típica de los tiempos que corren. Me gustaría poder imaginarnos en unos años tomando café en Lisboa, en una terraza frágil y nostálgica, exiliada de la prisa, sin autocensurarme ni sentirme estúpido. 


En cambio, pienso que haber aprendido a montarme en trenes con la conciencia de que en algún momento habrá que regresar a casa es un síntoma de sabiduría, que lo realmente malo habría sido renunciar a viajar. Comprender, finalmente, que el amor es un pájaro en llamas, un ave milagrosa destinada a infundir vida y esperanza a cuantos son testigos de su vuelo para, inmediatamente, precipitarse contra el suelo y reventar en una nube de polvo y ceniza. 


No sé de qué manera terminará todo este delirio, aunque espero que siempre sigamos en contacto. Tu manera de moverte por el mundo me hacen pensar que te espera una vida tan extraordinaria como gloriosa de la que quiero ser testigo. 


Te amo. Endiablada y trágicamente.

martes, 12 de octubre de 2021

Conservación autoerótica

Ducharme al llegar a casa se ha convertido en un ritual de resistencia cotidiana. Desde hace años, necesitaba ducharme antes de salir de casa, como para dejar en el espacio privado todas mis excreciones y miserias y ofrecer al mundo lo mejor de mí. Ahora pienso que el mundo no se merece mi limpieza; al revés, prefiero llegar a casa y ponerme bajo un chorro de agua tibia que deslice por mi cuerpo toda la mierda que se me ha ido pegando al caminar por las calles y el sudor de haber bregado con el día. Un sacudimiento urgente de la extraña piel que nos va cubriendo durante la jornada para que sea tragada por el sumidero. Los musulmanes tienen la costumbre de lavarse las partes conflictivas del cuerpo –como las manos y el ojete– antes de rezar, y quizás tenga algo que ver. Tampoco antes me gustaba hacer las tareas domésticas: cocinar, fregar, hacer la cama… Poseído por el heroísmo de la adolescencia, percibía esas menudencias como un obstáculo que me hacía perder un tiempo precioso para el desparrame. El frenesí parecía lo único importante, pero me he dado cuenta de que ese frenesí de apariencia tan luminosa esconde en su seno un abismo de oscuridad: una velada atracción hacia la muerte. 

    La locura adolescente es la respuesta a la repentina comprensión de que la existencia es finita, y por ello me afané en apurar cada día como las últimas caladas de un cigarro, cuando acabas de tirar el paquete y es domingo por la tarde. Sin embargo, eso no hace más que impedir el disfrute del fumar y, además, que te acabes quemando el labio. Ahora, creo que no hay una manera mejor de terminar la semana que levantarme fresco y descansado, prepararme el desayuno sin que me den arcadas mientras escucho el dulce “Sunday morning” de la Velvet, el “Nuevo día” de Lole y Manuel, el “Mujer divina” de Joe Cuba; tender una lavadora mientras observo a la gente bostezosa del bar de enfrente de mi casa creando tornados en sus cafés con las cucharillas antes de ir a pescar, a correr o a lo que sea que haga la gente sana los domingos por la mañana; y, finalmente, sentarme a escribir. 

    Creo que madurar no tiene por qué significar volverse un coñazo: no saber dejarse llevar cuando hay que dejarse llevar, renunciar a tu grupo de amigos –el último resquicio de comunismo primitivo– para fundar una familia –el anti del comunismo primitivo, pensar que el informe que tienes que entregar en el curro es más importante que la película que verás por la noche –todavía no se me ocurre nada más importante que ver películas, etc. Madurar es, precisamente, todo lo contrario: volverse otra vez ese niño que regresaba a casa con la cara embarrada de churretes, después de haber jugado en el parque, y se duchaba antes de cenar, ver un rato la tele y acostarse satisfecho. Bueno, acostarse, sin satisfacción ni insatisfacción, tampoco idealicemos las cosas... Es “volver a los diecisiete, después de vivir un siglo”, cuando la soledad de una habitación propia albergaba lo más sustancioso de la vida. 

    Lo demás, puro miedo a la muerte, ansiedad no resuelta: conducirse por la vida como una locomotora en llamas que corre directa al precipicio. ¿Y no era eso bello, acaso? Por supuesto: hay que romperse en mil pedazos para poder ver a dios en los eróticos rayos de sol que te despiertan un domingo por la mañana. Los expresidiarios lo sabrán mejor que yo. Non, rien de rien, je ne regrette rien.

sábado, 2 de octubre de 2021

My Acid Lord

 Para Helena 

My lord is not sweet, ni tampoco amargo, es un freak indiferente, bromista, ácido y con breves momentos de inspiración que entretiene su inmortalidad diseñando un programa informático cada vez más complejo. Nadie nos avisó de nada, pero el código binario de la realidad nació abierto y así sigue, por lo que puede hackearse fácilmente. 

    Aspiro a una firmeza que a duras penas encuentro cuando hablo o camino. Cuando pongo un pie detrás del otro o cuando trato de transformar lo que habita mis sesos en sonidos, mi piel se recubre de grietas, como la arena reseca de la orilla de la playa cuando la marea baja. Soy entonces una montaña de dientes y dedos apretados que amenaza con derrumbarse ante la más mínima corriente. En cambio, cuando escribo o monto en bicicleta, accedo al control del software y convierto el mundo en lo que yo quiero que sea. 

    Me está costando mantener una rutina basada en estos dos hábitos, a pesar de la paz que me proporcionan –pero, ¿acaso es la paz el fin de la vida? Literalmente, sí. Entretanto, que venga a mí la agitación–, porque ya se sabe que la rutina es el intento de congelar un día en el que todo fue perfecto y la vida parecía cobrar sentido, para podernos meter en él cuando queramos como si fuese un traje de buzo que cuelga inerte en el armario. No, nunca fui muy bueno a la hora de prolongar ninguna costumbre. Precisamente, el impulso me suele durar lo que tarda en convertirse en una verdadera rutina, y si no fuese porque intuyo este año como decisivo para mi devenir, a estas alturas todas mis buenas intenciones ya hubieran volado por los aires. 

    My lord is acid, y es mi pintor favorito. Kiss my motherfucking acid. Él… o quien coño sea el que diseña los atardeceres. Con la bici no soy más que un steampunk rider, un hombre de la edad de piedra que se conforma con los engranajes en lugar de estar investigando la realidad virtual. En cambio, resulta fácil cortar y pegar los códigos para convertirme en una de esas motos que van dejando a su paso un rebufo de neón sólido que debes esquivar para ganar el juego. Jamás he vuelto a encontrar ese videojuego pero, a pesar de su sencillez, su estética me llevaba a un mundo con el que ahora me estoy volviendo a encontrar. Encuentro el movimiento perfecto. La velocidad perfecta. La línea recta perfecta. El aire que me revuelve los pelos y se restriega por mi cara como una gata en celo. Hay una columna vertebral de ballena que atraviesa el cielo de este a oeste, trazando un recorrido espiraloso que el sol va pintando de diferentes tonalidades según se suceden los últimos minutos del día. Vivimos en la panza de una gigantesca ballena: el tiempo que nos mata no son más que sus jugos digestivos deshaciéndonos poco a poco hasta convertirnos en mierda. 

    Me gustaría ponerme por un momento en los ojos de los otros ciclistas y corredores que me rodean para comprobar si verdaderamente la imagen que vemos varía quelque chose en lo objetivo o solamente son las putas interpretaciones subjetivas las que cambian de una persona a otra. Algún regocijo estético deben sentir, porque todos empuñan sus móviles intentando atrapar la monstruosidad inabarcable del momento. El gesto de sacar el móvil se ha convertido en la actualidad en el tic social que nos permite estar al tanto de la conmoción ajena. Aún así, desearía verdaderamente contemplarlo todo desde otros ojos. Somos los feligreses del atardecer, y salimos en todos los crepúsculos para encontrarnos con nuestros dioses. 

    En mi recorrido, sobrevuelo sendas de tierra pálida franqueadas por los matorrales propios de la flora mediterránea. Apenas árboles. Entre su escasa frondosidad, destacan de cuando en cuando neumáticos de coches, vallas oxidadas de obras anónimas, grandes bidones translúcidos que antaño pudieron contener litros de agua, gasolina o flujo vaginal… Qué se yo. A mí se me antojan los restos de un naufragio urbano. No obstante, lo fácil es pensar que alguien los depositó, cuando, a lo mejor, siempre estuvieron ahí. Quizás de estas muestras de creatividad salvaje algún espabilado copió los prototipos para inventar la rueda, las obras, los líquidos envasados, y se llevó todo el mérito por algo que ya existía. Antes las cosas se hacían así, sin empatía ninguna. 

    De los anatópicos residuos que me encuentro en mi camino, lo que más me escama son las sucesivas alcantarillas que pisan mis ruedas. ¿Por qué cojones hay alcantarillas en el campo? Se me ocurre que, igual que afirmaron que bajo los adoquines de París se encontraba la playa, bajo el manto primitivo del terruño se ocultan ciudades construidas hacia abajo, hacia el interior del planeta, y el único pasadizo de una realidad a otra es a través de estas alcantarillas. Es la explicación más lógica que encuentro. 

     El aire está igualmente atravesado por esa amalgama de naturaleza y tecnología –¿acaso la tecnología no es naturaleza, y viceversa?– y los escuadrones de aves giran enloquecidas en torno a los aviones, como las rémoras que se agolpan alrededor de los grandes animales marinos para alimentarse de su sudor. ¡Qué pena ser ave, y no ser consciente de la belleza que derrochan en sus majestuosos vuelos! ¡Qué pena ser tú, y no darte cuenta del milagro que habita en tu mirada! Hay un punto exacto en mi recorrido en que los aviones pasan a escasos metros del suelo antes de aterrizar. En ese momento, siento impotencia ante el espléndido y ensordecedor espectáculo de la verdadera tecnología, e imagino que, cuando sobrevuela mi cabeza, se ríe de mi anticuado medio de transporte. 

    ¿Qué hará el sol detrás de las montañas? ¿Por qué el cielo del acá cubre las nubes del color de la piel del melocotón, mientras que el cielo del allá se tiñe con los tonos de una escaramuza sangrienta? Querría estar allí y espiar lo que hace ese golfo cuando no lo vemos. Quizás las criaturas le acechen tras los árboles y aprovechen su momento de mayor debilidad, cuando se arrastra taciturno buscando su descanso, para abalanzarse sobre él y clavar mil picas en su espalda. Los débiles son así, aguardan en la sombra esperando el reposo de los fuertes para apropiarse de su luz. El sol también sangra y, a pesar de lo que pretendan estas patéticas alimañas, todos los flujos del sol se derraman salpicando los contornos de las montañas con un rojo inquietante que, inasible, desaparece sin dejar rastro. Es imposible detectar el momento exacto en el que se hace de noche. De repente, sin que uno tenga la conciencia del instante concreto en el que se produjo la transición, los caminos se borran de oscuridad. La noche devora al día sin permitir un resquicio de vacío temporal entre ellos, ni siquiera un fulgor blanquecino, ni un mero escalofrío que recorra nuestra columna. La nada no existe. El vacío no existe. Joderos, nihilistas. 

    ¿Y todo para qué, sol? ¿Para qué tanto esfuerzo? Esta noche no te encontrarás con la lujuriosa y chorreante fémina a la que persigues, la cual te esquiva y espera a tu muerte cada tarde para salir y coquetear con los renegados de tu luz y tu calor. Todo ese afán reposa, pues, sobre la esperanza que produjo en ti vuestro último encuentro, pues solo durante los escasos eclipses llegas a tocarla, a palpar su piel con tu lengua de luz, a colmar sus orificios con tus dedos de cristal caliente y carnal. En cambio, son tan deliciosos esos breves instantes, que su recuerdo parece ser suficiente para levantarte cada mañana y perseguir el mismo destino inane que el día anterior. Pero no solo de ilusiones viven las personas, pues en la jornada que sigue al concupisciente encuentro, te despierta de nuevo el taladro del vecino; continua el acoso de tu madre, que te persigue por los pasillos tratando de conseguir que seas su ideal de persona decente; permanece la pesadumbre, el odio y la ansiedad. A pesar de todo, habrá atardeceres y eclipses hasta que la gran ballena termine por cagarnos. 

sábado, 28 de agosto de 2021

Todos deberíamos tener un sótano

Hay dos tipos de personas, las que piensan que hay dos tipos de personas y las que no. Yo soy de las segundas. Pero sí que hay dos tipos de personas, las que utilizan la palabra «salvaje» como algo negativo, que son las mismas que dicen eso de «los niños que pintan las paredes» y las que la reservan para las mejores ocasiones. Esas que por lo general la guardan escondida bajo llave, protegida de la erosión, y cuando la pronuncian su mente hace chiribitas y por su lengua se desliza fuego y fiesta. Creo que todos deberíamos tener un sótano. Un lugar donde ser salvajes y sentir cada emoción como si volviésemos a nacer. 


    Ahora mismo estoy en mi sótano, en Zamora; no es literalmente un sótano, es un piso heredado de mi bisabuelo al que solo vengo yo porque está viejo y cutre. Y me encanta que sea cutre y viejo y que nadie quiera habitarlo porque eso hace que sea mi sótano. Cada verano vengo aquí de retiro espiritual para desintoxicarme del ruido –el ajeno, claro está: aquí dentro siempre tengo mi ruido–. Ahora he venido para empezar a escribir mi tesis sobre el punk en la dieta mediterránea y me estoy reafirmando en que no soy para nada un punk; tal vez un poco, mezclado con una pizca de jipi sobre una base caramelizada de ravero. O nada, simplemente. Si hacen falta tantos ingredientes para definirnos es tal vez porque no somos nada y todo lo que echamos a la sartén cae en el pozo sin fondo de la identidad. Acabo de ver una película –que si no estuviera basada en hechos reales me habría parecido una cursilada insufrible– sobre una profesora de Long Beach que conseguía conciliar a los chavales de distintas razas y bandas que coincidían en una clase por un proyecto de integración e incluso conseguía que escribiesen un diario de sus vidas que después juntaron y publicaron, y he tenido una visión clara de para qué he venido a este mundo. Incluso, he llorado; y hacía tantos siglos que no lloraba a pesar de las rabias y las melancolías cotidianas que ha sido toda una catarsis llorar de felicidad. 


   Cada verano aquí es una regeneración, y cada día transito el recuerdo de las mil crisis simultáneamente. La cantidad de recuerdos que se me vienen con cada detalle de la casa es abrumadora… No sé cuántos porros me habré fumado aquí, cuando las vacaciones de verano significaban el vacío y, como tengo horror vacui, lo rellenaba de mala manera. Me veía tres o cuatro pelis al día y para cada una de ellas me hacía un porro y entre peli y peli me hacía una paja. Ahora estoy teniendo que volver a ver muchas de aquellas pelis porque no conservo en la mente más que un par de imágenes. A veces, solamente un color. Qué época más guapa en verdad. Cómo me alegro de haber dejado los canutos, pero también me alegro de haber tenido esa fase en el momento preciso. Era otro sótano. Ahora recuerdo todo aquello como un periodo muy confuso, como si un largo viaje empezase nítido y soleado y de repente atravesases una región con niebla durante un largo rato y luego volviese la claridad. Me dirigía como una locomotora en llamas hacia el acantilado, no sé si rebosando vida o muerte. Pero tal vez la memoria me engañe y no fuera todo tan irracional y frenético como ahora lo recuerdo. El presente también lo veo muy claro y lúcido y a lo mejor dentro de unos años recordaré esta época como otra nebulosa extraña. Ojalá. El pasado no existe: todo narrativa. 

    También te recuerdo a ti tirada en el suelo de la cocina, dando patadas a la lavadora, reventando de frustración. Hubo varios momentos clave, pero creo que ahí comprendí que lo nuestro no iba a ser para siempre. Hoy me he encontrado el vaso de porexpán en el que grabaste con tu uñita la palabra «vidi» sobre un corazón y no he acertado a comprender cómo un amor tan enfermo pudo ser tan bello. O viceversa. Por fin he conseguido tirarlo a la basura: a veces soy una máquina de generar nostalgias, no sé por qué seguía eso ahí… Y el puzzle que hicimos... Ahí sigue, también, cogiendo polvo en la mesa camilla del salón, y no sé si tirarlo o enmarcarlo, aunque probablemente quedará ahí, cogiendo más polvo. 


    Me he desviado pechá del tema; pero ¿había un tema? Solamente estaba escuchando «Pale Blue Eyes» y he pensado que Lou Reed debía de tener un sótano inmenso que llevaba a todas partes y quería escribirlo. Es peligroso sentarse a escribir, de noche, sin un objetivo claro. Por eso era tan borde y frío y gilipollas con la gente, claro. Hay que defender los sótanos de las inundaciones. La gente siempre te está llenando el sótano de humo para que salgas a la superficie. Yo intento ser agradable con la gente y para ello tengo que dejar el sótano detrás de mí cuando cierro la puerta de la calle; pero cuando vuelvo, siento tan palpable esa parte de mí que luego no entiendo nada cuando delante de la gente no me encuentro.  A veces me entran ganas de encerrarme aquí dentro con mil tarrinas de tabulé, tabletas de chocolate y café y clavar tablones en la puerta y ver qué pasa. Supongo que eso fue lo que hice en la época de los porros y en la época contigo. Qué extraño que coincidieran tanto en el tiempo, ¿no? Ahora pienso que hay que salir a la calle, intentar construir otras cosas con la gente, no sé. Casas en los árboles o grandes relojes de cuco en las farolas o barricadas en la playa o cosas así. Es el tiempo del Eros. 

martes, 28 de julio de 2020

Dadaísmo, situacionismo y punk: Frenopaticss

Excursión dadaísta a la iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre
Existen muchos puntos que conectan el dadaísmo y el situacionismo con la contracultura punk. Si el
dadaísmo se definía como la negación del arte y la cultura de la Primera Guerra Mundial, el punk hizo lo mismo en oposición a la cultura de la década de los setenta, comenzando como un fenómeno musical que finalmente abarcaría todas las artes. Un grupo de dadaístas convocó un encuentro frente a la iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre con el reclamo de actividades culturales y regalos para los asistentes que luego resultó ser mentira y, en su lugar, no se hizo nada, resultando de ello que el objetivo de la intervención fuese simplemente la acción colectiva de caminar hasta la iglesia. 

Kafé Volter, Barcelona
Por su parte, Frenopaticss fue un grupo fantasma de punk barcelonés que llenó la ciudad de pintadas y carteles publicitando la existencia y los conciertos de un proyecto musical que se quedó en mera idea. Organizarse y recorrer la ciudad, forjando una presencia en el imaginario de los habitantes era lo importante; la música, algo secundario. También, es significativo que uno de los primeros bares culturales autogestionados y regentado por punks se llamase Kafe Volter, un homenaje con ortografía españolizada al cabaret de Zúrich que constituyó el refugio de los dadaístas. Una de las características de las composiciones dadaístas era la aleatoriedad y el desconcierto: Tristan Tzara defendía que un poema dadaísta se escribiría escogiendo arbitrariamente las palabras recortadas de un periódico; por otro lado, muchas veladas en el Cabaret Voltaire consistían en la lectura simultánea de varios poemas en distintos idiomas acompañados por una música improvisada y caótica. Compárese estas anti-técnicas con el siguiente testimonio de un concierto punk: 

eran temas que teníamos para divertirnos, versiones deformadas, una especie de punk jam con concepto de jazz improvisado aplicado al rudimento más básico y simple del mundo donde Ángel convertía al suajili cualquier letra de la versión que estábamos haciendo o simplemente bramaba o se dedicaba a hacer gorgojos (Llansamà, 2011: 50)

Con respecto al situacionismo, tenía en común la denuncia de la alienación que conlleva el trabajo asalariado y su posicionamiento en contra de toda autoridad que limitara la expresión de los deseos y de la espontaneidad más primitiva del ser humano. Igualmente, ambos movimientos lucharon contra el arte hegemónico de la burguesía y su forma de mercantilizar la creatividad e idolatrar a los artistas más encumbrados. Cada uno a su forma y estilo, punk y situacionismo trataron de incordiar y escandalizar a las clases dominantes y sabotear sus estructuras de poder. Según analizó Sadie Plant, 

al socavar la sobreproducción monopolística de «superestrellas» por parte de la industria de la música, el punk generaba la seguridad de que cualquiera puede crear música, del mismo modo que el dadaísmo había insistido en que todo el mundo puede ser poeta o artista. Informado por la crítica situacionista del sistema de famosos, el punk engendró una generación de grupos musicales pequeños, estudios de grabación pequeños y discográficas independientes (Plant, 2008: 227)

Frenopaticss
De este modo, era de esperar que si tanto los dadaístas como los situacionistas otorgaron una gran importancia estética a las derivas y excursiones urbanas, el punk también lo hiciera, aunque de manera menos planeada, ya que se trata de una subcultura más visceral y menos dada a la intelectualidad y a la abstracción. El caso concreto que voy a analizar es un testimonio oral que Jordi Llansamà recogió en una crónica del punk en Barcelona concretada en su libro Harto de todo. En él, Cirera, uno de los integrantes de la no-banda que comentaba arriba, Frenopaticss, cuenta que 

en aquella época lo que queríamos era ser fieros, pero de algún modo había un componente humorístico en nuestros actos bastante interesante. Por ejemplo, un día estábamos descansando en nuestro hogar, Barcelona, y llegamos unos cuarenta punks a la plaza del Pi, donde había una farmacia que hacía esquina y tenía dos puertas. Recuerdo que a modo de juego provocativo nos dio por entrar a los cuarenta en fila india por una puerta y salir por la otra. Era una farmacia muy frecuentada y siempre estaba a tope. La gente no entendía nada. O nos plantarnos en el Corte Inglés también en fila y a un cierto paso militar no muy rápido, pegarnos un paseo por diferentes secciones y quitarles los bikinis a las maniquíes (Llansamà, 2011: 50-51)

En este fragmento pueden verse dos de las ideas centrales que recoge Francesco Careri en su obra Walkscapes. El caminar como experiencia u objeto estético y el errabundeo como práctica heredada del Homo Ludens descendiente de Abel. Es significativo que, en ambas intervenciones, la de la farmacia y la de El Corte Inglés, lo central sea el andar. Objetivamente, los punks participantes no infligieron ningún daño a las personas ni a la propiedad; sin embargo, los dos paseos rompieron los códigos simbólicos de lo socialmente aceptado, igual que hizo el artista Tony Smith cuando condujo por la autovía de Nueva York, sin luces ni señales y aún en construcción. Probablemente, ese viaje a lo largo de una autovía frecuentada por más coches y en condiciones normales no habría sido tan reveladora para el artista; del mismo modo, si los punks hubieran entrado en tromba en una sala de conciertos de su ambiente, no habría conformado una anécdota destacable varias décadas después. Lo importante de ambas experiencias es la sensación de estar rompiendo barreras invisibles, de estar quebrantando la semántica del espacio. 

La farmacia y El Corte Inglés (aunque muy sobre todo El Corte Inglés) son lugares de almacenamiento y venta al público; de consumo, en definitiva, no de paseo. Ambos son símbolos de la alienación de la clase trabajadora: El Corte Inglés es el espacio en el que los trabajadores gastan sus salarios y materializan el gusto por las diversas marcas, es decir, el fetichismo por la mercancía; la farmacia, en cambio, es la tienda más recurrida en la época para los inadaptados sistemáticos que produce el capitalismo. En ellas compraban las anfetaminas sin receta que les aseguraban un ocio destructivo o, en muchos otros casos, medicación recetada (antidepresivos, somníferos, etc.) a aquellas personas que dejan de ser funcionales para vivir en el sistema. Los punks se negaron y despreciaron el trabajo, lo que les convierte en descendientes directos de la estirpe maldita de Abel, y esa encarnación del papel del Homo Ludens defendido por los situacionistas les arrojó a una vida a la deriva, frenética e inestable. Su vida era el juego: jugaban a montar grupos, a hacer música, a alborotar los barrios y el centro de Barcelona y a hacerse oír en un espacio hostil. Las dos performances poseen un destacable factor humorístico, irónico (por la marcha militar, por ejemplo), lúdico y disruptivo, que pretendía reclamar un espacio que se les negaba por estar dedicado exclusivamente al consumo cuando no tenían dinero para participar en dicho espectáculo. 

Bibliografía

    • Careri, Francesco (2009). Walkscapes. El andar como práctica estética. Barcelona: Editorial Gustavo Gili.
    • Llansamà, Jordi (2011). Harto de todo. Barcelona: BCore Disc.
    • Plant, Sadie (2008). El gesto más radical. La internacional situacionista en una época postmoderna. Madrid: Errata naturae.

(Simulacro de) deriva psicogeográfica

Antes de nada, quiero aclarar en honor a la verdad que, este ejercicio ha sido un simulacro -es decir, un paseo- de lo que debería ser una deriva psicogeográfica propiamente dicha, ya que no he podido dedicarle una jornada completa, tal y como prescribió Guy Debord, sino escasas horas. Tampoco he organizado la deriva en compañía de más personas, sino en soledad; y, por último, no he añadido más material al texto que unas pocas fotografías tomadas a lo largo del paseo. 

He salido de mi casa a las doce de la mañana, por lo que las formas de los objetos y el paisaje se mostraban en su faceta más liviana, espléndida y juvenil. He recorrido el barrio de la Finca el Pato para, finalmente, llegar al conjunto urbano formado por la senda y el borde de la carretera del paseo marítimo que separa las afueras de Málaga del Parque Natural de la Desembocadura del Guadalhorce. A lo largo del trayecto, me he dado cuenta de que iba produciéndose en mí un enfrentamiento interno entre diversas perspectivas, creándose fuertes contradicciones de amor y rechazo. 

Fot. 1
La Finca el Pato es un barrio muy nuevo, espacioso y armónico, con calles y calzadas holgadas, sobrias y rectas que rodean las manzanas cuadradas. Sobre cada una de las manzanas se erigen urbanizaciones de apariencia refinada, muy simétricas entre sí y, obviando las ligeras diferencias en los diseños, de características similares. Por un lado, es agradable caminar por sus aceras por la sensación de amplitud y descongestión que poseen: son extensas, limpias, uniformes y sus elementos (papeleras, árboles, contenedores, etc.) se sitúan espaciados y sin aglomerarse. No hay sobresaltos ni obstáculos; y el aire corre con libertad, contrarrestando el calor del verano. Por otro lado, me hace añorar las calles de mi «patria chica»: Zamora, ciudad con la que guardo una profunda adhesión emocional. En mis largos paseos por la ciudad castellana, su trazado medieval me sorprende -aunque me lo sepa de memoria-, con recodos abruptos, sendas que se van estrechando y ensanchando a voluntad, mojones que se aglomeran en plazas y otros lugares significativos y pavimento de empedrado irregular -que para ciertos sectores de la población, como los ancianos, puede resultar incómodo de pisar-. En este caso, la comodidad se contrapone a la constante fluctuación de percepciones estéticas. 

Fot. 2
En cuanto a los edificios -urbanizaciones, en este caso-, la descripción que he hecho antes con respecto a su simetría y su uniformidad (en cuanto a diseño, color, textura, disposición de elementos como ventanas, balcones y toldos), debo decir que me causa rechazo. Ninguna estructura es arbitraria, ya que todo lo que se crea posee una ideología subyacente y estas urbanizaciones representan veladamente los valores apolíneos de la burguesía. La funcionalidad, la carencia de creatividad y/o extravagancia, la falsa proyección de una vida sin oscuridad y transparente -reflejada por ejemplo en la profusión de cristaleras que parecen querer decir que no hay ninguna tara que ocultar  dentro de sus viviendas ni, por extensión, de sus vidas-, la hegemonía estética, la neutralidad, y el extremo cuidado de las superficies son valores que definen, en palabras de Luis Buñuel, «el discreto encanto de la burguesía». Las dos fotografías (fot. 1 y fot. 2) son de dos estructuras que plasman tode este ideario. La primera, una típica vivienda burguesa de extrarradio con piscina, pista de paddle y césped perfectamente cortado; la segunda, el gimnasio Inacua, con grandes cristaleras, color gris y una estructura cuadrada que se me antoja como el símbolo de esta aspiración vital. Además, un gimnasio es el espacio perfecto en el que se despliega otra de las grandes obsesiones burguesas: el culto al cuerpo y el cultivo hacendoso y sacrificado de una bella apariencia. 

En contraposición a todo esto, se me ocurre la ciudad de Cuenca, que visité recientemente, y me fascinó por su cultivo de la asimetría y por el caos barroco de sus fachadas y de su planificación arquitectónica. Los edificios eran totalmente dispares y como construidos según iba surgiendo, sin tener en cuenta a los aledaños, pero lo que más me atrajo fueron las fachadas (fot. 3). En ellas, las ventanas se abigarraban y salpicaban sin seguir ningún orden aparente: sin respetar que los tamaños fueran iguales, ni que a lo largo de una fila de ventanas éstas se encontrasen a la misma altura, ni la uniformidad de los materiales, los marcos, etc. Ni siquiera se produce una secuencia ordenada de ventanas y balcones: pueden verse pequeños balcones sobresaliendo aleatoriamente. Esta forma de construir probablemente sea menos funcional y hoy en día sea considerada como una aberración, pero para mí posee el encanto de un hacer salvaje y aventurado que poco a poco ha sido sometido por la fuerza domesticadora de la clase burguesa. 
Fot. 3
Casi al final del barrio, hay un descampado entre la última urbanización y el complejo deportivo que ya posee un plan de construcción y en este terreno, que es de los últimos que quedan libres en la zona, será erigido el edificio que pondrá el broche final en la construcción de un barrio de nuevo cuño. Más adelante, hay una pequeña carretera descuidada y llena de cristales, basura y baches que atraviesa entre diversas fábricas abandonadas y otro descampado (fot. 4). Durante un rato, me perdí observando los edificios amarillos que se levantan en el centro del barrio de Sacaba; con sus balcones empotrados y apelotonados, como las celdas de una colmena, incrustados a poco más de diez metros de la orilla del Mar de Alborán. Un reducto de la España de los sesenta, que me recuerda a la típica postal de la época en que Franco puso de moda el turismo de Sol y playa. Nunca he conocido a nadie que viviera en ese barrio olvidado y condenado al ostracismo. Condenado, también, a la demolición, ya que esta zona está convirtiéndose poco a poco en otro núcleo de gentrificación de mayor poder adquisitivo aún y paralelo al centro, y poco a poco esta zona se declarará obsoleta e irá convirtiéndose en un absurdo que sobra en el paisaje. 
Fot. 4

Como decía al comienzo, he tenido muchas contradicciones ideológicas, emocionales y racionales a lo largo del paseo. Por una parte, considero que los nuevos barrios burgueses que están proliferando con las sucesivas burbujas inmobiliaria son muy aburridos, faltos de diversidad (por ejemplo, no poseen la diversidad cultural de otros barrios como Huelin o la zona de Calle la Unión). Son también barrios muy poco lúdicos, creativos y están despersonalizados; subjetivamente, se me presentan como símbolo de la hegemonía cultural del capitalismo y de la ideología del crecimiento económico desmedido que tanto daño está haciendo a las condiciones normales de vida humana en el planeta. Es fácil comprobar su falta de singularidad si se recorre el barrio de Teatinos, otro barrio semi-nuevo de la Málaga, que parece ser el gemelo de Finca el Pato, ya que la estructura de sus calles y manzanas, sus urbanizaciones e incluso sus comercios son copias con ligeras -a veces, ninguna- variaciones. Lo único que cambia es la tipología de sus habitantes, pues mientras Finca el Pato parece un barrio más preparado para el turismo, las urbanizaciones de Teatinos acogen principalmente a estudiantes de la Universidad de Málaga. La contradicción que percibo en mí es que la alternativa que me aporta mi subjetividad más visceral es reaccionaria, pues a pesar de que tanto Zamora como Cuenca son ciudades con mucho encanto para la nostalgia, en ellas el deseo está contenido. Sus calles angostas y sus casas de muros gruesos de piedra antigua están congestionadas y rememoran una época de restricciones morales, recogimiento en la oscuridad y planteamientos inmovilistas. 

A esta profusión melancólica se me impuso la razón con ideas más frescas y con miras a un futuro en el que, si trabajamos correctamente, se revelará prometedor. Estoy de acuerdo con Gilles Deleuze en que el capitalismo es el mejor y más eficiente sistema que los seres humanos hemos podido inventar hasta ahora, ya que es el que de manera más sobresaliente ha permitido que el deseo se libere de sus cadenas y fluya sin impedimentos arbitrarios; pero esto no debe significar ni mucho menos el fin de la historia ni el estancamiento revolucionario que vaticinaron algunos filósofos posmodernos como Jean Baudrillard. Pienso que nuestras ciudades, fiel reflejo del sistema socioeconómico que las construye y planifica, tienen aún muchísimos problemas que solventar en cuanto a ética urbana y a gestión de recursos y de energía. Por ello, pienso que el proyecto situacionista de una ciudad lúdica, orientada a la creatividad y a la verdadera satisfacción de nuestras necesidades materiales y espirituales todavía tiene mucho que aportar con su defensa de una ciudad llena de pasadizos, escondrijos y sorpresas que nos liberen del aburrimiento y la alienación que conlleva la ideología de la productividad; además de que sus propuestas para una ciudad más orientada al disfrute de las personas que a la circulación de las mercancías, el trabajo y los automóviles permanecen hoy como una propuesta muy vigente y sugerente. 

E-Pistola 44 (a.k.a. Sobre la impertinencia de los enamorados)

 Seis garzas sosegadamente erguidas en un estanque, o tú, saliendo del baño desnuda sin verme. «Estilo», C. Bukowski Se debería prohibir, co...