viernes, 28 de febrero de 2025

E-Pistola 44 (a.k.a. Sobre la impertinencia de los enamorados)

 Seis garzas sosegadamente erguidas en un estanque, o tú, saliendo

del baño desnuda sin verme.

«Estilo», C. Bukowski


Se debería prohibir, con un decreto ley, así, con muchas barras y números que den cuenta de la seriedad del asunto, a los enamorados escribir sobre su estado. Resulta de mal gusto hacer alarde de sentimientos en los tiempos que corren, con el desastre ambiental en ciernes, la sociedad bullendo al borde de una guerra civil mundial y el malestar y la desubicación colectivos. Además, deberían saber ya que el relato de sus hazañas, tan grato para ellos de narrar una y otra vez, recreándose en los detalles más cursis, no interesa a nadie más que a sí mismos. Es más, a sus pobres amigos y personas cercanas les resulta incluso obsceno tener que escuchar cómo se recrean en los detalles más íntimos: pierden todo el sentido cuando se cuentan privados de la emoción que los hizo especiales. Es triste que hayamos tenido que recurrir a la violencia de las leyes, pero está demostrado que los amantes adolecen de una falta de empatía preocupante. No piensan que quizás el lector pueda estar sufriendo de desamor o, peor aún, estar felizmente acostumbrado a una vida sin pasiones ni altibajos; ni que leer tales delirios exacerbados puede despertar en este una fuerza que le había costado su trabajo acallar. Una sobreexposición a esta clase de discursos podría llevar al lector bien acomodado a darse cuenta de lo cara que le ha salido su resignación.

Por tanto, de ahora en adelante, los amantes deberán vivir en la más absoluta clandestinidad y discreción, tratarán de comportarse según los códigos de la ciudadanía, hablarán el mismo lenguaje, ejercitarán los mismos derechos y cumplirán los mismos deberes. Se acabaron los paseos excesivos y las miradas taciturnas en el trabajo, recordando el polvo de la noche anterior y sintiéndose demasiado endiosados para las vanas tareas que se les piden. Igual que el drogadicto se debe esconder en baños para satisfacer sus necesidades abyectas, los amantes tendrán suficiente con el espacio privado de su habitación para escenificar su ridícula pantomima. ¿Acaso aceptaríamos con la misma naturalidad a una persona que fuese por la calle con una jeringuilla en la mano rememorando a viva voz, con los ojos exaltados, su primer chute?

¿Es necesario, por ejemplo, dejar constancia de esa primera noche en que caímos rendidos entre sábanas negras manchadas de sangre, como desvirgados, después de haber recorrido los garitos de Torremolinos, después de haber leído el poema «Sejamos pornográficos!», después de haber agotado las palabras? ¿Y hacer ostentación de los sentimientos que me retuercen el estómago cuando me hablas y te vas perdiendo en tus monólogos mientras yo me pierdo en la carnosidad de tus labios y en los cadenciosos ritmos de tu voz, escuchándote como quien asiste a un milagro? ¿A quién beneficia saber que, después de un año transitando una crisis de confianza en mí mismo, buscando consuelo en la mística y en el goce autodestructivo y en los farmacéuticos que hacen guardia en los callejones, siga intentando averiguar qué bien hice para merecer escucharte dando vueltas por la casa, tarareando canciones brasileñas, mientras preparo el desayuno? ¿Cómo he terminado durmiendo junto a un cuerpo que me proporciona tanto alimento, calor, paz y, sobre todo, un ardor imposible de sofocar? ¿A quién le importa –¡en serio!– que nuestro amor se me antoje como uno de esos puticlubs decadentes por los que pasamos cada vez que recorremos la Costa del Sol; esto es, un amor afectado y tal vez pasado de moda, un amor de carretera, destinado a los viajes cotidianos tanto como a los trascendentes? 

No se me ocurre ni un solo motivo que justifique estas líneas, que excuse mi deseo de regodearme en alguno de tus greatest hits, como aquella mañana en que yo aún entreabría los ojos como un topillo mientras tú ya te entregabas a tus discursos: «No sé si debería embarcarme contigo, porque yo quiero a alguien que me ame más allá de la menopausia, aunque al mismo tiempo estoy todo el día aquí metida, así que lo mismo ya estoy embarcada. Estoy cayendo en tus redes». Quizás el (ridículo) sentido de todas las cartas de amor sea apresar, condensar, compendiar un pedacito de la alucinación concupisciente de la que estamos colgados. Quizás, con el propósito oculto de dejar constancia de este arrebato que puso nuestras vidas patas arriba por un tiempo. Así, los escribidores de cartas apenas se diferencian de las hordas de enciclopedistas que aparecieron en Roma cuando el imperio se estaba resquebrajando, como elaborando el testamento de un sueño que había parecido eterno. 

Llegábamos tarde a trabajar o directamente no íbamos; conducías a toda hostia por las carreteras que nos separaban, jugándote una colección de multas por la ansiedad de vernos; pasábamos las noches enteras mordiéndonos, acariciándonos, reventándonos, besándonos y abofeteándonos hasta que veíamos salir el sol desde la terraza de tu casa de Manilva. ¡Así fue este amor, criaturas de un futuro distópico, así se amaba aquellos días! Ni siquiera estábamos interesados en saber si alguien se había amado antes que nosotros: estábamos convencidos de haber inventado el amor. Como todos los amantes, supongo, y por eso resulta tan urgente sofocar esa manía –derroche absoluto de papel y esfuerzo– de escribir con los ojos brillosos y un nudo en la garganta lo ya sabido por todos. 

lunes, 17 de octubre de 2022

el escritor es un cazador insomne

con respecto a lo de ser escritor pues antes pensaba que el oficio te lo daba una mirada única y es cierto que no basta con tratar de poner una palabra detrás de la otra sin alterar nada, sino que hay que estar dotado de una perspectiva que lo transforme todo y provoque seísmos en la mente del que lo lea pero tampoco con mirar es suficiente ¿no? también habrá que materializar lo mirado de algún modo, entonces deseché esa hipótesis platónica de que uno nace poeta y que plasmar eso que se siente supone una especie de corrupción, aunque sigue sin convencerme eso de que para ser escritor haya que vender muchos libros porque entonces eso que empezó siendo un golferío errabundo y solitario se convierte en una especie de curro a destajo con horarios y fechas de entrega en definitiva en un trabajo duro que te cagas y eso es algo que precisamente querría evitar a toda costa si fuese escritor porque luego te conviertes en uno de esos que publican algo cada año sin tener nada nuevo que decir/ porque no da tiempo a generar sustancia básicamente/ no porque el dinero sea algo sucio ni nada por el estilo al carajo todo está podrido de todos modos sin necesidad de que haya dinero de por medio el dinero está bien igual que está bien amasar excrementos entre las manos así que finalmente por lo pronto y mañana ya se verá un escritor se podría definir como un cazador insomne/ aquel que sabe que las palabras no le pertenecen sino que su tarea consiste en permanecer agazapado tras los arbustos esperando que aquellas como aves levanten el vuelo y formen constelaciones insospechadas y entonces sienta la necesidad insobornable de levantarse de la cama aunque al día siguiente curre y eso signifique que va a levantarse con los nervios electrizados por la falta de sueño y pum pum pum las deje clavadas en el silencio abrumante de la noche formando estelas de luces magistrales/ así que sí que por lo pronto y hasta mañana por lo menos decreto que un escritor es un ser infame que busca carroña cuando todos duermen/ básicamente porque es lo que estoy haciendo yo ahora mismo y esa es toda la fidedignidad que podéis esperar de la poesía

    y en cuanto a la literatura, respeto e incluso ADMIRO a esos narradores que tienen la paciencia de ir hilando elementos presuntamente ficticios con finura y distanciamiento emocional como quien construye una catedral gótica con palos de helado/ porque para mí el escribir siempre va a ser un acto tan voyeur como exhibicionista y todo lo que necesito para escribir es un suceso REAL y una hipérbole/ y es algo que me parece que está ahí desde los primeros balbuceos de la literatura, como cuando en el poema del mío cid se cuenta que este les arrancaba la cabeza a cien moros de un mandoblazo/ así que creo que sí/ que si me dieran a elegir entre tú y la riqueza pues que me quedaba con la hipérbole porque si voy a una fiesta de breakbeat y veo a cinco canis liarse a botellazos por una piba pues qué te voy a contar que eran cinco pues no te cuento que eran cincuenta para tratar de generar el mismo impacto en tu imaginación que el que la realidad me produjo a mí en ese momento, en fin que la literatura debe abusar de su libertad para ensanchar la realidad en su espejo deformante y ser excesiva y violenta y repulsiva y a la vez ninguna de estas cosas en verdad/ solo me sentiría satisfecho y realizado si escribiese un libro con el que tras poner el punto final me quedase como convulsionando al pie de un muro una mañana dominical o como un perro ahorcado en un tendido eléctrico para que luego pasase el vecindario y me mirara avergonzado de estar viendo aquello tan propio de sí mismo pero que al mismo tiempo jamás revelaría en público o con risitas nerviosas pero sin mucho más que vilipendiar porque ya lo he dicho todo y sabe que por desgracia se ve más reflejado en mí de lo que le gustaría y es que parece que como no me hicieron bullying en el colegio y a todos tendrían que hacernos un poco de bullying en el colegio/ sobre todo si somos nosotros mismos los que nos lo hacemos/ pues parece que concibo la literatura como una exposición pública y narcisista del ser miserable y abyecto que habita en nosotros/ y poco más/ de vez en cuando algún pequeño atisbo de esperanza que se vería prontamente pisoteado pero poco más realmente

viernes, 20 de mayo de 2022

E-pistola 27 (a.k.a. Clinamen fluvial)

 Y allí sobre un lecho barato, miserable,
el cuerpo tuve del amor, los labios
voluptuosos y rosados de la embriaguez —
tal embriaguez, que aun ahora
cuando escribo ¡después de tantos años!,
en mi casa vacía me embriago de nuevo.
Constantino Cavafis, «Una noche»


¿Sobre cuántas camas nuestros cuerpos habrán caído rendidos –como una bendición– con apenas la fuerza necesaria para unas caricias postreras y unas últimas frases borrachas de plenitud? Ahí, entonces, tiene lugar ese gestito tuyo que me conmueve más que la caída de siete imperios, que me colma de un regocijo mayor que siete amaneceres: cuando te das la vuelta, acercas tu espalda coquetamente a mi pecho y, finalmente, encajas tu bello culo cálido contra mi cintura, con un golpe tan discreto como irrebatible.


¿A cuántas calles meridianas y bulliciosas nos hemos lanzado para contemplar las pintadas de sus muros –aquel «ya no soy kantiano», aquel «a ti te gustan los malos»– y los escaparates de las librerías, más absortos realmente en las palabras que manaban a borbotones de nuestras bocas sedientas del otro? ¿Por cuántas calles regresaron a casa nuestros cuerpos agotados de amarse bajo balcones preñados de luz tenue?


Jamás pensé que un año después de conocerte a la vera del Guadalquivir volvería a escribirte otra e/pistola, enfrascado como estaba en ir preparando textos trágicos que lamentasen el fogonazo de placer que habías imprimido en mi devenir y aliviasen el dolor que dejarías tras el naufragio. Te juzgué mal. O, más bien, enseguida percibí tu naturaleza contradictoria: mitad ninfa, mitad súcubo; mitad corteza de haya, mitad terciopelo eléctrico; mitad cabaña silvestre iluminada por un fuego titileante, mitad habitación de motel por cuya ventana se cuela una cascada de neón rosáceo. Y no sabía cuál me mostrarías…


Cuando follaba contigo –esa enfebrecida y animal batalla, cada vez más profunda, cada vez más violenta– siempre tenía la sensación de querer llegar más allá, más adentro, hasta un enclave borroso en que nuestras almas fuesen una. Aquel blablacar que cancelé después de que me dijeras que mis prácticas amatorias te parecían suaves… Has convertido mi dulce concupiscencia en un brutal alarido. 


Pero, a pesar de los dedos clavados en la carne –próximos a la desolladura–, a pesar de las arcadas, de la piel enrojecida, de las gargantas aprisionadas, del ansia con que nuestras bocas se apretaban, había una barrera que nunca alcanzaba derribar. Como si todo el festival de lujuria no fuera sino un mero santuario de placer en el que yo rezase implorando por una fe que no me llegaba. Hasta aquel mañaneo en que la pared del Centro Federico García Lorca cobijó nuestras espaldas fatigadas de danzar alrededor de los sonidos eléctricos de una tribu embadurnada en purpurina. 


Qué dulces al recuerdo la blancura de este muro y el tibio sol de invierno que nos bañaba. Cuando me anunciaste –como se anunció el ángel Gabriel a la Virgen María– que teníamos pendiente un café en alguna terracita nostálgica de Lisboa. Obviamente, este cuartito de siglo que he devorado ha sido lo suficientemente revelador –con mis lecturas, mis vivencias– como para prevenirme de mis deseos de algo eterno. En cambio, creo que sigue siendo igualmente legítimo –en nombre de la poesía y de la belleza– construir palacios aéreos y volátiles en los que vivir a crédito. Aunque luego se desplomen y haya que refugiarse nuevamente en un precario habitáculo de nihilismo ponzoñoso.


No sabes cuán fortunoso me siento de haber podido trazar contigo esta nueva mitología a lo largo del club de lectura nómada que han sido nuestras colisiones fugaces. Este nuevo lenguaje tallado a medias y repleto de aires vanguardistas, flamencos y contraculturales. De nostalgia por épocas pasadas en las que bullía una mayor vitalidad colectiva en los barrios. De músicas agresivas que invitan a la autodestrucción jubilosa o sensuales como un gemido anónimo en la madrugada. De extrañas e inasibles teorías que pretenden devolver a la nociva concepción de humanidad el elemento animal y monstruoso que le fue arrebatado. Etcétera. 


En definitiva, adoro que nuestra comunidad caleidoscópica se haya vuelto operante. Que después de aquel clinamen tórrido y fluvial, el secreto que marca la distancia interpersonal se haya visto estrangulado por una complicidad cada vez más tierna. Ahora nos miro desde fuera, como un transeúnte solitario que caminase ebrio por los alrededores de la calle Carmen aquella noche, y nos veo presos de una carcajada irreductible, compartiendo las lecturas que más habían marcado nuestra identidad: Rayuela, lxs beats, etc. y cualquier texto que te dedique me resulta vacuo, un mero balbuceo incapaz de asir la gracia de nuestros pasos y el rugido atronador de nuestras miradas. 


       Tantas palabras para un mismo sentimiento… Tantos altos vuelos para poder decirte –tratando de provocar el mismo efecto que la primera vez que te lo susurré, en aquel airbnb cutre de Dos Hermanas– que te quiero, abyecta y peligrosamente, y que espero que sigamos intercambiando fanzines por mucho tiempo.

domingo, 17 de abril de 2022

Dancing in the streets

Para Laura...

«Escucho un tango y un rock
y presiento que soy yo
y quisiera ver al mundo de fiesta.
Veo tantas chicas castradas y tantos tontos que al fin
yo no sé si vivir tanto les cuesta.
Yo quiero ver muchos más delirantes por ahí
bailando en una calle cualquiera»
Charly García, «Yo no quiero volverme tan loco»


Hace un par de meses fui a Roma y me entró una tristeza rabiosa al ver que habían prohibido, bajo pena de una multa considerable, que la gente se sentase en los icónicos 135 peldaños que comunican la plaza de España con la iglesia de Trinità dei Monti. Esa escalinata en la que una Audrey Hepburn desclasada disfrutaba de las delicias de no pertenecer a la realeza tomándose un helado en aquel clásico del cine titulado Vacaciones en Roma. En ella, una princesa harta de su rígida rutina decide escaparse para participar del bullicioso anonimato del pueblo llano, sustrayendo así su persona del espectáculo diplomático. También, esta escalera fue retratada en una cinta en la que Fellini capturó su personal visión de la capital italiana. La llamó –sencillamente– Roma. Y, en las escenas que transcurrían en este enclave, aparecía un buen puñado de jipis y otros bohemios andrajosos agolpados en sus escalones, valiéndose de su derecho natural a desparramarse en los espacios públicos para crear comunidad y fumarse unos porros al sol. En cambio, todo esto parecen ahora recuerdos fantasiosos de una época en la que las calles nos pertenecían. 



    Hará también un par de meses fui a un concierto del grupo de rock progresivo andaluz Plastic Woods, los cuales teloneaban a una banda madrileña de posrock, Toundra, que me sorprendió muy gratamente. Iba con mi amiga Laura, una criatura insólita con el corazón de trigo y leña a la que me une no solo una relación extrañamente añeja para los tiempos que corren, sino un espíritu hedonista, caótico y orgullosamente chabacano que nos hace definirnos con dos frases: «eclecticismo o barbarie» y «no sé por qué la peña se complica tanto». 

    El concierto fue en una pequeña sala que se encuentra allá por los polígonos que rodean la ría. Y un aparte que quiero hacer a este respecto es que, durante una conversación con otro amigo, comentábamos de pasada el extraño hecho de que prácticamente todas las salas de fiestas malagueñas estuviesen ubicadas en la periferia. Y la verdad es que me parece muy bello que, al caer la noche, estas zonas pierdan su condición productiva y apolínea, los trabajadores se marchen a sus casas y todo aquello metamorfosee en un no lugar desierto, de apariencia postapocalíptica y apropiado para su invasión por parte de una «infame turba de nocturnas aves» regida por la economía del potlatch. Una ciudad sin ley dedicada al vicio y los placeres del cuerpo, repleta de vehículos vibrantes de beats frenéticos y monstruosos que se agolpan en los parkings. Sus calles, entonces, devienen una especie de parques de bolas en las que los niños perdidos pueden lanzarse por una cuesta montados en carritos de la compra, utilizar los contenedores a modo de patineta y subirse por los techos de las furgonetas para saltar de uno a otro. 

    Volviendo a la noche en cuestión, al concluir los conciertos, salimos de la sala dando más tumbos que Las Grecas y decidimos retirarnos a casa para proseguir nuestro palique etílico. Pero, pasando por la rotonda de la feria, pusimos a toda ostia «Blue (Da Ba Dee)», un temazo deliciosamente noventero con el que llevábamos varios días obsesionados, e hicimos un alto en el camino para bailar con tanta entrega que, a pesar de su efímera sencillez, se ha convertido en uno de los momentos más memorables y que con más cariño atesoro de todo el año. Tal arrebato produjo en mí una epifanía resinosa que no me podía sacar de la cabeza en los días siguientes. En este rumiar prematuramente nostálgico, se me presentaba constantemente la idea de que no hay nada más subversivo en estos días necropolíticos que bailar en las calles. Exceptuando, tal vez, esas chicas gordas que salen a la calle embutidas en shorts, aplastando los cánones de decencia de los transeúntes más normativos con la imagen de sus carnes bamboleantes y performativizando una gozosa carencia de complejos. 

Llenar de música las calles... Por delante de la librería en la que a ratos trabajo, todas las mañanas pasaba un punki viejo, con una cresta anacrónica, montado en su bici y seguido por un enorme pastor alemán, que iba siempre con un altavoz del que salían potentes chorros de breakbeat, drum and bass y punk. Y qué alegría me daba cada vez que lo escuchaba pasar... Ole él. Igualmente, muchas veces me he cruzado por el carril bici del paseo marítimo con un extraño jinete eléctrico cabalgando una máquina recubierta de luces de neón, y también él portaba un impetuoso altavoz que irradiaba unos ritmos contundentes y metálicos de tecno industrial. Ole él. 

    Sin embargo, en cierta ocasión escuché a cierto profesor universitario un comentario que deslegitimaba a las personas que iban con la música en el coche a un volumen elevado, con el argumento de que «están reclamando una atención que no se merecen». Es decir, según su perspectiva, solamente una élite altamente cualificada –entre la que él mismo se incluiría, por supuesto– habría logrado el mérito de hacerse escuchar. Personalmente, creo que la atención no se gana, se conquista. Aunque, por supuesto, también creo que si alguien está poniendo una música infame que te molesta o desagrada, tienes el derecho de cagarte amablemente en sus muertos y pedirle a voces que se ponga algo de breakbeat. Y es que lo salvaje no quita lo cortés.

    Quiero que dejemos de ser los glóbulos rojos que meramente transportan mercancía cansada de un punto A a un punto B por las venas de nuestras ciudades. Nos han convencido de que estas deben ser espacios neutros, marchitos y tristes por los que hemos de comportarnos como peatones de esfínteres apretados, desplazándonos en silencio para ir a trabajar o a comer a un restaurante o a hacer deporte –siempre que no te salgas de los compartimentos reservados a tal fin, claro–. Nos han convencido de que los botellones arruinan a la hostelería. Pero, sin desmerecer el papel impagable de los bares como puntos de socialización y creación de comunidades anartistas –recordemos por ejemplo la deuda de los dadaístas con el Cabaret Voltaire, del punk neoyorquino con el CBGB, del punk barcelonés con el Kafé Volter, del underground malagueño con el bar Chispazo–, no me gustaría vivir en un mundo en el que no me pudiera tomar una cerveza al sol, ya sea bailando alrededor de un altavoz o sentado en el césped de un parque o en la arena de la playa. 

Quiero que dejen de mercantilizar nuestras quedadas. Quiero que seamos sustancias conmovidas y trepidantes que exciten la sangre urbana y congestionen el paso como placas de colesterol. Quiero que las calles dejen de ser un medio para ser un fin. Y si es verdad que –como me reveló otra de las personas más maravillosas y extra vagantes que nutren mi existencia– los ayuntamientos están tratando a lo suavón de quitarnos los bancos para que tengamos que meternos en los bares o apoltronarnos en el sofá para seguir consumiendo, saquemos de nuevo las sillas de playa al rebate de nuestras casas. No dejemos de reunirnos en las plazas, de hacer picnics en las rotondas, de bailar en los pasos de cebra, de columpiarnos de azotea en azotea, de organizar consejos de sabios en los aeropuertos, de patinar por los centros comerciales, de hacer carreras por los museos. Rellenemos todos los espacios de poesía, que no quede ni un solo rincón por allanar ni una sola pared por pintarrajear. 

jueves, 14 de abril de 2022

E-pistola 49 (a.k.a. Hoy he pasado por tu calle)

«Recuerdos que al final
Son un cruce de caminos [...]
Ya ves, vuelvo a donde empecé»
El último de la fila, «Llanto de pasión»

Hoy he pasado por tu calle... 

    Después de varios meses sin bici y escuchando música por la calle en unos auriculares precarios, a través de los cuales los beats se tambaleaban y chisporroteaban como un coche con el maletero lleno de canicas circulando por una carretera llena de baches, hoy me he visto al fin con los recursos y el tiempo suficientes para salir de nuevo a fundirme con el viento. Siendo como soy, de ideas fijas, he tirado por la misma ruta de siempre: tras cruzar el Guadalhorce por la pasarela de madera, me disponía a tomar el camino que rodea el aeropuerto para luego enlazar con la carretera que atraviesa el barrio de Zapata. En cambio, me he encontrado con que el túnel que pasa por debajo de la autovía estaba en obras, así que me he dado una vuelta por Guadalmar y he llegado hasta Los Álamos. 

    Hoy he pasado por tu calle –calle Acacias, no calle Pacífico, pues en esta última vive una persona que ya no conozco–, y he vuelto a ver a esa muchacha con un vestido blanco de verano paseando con un libro de relatos de Truman Capote que se leería en la playa esa misma tarde para luego prestármelo. Un árbol de noche... No quiero volver a leerlo por si resulta que tampoco lo conozco ya, pues de él solamente recuerdo una chica con un chubasquero verde que deambulaba por las calles de Nueva York bajo la lluvia, y posee para mí un aroma de idealismo adolescente que no quiero mancillar. 

   ¿Qué ha sido de aquella Marina? O, quizás, la pregunta sería: ¿llegó a existir realmente tal Marina? Tras una época en la que Burroughs estuvo trabajando codo con codo con otro artista de vanguardia llamado Brion Gysin –tan lúcidamente loco como él, sino más–, esta pareja de esquizos visionarios llegó a la conclusión de que su colaboración había engendrado una tercera mente, superior e independiente a ellos mismos. Igualmente, creo que nuestra colisión en un cronotopo preciso dio lugar a dos seres nuevos que aún andan pululando por ahí, ajenos al discurrir del tiempo: una chica escurridiza como una liebre que se podía encontrar por los pasillos del instituto con una camiseta holgada de James Dean, unos vaqueros rotos y una sonrisa nerviosa y llena de hierro, y un duende vasco destartalado cuya risa era como el agua cristalina que baja por la montaña. 

    Hoy he pasado por tu calle, y he visto a varios gatos de aspecto enfermizo retozando al sol en la parada a la que me acompañabas a esperar el autobús 5. También he franqueado el pasaje Capitán Nemo, y las calles Hespérides y Moby Dick. Y no he podido por menos que escuchar unas pocas canciones de El último de la fila, en especial, «Llanto de pasión», un tema que cada vez que escucho desfilan por mi mente sucesivos rincones de Guadalmar por los que solíamos andar, así como el trayecto en bus volviendo de Cuenca en el que acerté que Manolo García era Leo porque cada una de sus canciones me parecía como si las cantara tu padre. Guadalmar me resulta un lugar totalmente fuera del tiempo y del espacio, es como si en medio de la nada alguien hubiera trasplantado un cacho descontextualizado de las idílicas barriadas estadounidenses en las que se rodaron Halloween y otras maravillas del cine de serie B. 


    También, por cierto, he visto a tu padre, volviendo del trabajo en su coche precario con la camiseta del Unicaja en miniatura que colgaba del espejo retrovisor. Aparcó y se apeó con la mirada ausente, adelantándose tal vez a lo que le esperaba en su salón-buhardilla, otro refugio atemporal atestado de libros de aventuras, vagabundos y otros personajes nómadas. Sus mapas y sus montañas de estuches repletos de discos de folk, jazz y cantautores, a la vera de un televisor que se encendía en raras ocasiones. 

    En este mismo habitáculo –la cantidad de nostalgias que se pueden acumular en un espacio tan reducido es abrumadora–, la mesa redonda de cristal que cubríamos con un mantel fino de cuadritos rojos y, sobre él, disponíamos unos platos rebosantes de comida, los patés veganos, las cremas de verdura, etc. Terminábamos el banquete con un café Santa Anfetamina, servido en unas tacitas con sus respectivos platos, en los que yo colocaba unas oreos y al final terminaba por comerme también las tuyas. Unos cafés que bebíamos pausadamente mientras veíamos Twin Peaks o pasábamos las tardes de lluvia de (meta)palique escuchando música. 

    También, las puertas blancas de los portales en los que por primera vez metí la mano bajo tu vestido y te introduje los dedos hasta rozarte el llanto, mientras el sol de primavera  se colaba por el ventanuco del descansillo acariciando nuestros cuerpos y afuera se escuchaba a los niños jugando en la piscina. Aquellas tardes de verano de sábanas sudadas y torsos pegajosos en las que me suplicabas que no me fuese todavía, que te comiese el coño una vez más. ¿Cómo ver que estas demandas anunciaban a voces la incubación de una enfermedad que se prolongó durante demasiado tiempo, si por aquel momento me resultaban episodios de infinita belleza y ternura?

    Una vez, durante uno de los viajes de setas más reveladores que he tenido, charlando con mi compañero de expedición mientras caminábamos de noche por los senderos del Guadalhorce, sentía que cada vez que zanjábamos un tema de conversación e iniciábamos otro era como si nuestros cuerpos saliesen de una burbuja pegajosa y traslúcida y atravesaran la membrana que nos conectaba con la siguiente, saturada por una energía completamente diferente. Los psicodélicos tienen esa cualidad maravillosa de hacerte percibir con los sentidos las cosas más abstractas... Porque creo que esto sucede en el díadía, aunque no percibamos ese paso de una burbuja a otra de forma tan nítida. 

    Es lo que querían decir los situacionistas con su concepto de la psicogeografía, que existe una influencia directa de la arquitectura y la disposición de la urbe en la psique, que provoca impresiones en nuestra vida inconsciente y altera nuestro estado de ánimo. Yo he sentido ciertas cosas en ese sentido cuando he dado largos paseos por la ciudad, y es evidente que uno no se siente igual paseando por un centro comercial blanquecino de anorexia que por un barrio de potaje humilde como Las Delicias, con sus casas bajas, sus callejuelas de luz anaranjada y sus pasajes abovedados de cal, pero me resultan tan ajenos que me costaría escribir un texto sobre ellos. En cambio, es pasar por otros lugares tan preñados de recuerdos importantes, como Zamora, El Palo o las calles Duende 8, Acacias 8, Antonio Martelo 5, etc., y la boca se me llena de un nido de víboras. 

    Lo que quiero decir con todo esto es que no sé si nuestra historia habría sido la misma si no hubiera transcurrido en Guadalmar, porque este barrio es una burbuja en la que, cada vez que entro, me siento de nuevo como aquel chaval de dieciséis años que iba a verte todas las tardes subido a lomos de Capitán Nemo. Me reencuentro con tu persona actual y me parece que todo aquello fue un sueño extraño, y que, si terminó, fue porque ya no tenía razón de ser. En cambio, hoy he pasado por tu calle y he sentido unas ganas dolorosas de volver a nacer y volver a experimentar los mismos subidones adolescentes y volver a cometer los mismos errores y volver a pasar una noche entera tumbados en el césped de tu piscina hablando sobre mil películas y volver a dejarme llevar hasta perder la conciencia y la identidad. 

...y ocho años han sido revocados. 

miércoles, 19 de enero de 2022

E-pistola 37 (a.k.a. Mvquinas deseantes)

[Algo se muere en el alma

cuando un amigo se va]

[Sevillanas del adiós], Manuel Garrido


/Confieso/ que aún no me leí el AntiEdipo. Solamente las primeras veinticuatro páginas de esa jungla de palabras con una resonancia misteriosa y ocultista sin par. Des/re/territorializar, superficie de registro, capitalismo rizomático, capitalismo esquizofrénico, singularidad, nomadismo, etc. Sin embargo, lo custodio en mi estantería como un objeto de culto /de culto, se diría, religioso/ con el mismo respeto hacia sus misterios que puede sentir un profano atraído por las sagradas escrituras de cualquier religión. 

    Abrir la cubierta y encontrarme con esa primera página bastó para inspirar un conato de novela que escribí frenéticamente durante la cuarentena /y que únicamente tú has leído; prácticamente, era para nosotros/ a lo largo de dos semanas en las que las noches se fueron comiendo poco a poco a la franja diurna. /Aquello me costó la factura de la luz más cabrona que he pagado en mi vida, por cierto./ 

    [Las máquinas deseantes] rezaba un letrero situado en el centro de una página tan vacía como la esperanza en la humanidad que desprende el libro. /Supongo./ Sus letras mayúsculas, angulares, desapasionadas, agorafóbicas, electrizadas, corrosivas, produjeron en mi imaginación la asfixia del no future. Del no somos más que eso, cíborgs de carne malsana impulsados por fuerzas despiadadas que construyen narrativas para no reventar de nihilismo. /Supongo, algún día debería leerlo para comprobar si esto es así./

    Toda esta aquella generosidad conceptual no era más que pura estética, por supuesto. Y lo sabíamos. Y todo /para mí/ remite a lo mismo, a la mística de la [autodestrucción jubilosa], de la [cara oscura del alma], del [In Girum Imus Nocte Et Consumimur Igni], de la [infame turba de nocturnas aves]. Una estética que no puedo no relacionar contigo. 

    Convierto cualquier relación en un vínculo romántico, no puedo evitarlo. Me ocurre con los objetos, las parejas, los muros de ciertas ciudades, lxs amigxs, ciertos tonos de luz. Aparte de varias personas ancladas en mi vida por otros motivos y al margen de esta tendencia, suelo entablar, sin proponérmelo, relaciones sexuales heterosublimadas con sucesivos hombres mágicos que he ido encontrando. Los escritores, músicos y cineastas son un buen ejemplo. Pero también hombres de carne y hueso. 

    Todas tienen el mismo proceso: una admiración mutua /definición básica de la amistad/ que se corta abruptamente sin que nunca pase nada realmente malo. No fuiste el primero, ni tampoco el último, pero /tal vez/ sí el más distorsionante. Todos tienen en común ser personas con pasiones: impulsivos y zumbaos con una hoguera de peligrosidad en su interior. Todos tienen en común ser alguien con quien entenderme cuando hablemos con devoción de cualquier parida con la que nos hayamos topado. 

    En cambio, nunca he tenido conexiones así con artistas reales. Siempre son científicos. Tengo ascendente Cáncer, y creo que necesito sentir que soy el que nutro de lo invisible. Creo que los escritores no nos soportamos entre nosotros. /En adelante, hablaré por mí./ No soporto, en especial, a los escritores que ya han publicado sus cosas. Antes justificaba esta envidia con excusas fantasmagóricas. [Yo era un poeta antes incluso de saber escribir mi nombre] [la cualidad artística está en la mirada cotidiana] [no sé cómo se atreven a exhibirse sin antes haber reventado contra el fondo de la experiencia] [etc.] Pura frustración no resuelta. Pero es más fácil poetizar las carencias que solventarlas ¿no? En eso consiste el punk. Un hacer de la necesidad virtud. /Creo./ Pero estamos en un mundo pospunk, y la literatura no es hasta que no se vende. /No estoy del todo seguro de esto./ 

    En cualquier caso, la objetividad no existe. De hecho, tampoco existe la subjetividad. Nuestro yo está tan [frag][men][ta][do] como la visión de una mosca. Y ahí está el problema: la ferocidad de un apego no reside en el mero placer que produce un hábito agradable, sino en la identidad que se crea en torno a esa relación. Dejar la droga no es renunciar a la engustaera, es matar todo un fragmento de tu ser que solamente existe en ese contexto concreto. Dejar una relación no es renunciar a etc. Manuel Vilas citaba en Ordesa un textito de Jordi Carrión que le dio la vuelta a mis sesos como un calcetín:

[Cada pareja, cuando se enamora y se frecuenta y convive y se ama, crea un idioma que solo pertenece a ellos dos. Ese idioma privado, lleno de neologismos, inflexiones, campos semánticos y sobreentendidos, tiene solamente dos hablantes. Empieza a morir cuando se separan. Muere del todo cuando los dos encuentran nuevas parejas, inventan nuevos lenguajes, superan el duelo que sobrevive a toda muerte. Son millones, las lenguas muertas]

    Es lo que Manuel Garrido [ni puta idea, creo que ni siquiera he escuchado la canción real, es una cookie que se instala en nuestro cerebro al nacer] expresó de manera mucho más simple e inocente. /Algo se muere en el alma…/

    Al caminar por el mundo, muchas veces me siento indefenso y deslegitimado. En cambio, cuando extravagaba contigo, nos sentía como un único ser palpitante y de una indestructibilidad abismal.  Máquinas deseantes de un pesimismo tan ponzoñoso como tierno. Teníamos una mitología secreta, plagada de inocente pedantería. El aceleracionismo, el 1-4-5-7, los normies, la papela, Cortázar, la programación esotérica, el modafinilo, la des/integración, Nick Land, las setentaydos horas despiertos, el motorik, Gummo, la oscuridad transformadora, Henry Darger. 

    Muchas de esas cosas, como el eneagrama, ya no me interesan tanto. Trato de mantenerlas vivas. De aparentar que todo aquello existía en mí de manera autónoma. De aparentar que mi personalidad no depende del contexto. De etc. Pero, al no tener nadie con quien compartirlas, agonizan y exigen una eutanasia compasiva. Ahora me interesan otras cosas nuevas, por supuesto, pero todo aquello descansa fosilizado en mi memoria como los restos de una Pompeya que solamente se evaporará cuando mi cuerpo muera. A no ser, claro, que algún día me decida seriamente a vulgarizar lo inefable y terminar esa novela que nos debo. /Como habrás comprobado, solamente me motiva a escribir el escribir para alguien en concreto./

    Feliz cumpleaños, amigo. 

sábado, 8 de enero de 2022

E-pistola 19 (a.k.a. Viaje a las tripas)

«En un mundo de plástico y ruido, 

quiero ser de silencio y barro»

Eduardo Galeano

- El silencio (la ida)

Decía el pobre César Vallejo, un poeta argentino muy desgraciado, que nació un día que Dios estaba enfermo, grave. En mi caso, estaría resfriaillo y sin ganas de trabajar. No me dedicó el tiempo que requiere una escultura medio en condiciones y se excedió cincelando unas partes mientras que en otras si le subía la fiebre entretanto que se ocupaba de ellas simplemente las dejó sin terminar. 

    Mi padre, tan propenso al desánimo, me diagnosticó con la mente; mi madre, trapecista lunar, con las arterias. Mi padre prefirió pensar que me iba a faltar un verano por eso de ponerse siempre en lo peor, para que si la vida le coge por sorpresa sea para darle una alegría. Pero eso es anteponer la mente a las tripas, y eso, abuela, creo que es el origen de muchos males del mundo ¿verdad? Mi madre, como decía, es menos reflexiva pero más savia y a menudo cuenta –deberías escuchar cómo lo cuenta ella– que él no me supo ver, pero que cuando era solo un bebé ella me sentaba en la cama, en el sofá, o donde fuera. Que me ponía a su lado mientras hacía sus cosas y me contaba sus paranoias de siempre, y yo, que aún no sabía hablar siquiera, me erguía y la miraba de una forma que parecía que la estaba entendiendo por completo. Supongo que ahí aprendí a escuchar… ¡Qué remedio! ¡Vaya asedio! 

    Desde entonces, parece que se me ha quedado pegada una fascinación similar a la de Almódovar por lo femenino, por las charlas en la cocina, por mirarla peinarse mientras me cuenta lo que le obsesiona a cada momento, por la intimidad sin ruido, por sus palabras armónicas como palabras cascadas de silencio, suaves como rayos de Sol sobre el terruño empapado por la lluvia. Palabras gráciles, atentas y sanadoras como pasear un domingo por la montaña. Conste que lo femenino no es terreno exclusivo de las mujeres; lo femenino, creo, es una energía que puede poseer cualquier persona y cualquier situación. Por todo ello, hoy rechazo la patria y solo acepto enraizarme en la tierra sustentadora de la Matria. 

    A punto de cumplir veintitrés años, vuelvo a montarme en el Auto-Res rumbo a Zamora, a pesar de que todos decíais que dejaría de venir en cuanto pudiera… tú lo sabes mejor que yo, abuela, que no se puede desafiar a un Tauro, porque podríamos remover el cielo y la tierra con tal de llevarles la contraria. Aquí vengo una vez más a Zamora, abuela. ¡Qué lío! Ya no sé si Zamora es mi abuela o si tú eres Zamora o qué sé yo. Para mí sois la misma cosa. Vengo a visitaros, a encomendarme a vuestro silencio, y me da igual quién sea cuál. Y es que hoy lo revolucionario no es gritar, que ya bastante ruido hacen los coches y las multitudes, sino escuchar el silencio de los que callan y piensan.

    «Culto no es aquel que lee más libros. Culto es aquel que es capaz de escuchar al otro» (Eduardo Galeano, también)

    El silencio… ¿sabes abuela, que la raíz de la palabra silencio, sei, está en todos los idiomas indoeuropeos, y que esta raíz la comparte con la palabra semilla? ¿Será por eso que el silencio es la semilla de la sabiduría y que los mejores pensamientos vienen del silencio, de un cocerse a fuego lento?


- El barro (la vuelta)

Las etimologías siempre remiten a los juegos con los que nuestros antepasados crearon una rica lengua plagada de secretos. El barro, con esa doble -r- tan ibera, es por definición la tierra mojada. ¡Y qué bien nos sienta el agua, a nosotros que nos rige la Tierra, para que nos alivie de nuestra sequedad y nos pongamos maduros y tiernitos!, ¿verdad, abuela? También Zamora es barro. Un barro quizás un poco seco, rudo, pétreo y triste. Es una tierra difícil de habitar, pero de barro a fin de cuentas. ¡Y qué verde y exuberante se pone cuando llega la primavera y llueve! El año que llueve, claro... 

    Tus manos, retorcidas como las ramas de los árboles de la Plaza Viriato, me recuerdan a las raíces sustentadoras del árbol robusto y enjuto que es nuestra familia. 

    El otro día di un largo paseo por Zamora: bajé hasta el Trascastillo por la Puerta de la Feria, por donde tú me contaste que los ganaderos pasaban antiguamente con sus rebaños; miré de nuevo el letrero de la Calle Abrazamozas, riendo para mis adentros sin entender cómo podéis ser tan cazurros y tan entrañables al mismo tiempo; subí al casco antiguo atravesando el Arco del Obispo y oteé el Duero desde las almenas del castillo, y tenías razón, abuela, este año va bien crecidito hacia Portugal; luego, bajé por la cuesta del Pizarro y crucé el Duero por el puente de piedra para tomarme un vino de Toro con unos pimientos asados en Los Pelambres, mientras contemplaba Zamora desde la otra orilla y escuchaba las conversaciones de los viejos, que hablaban de la nieve que había en Sanabria este año, del grado y medio que hizo el otro día en Mombuey, y de los móviles que se compran sus mujeres para acabar también hablando de la nieve en Sanabria y del grado y medio en Mombuey. Y es que a Zamora todavía no ha llegado el plástico, seguís siendo de barro. 

«Los castillos, ermitas,/ cortijos y conventos,/ la vida con la historia,/ tan dulces al recuerdo» (Luis Cernuda)

    Continué mi paseo sagrado deleitando la mirada con el cimborrio de la catedral, la Rúa de los Francos, las Tres Cruces. Iba escuchando el concierto de Paco Ibáñez en el Olympia y sintiéndome como él, un exiliado, pero del tiempo y de la prisa, y también sintiendo cómo me invadía paulatinamente el barro y el silencio. Ahora te escribo esto en unos folios que me ha dejado una señora muy maja en el Auto-Res, mientras el bus cruza la sierra de Guadarrama… y no quiero volver a Málaga. 

    Y me imagino, abuela, que tú, en cambio, estarás ya harta del barro y del silencio, y que dirás que en Málaga se vive mejor, con sus playas, su buen tiempo y su alegría pícara. Pero también es una ciudad muy superficial, ruidosa y de plástico –excepto por algunos rincones que he ido descubriendo casualmente–. Yo tampoco soportaría vivir allí. Es una tierra difícil de habitar. Pero que me recibe y es mi refugio tres veces al año, cuando regreso, como regresa la cigüeña al campanario, para comer tus lentejas de los lunes y el pan crujiente y con sabor a humo y madera que guardas en la alacena con celosías de la «sala de estar», como tú la llamas. Y es curioso cómo funciona el cerebro de los niños: no sé si será porque era lo primero que veía al entrar en tu casa pero, cada vez que pensaba en Zamora, pensaba en esa alacena con celosías. 

    Infinitérrimas gracias por no haberte rendido al aneurisma, cuando todos pensábamos que te ibas. ¡Pero qué burra que eres! Ya sabes… nunca desafíes a un Tauro, y menos si es zamorano, porque es capaz de vivir cien años, si es necesario, con tal de llevar la contraria. Y por haberme cuidado de nuevo. Te mando abrazos ruidosos y soleados desde el Sur. Nos vemos en verano. 

    Abril de 2019.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

E-pistola 77

 «Pero si tú conmigo te llegas a portar mal,

que yo voy a soltar un escuadrón de palomas

para que puedan volar»

«Mujer divina», Joe Cuba


Acabo de llegar a casa después de una sesión de tecno en la Paris 15 en la que he exorcizado los demonios que se habían agolpado en el umbral de mi puerta al mundo. Adoro cuando consigo mantener rutinas que dotan a la realidad de un cierto sentido, pero para bien o para mal, las siento carentes de interés sin estas dosis de desequilibrio que dan salida al instinto de muerte reprimido durante esos días. Después de toda una noche frenética y luminiscente, noto mi cuerpo reseteado, blando, dolorido. Una fina capa de magma pegajoso y con olor a colilla me recubre todo el cuerpo. Esa sensación de viscosidad que envuelve todas las actividades de la vida que merecen la pena. Voy a ducharme. 


Volví a casa tras una última raya de speed que nos metimos cerca del parking de la Paris, entre los arbustos de una gran rotonda del polígono, mientras amanecía, escuchando a las Grecas y a los Chichos. Allí, mantuvimos una última charla empapada de amor y complicidad. Cuando nos despierte el sobresalto de la bajona, quizás no nos parecerá sino una ilusión efímera. No obstante, fue real. 

Después de que una agresiva y amenazante pastilla Philipp Plein derramase el baúl de las palabras de forma caótica para lanzárselas a la gente sin ton ni son, el speed vino a poner un poco de orden en este desbarajuste, colocándolas como un DJ coloca los vinilos en su caja, para crear un partenón lingüístico. 


En el trayecto en bici hasta mi casa, me puse canciones de esas que te lamen la mente, como el «Today» de Jefferson Airplane. He estado pensando en tu nombre, tratando de encontrar un motivo para que me resulte tan evocador. Y es que, llamarte Marina y vivir en ciudades del interior supuso el anticipo de lo que habría de venir. Una mirada profunda y liviana al mismo tiempo, que atraviesa todos los kilómetros de montañas y valles que se le pongan por delante para mantener en consideración constante la quietud infinita del mar. 


Mi estado natural –aunque no por ello el más cómodo– es la soledad, y antiguamente, cuando los dulces resquicios de las drogas me llevaban a estos torrentes de palique creativo, mi impulso era quedarme con alguien para tratar de compartirlos. Salvo deliciosas excepciones, siempre daba como resultado el fracaso y la frustración –¡obviamente, no sé qué coño esperaba!–. No obstante, lo que hago ahora es abandonar la escena del crimen. Huir a mi laboratorio secreto para sacar algo en claro de tanta destrucción, creando así territorios independientes en el ciberespacio. Pues, as you would say, escribir es libertad. 


El recuerdo de tus largas uñas de perra cruel hundiéndose en mi espalda y arrastrándose por ella produce en mi imaginación el tintineo de un arpa cristalina. Diamantes que caen por una escalera. Despertarme antes que tú y observar tus curvas descansando a lo largo de la cama. Observar desde la cama cómo te vistes, cómo te maquillas, cómo caminas por la habitación con la ligereza de un gato. Observarte. Me redime del nihilismo cotidiano. 

Cuando te conocí, no me pareciste sino una rara avis envuelta en llamas, hasta que tu mirada chorreó mis manos de flujo y me hizo ver la mezcla de elementos que conforman tu poderosa existencia. Un rasgo que me hermana a ti es la integración de los opuestos y la fluidez con la que transitas diferentes mundos. La conciencia que tienes de que el breakbeat no niega a los Smiths, que no hay por qué elegir entre el grafiti agresivo y marginal y la poesía delicadita francesa. 


Comprender que cada eventualidad del devenir, ya sea positiva o negativa, es una oportunidad para aprender, hace que me sienta indestructible. Nada puede entonces manchar de desesperanza el díadía a causa de melancolías sobre lo que sucedió o de preocupaciones sobre lo que sucederá. Y así es como percibo la existencia después de haber pasado unos días contigo, absorbiendo a cada instante la celebración de la vida que constituye tu ser. 


También yo he mirado hacia los años venideros como un peregrino otea un sendero que se pierde en un horizonte infinito. También yo soy un homo viator. Y por eso me pone muchísimo que las cinco únicas veces que nos hemos visto hayan sido en cuatro ciudades distintas, y que en cada ocasión hayamos creado escenas que tan solo Cortázar podría describir sin desvirtuar su belleza. 

Esa primera noche en que nuestros cuerpos entrelazados se reflejaban en los cristales de tu ventana, mientras el amanecer se corría con un torrente de tonalidades cálidas que entraban tímidamente en tu habitación para presenciar el espectáculo. 


Aquella otra en que los gemidos eran ahogados por el estruendo de los truenos y el estrépito de una lluvia violenta, en la habitación principal de mi castillo errante en Zamora, junto a una mesita de noche manchada vino y hebras de tabaco. Caminar por sus calles empedradas curioseando los nidos de las cigüeñas en los campanarios. Tan bien armonizaron las tormentas estivales con la dionisiaquez y la concupiscencia de toda tu estancia en mi refugio del tiempo… Incluso, en aquella larga tarde de resaca en la que nos colmamos de relatos y reflexiones sobre nuestras vidas mientras escuchábamos música. Y cómo manaban esas conversaciones… Como de un manantial infinito de vivencias nacido de nuestra insaciable sed de aventuras. Un vivir-para-contarlo en el que las consecuencias directas de cada experiencia enmudecen ante la satisfacción de haber tallado un poema con nuestros cuerpos. 


¿Existe algo así como una coniunctio viator, una relación viajera? Nuestra historia es una autovía por la que no hemos dejado de conducirnos en soledad, para luego coincidir en restaurantes de carretera y áreas de descanso. Lugares invisibles en los que apuran su copa personajes anacrónicos: autoestopistas de piel dorada, camioneros transexuales, funambulistas desesperados, amas de casa en busca y captura. A menudo, cuando llego a estos espacios anónimos y al margen de la civilización, tú ya estás ahí, con tu vestido de lunares, taconeando bajo una cascada de jacarandas que caen de un sitio indeterminado del cielo. Golpeando con furia la tarima. Para exigir, ya que estamos aquí, todo lo que es bello. 


(¿)Somos el fragmento de una película sin final, un estallido efímero, amantes pasajeros, un conato de revuelta rápidamente sofocado, una zona temporalmente autónoma que debería desmantelarse y desaparecer sin dejar huellas en cuanto el amor deje paso a la enfermedad(?)


Ojalá sintiese eso, pero una compañera de viaje como tú no se encuentra todos los días, y mis más tiernos apegos ya se han aferrado a ti del mismo modo en que te abracé el día en que finalmente no te fuiste de Zamora. Todas las mañanas me levanto con el ego descompuesto. Durante un rato, mis acciones son dirigidas por el inconsciente. Un despertar agónico en el que no tengo control de mis pensamientos, por lo que resulta un momento del día idóneo para estudiar cómo se organizan mis esquemas psíquicos salvajes. Resulta entonces revelador cómo, tras sonar la alarma que anunciaba tu partida, mis piernas y mis brazos se enroscaron en torno a los tuyos en un intento de no dejar marchar tu calor y la suavidad de tu piel. 


Has demolido la fortaleza que había erigido para no volver a ser herido tras un primer amor inocente en el que creí a ciegas en lo eterno. Ahora, quiero lanzarme contigo a la noche como un coche bomba. 


Me apena la idea de que, tal vez, amar concibiendo que el final acecha detrás de cualquier esquina, amar con reservas, sea amar a medias. Me gustaría poder entregarme como cuando era un alma inocente e intacta, y no con esta fragmentación tan típica de los tiempos que corren. Me gustaría poder imaginarnos en unos años tomando café en Lisboa, en una terraza frágil y nostálgica, exiliada de la prisa, sin autocensurarme ni sentirme estúpido. 


En cambio, pienso que haber aprendido a montarme en trenes con la conciencia de que en algún momento habrá que regresar a casa es un síntoma de sabiduría, que lo realmente malo habría sido renunciar a viajar. Comprender, finalmente, que el amor es un pájaro en llamas, un ave milagrosa destinada a infundir vida y esperanza a cuantos son testigos de su vuelo para, inmediatamente, precipitarse contra el suelo y reventar en una nube de polvo y ceniza. 


No sé de qué manera terminará todo este delirio, aunque espero que siempre sigamos en contacto. Tu manera de moverte por el mundo me hacen pensar que te espera una vida tan extraordinaria como gloriosa de la que quiero ser testigo. 


Te amo. Endiablada y trágicamente.

martes, 12 de octubre de 2021

Conservación autoerótica

Ducharme al llegar a casa se ha convertido en un ritual de resistencia cotidiana. Desde hace años, necesitaba ducharme antes de salir de casa, como para dejar en el espacio privado todas mis excreciones y miserias y ofrecer al mundo lo mejor de mí. Ahora pienso que el mundo no se merece mi limpieza; al revés, prefiero llegar a casa y ponerme bajo un chorro de agua tibia que deslice por mi cuerpo toda la mierda que se me ha ido pegando al caminar por las calles y el sudor de haber bregado con el día. Un sacudimiento urgente de la extraña piel que nos va cubriendo durante la jornada para que sea tragada por el sumidero. Los musulmanes tienen la costumbre de lavarse las partes conflictivas del cuerpo –como las manos y el ojete– antes de rezar, y quizás tenga algo que ver. Tampoco antes me gustaba hacer las tareas domésticas: cocinar, fregar, hacer la cama… Poseído por el heroísmo de la adolescencia, percibía esas menudencias como un obstáculo que me hacía perder un tiempo precioso para el desparrame. El frenesí parecía lo único importante, pero me he dado cuenta de que ese frenesí de apariencia tan luminosa esconde en su seno un abismo de oscuridad: una velada atracción hacia la muerte. 

    La locura adolescente es la respuesta a la repentina comprensión de que la existencia es finita, y por ello me afané en apurar cada día como las últimas caladas de un cigarro, cuando acabas de tirar el paquete y es domingo por la tarde. Sin embargo, eso no hace más que impedir el disfrute del fumar y, además, que te acabes quemando el labio. Ahora, creo que no hay una manera mejor de terminar la semana que levantarme fresco y descansado, prepararme el desayuno sin que me den arcadas mientras escucho el dulce “Sunday morning” de la Velvet, el “Nuevo día” de Lole y Manuel, el “Mujer divina” de Joe Cuba; tender una lavadora mientras observo a la gente bostezosa del bar de enfrente de mi casa creando tornados en sus cafés con las cucharillas antes de ir a pescar, a correr o a lo que sea que haga la gente sana los domingos por la mañana; y, finalmente, sentarme a escribir. 

    Creo que madurar no tiene por qué significar volverse un coñazo: no saber dejarse llevar cuando hay que dejarse llevar, renunciar a tu grupo de amigos –el último resquicio de comunismo primitivo– para fundar una familia –el anti del comunismo primitivo, pensar que el informe que tienes que entregar en el curro es más importante que la película que verás por la noche –todavía no se me ocurre nada más importante que ver películas, etc. Madurar es, precisamente, todo lo contrario: volverse otra vez ese niño que regresaba a casa con la cara embarrada de churretes, después de haber jugado en el parque, y se duchaba antes de cenar, ver un rato la tele y acostarse satisfecho. Bueno, acostarse, sin satisfacción ni insatisfacción, tampoco idealicemos las cosas... Es “volver a los diecisiete, después de vivir un siglo”, cuando la soledad de una habitación propia albergaba lo más sustancioso de la vida. 

    Lo demás, puro miedo a la muerte, ansiedad no resuelta: conducirse por la vida como una locomotora en llamas que corre directa al precipicio. ¿Y no era eso bello, acaso? Por supuesto: hay que romperse en mil pedazos para poder ver a dios en los eróticos rayos de sol que te despiertan un domingo por la mañana. Los expresidiarios lo sabrán mejor que yo. Non, rien de rien, je ne regrette rien.

sábado, 2 de octubre de 2021

My Acid Lord

 Para Helena 

My lord is not sweet, ni tampoco amargo, es un freak indiferente, bromista, ácido y con breves momentos de inspiración que entretiene su inmortalidad diseñando un programa informático cada vez más complejo. Nadie nos avisó de nada, pero el código binario de la realidad nació abierto y así sigue, por lo que puede hackearse fácilmente. 

    Aspiro a una firmeza que a duras penas encuentro cuando hablo o camino. Cuando pongo un pie detrás del otro o cuando trato de transformar lo que habita mis sesos en sonidos, mi piel se recubre de grietas, como la arena reseca de la orilla de la playa cuando la marea baja. Soy entonces una montaña de dientes y dedos apretados que amenaza con derrumbarse ante la más mínima corriente. En cambio, cuando escribo o monto en bicicleta, accedo al control del software y convierto el mundo en lo que yo quiero que sea. 

    Me está costando mantener una rutina basada en estos dos hábitos, a pesar de la paz que me proporcionan –pero, ¿acaso es la paz el fin de la vida? Literalmente, sí. Entretanto, que venga a mí la agitación–, porque ya se sabe que la rutina es el intento de congelar un día en el que todo fue perfecto y la vida parecía cobrar sentido, para podernos meter en él cuando queramos como si fuese un traje de buzo que cuelga inerte en el armario. No, nunca fui muy bueno a la hora de prolongar ninguna costumbre. Precisamente, el impulso me suele durar lo que tarda en convertirse en una verdadera rutina, y si no fuese porque intuyo este año como decisivo para mi devenir, a estas alturas todas mis buenas intenciones ya hubieran volado por los aires. 

    My lord is acid, y es mi pintor favorito. Kiss my motherfucking acid. Él… o quien coño sea el que diseña los atardeceres. Con la bici no soy más que un steampunk rider, un hombre de la edad de piedra que se conforma con los engranajes en lugar de estar investigando la realidad virtual. En cambio, resulta fácil cortar y pegar los códigos para convertirme en una de esas motos que van dejando a su paso un rebufo de neón sólido que debes esquivar para ganar el juego. Jamás he vuelto a encontrar ese videojuego pero, a pesar de su sencillez, su estética me llevaba a un mundo con el que ahora me estoy volviendo a encontrar. Encuentro el movimiento perfecto. La velocidad perfecta. La línea recta perfecta. El aire que me revuelve los pelos y se restriega por mi cara como una gata en celo. Hay una columna vertebral de ballena que atraviesa el cielo de este a oeste, trazando un recorrido espiraloso que el sol va pintando de diferentes tonalidades según se suceden los últimos minutos del día. Vivimos en la panza de una gigantesca ballena: el tiempo que nos mata no son más que sus jugos digestivos deshaciéndonos poco a poco hasta convertirnos en mierda. 

    Me gustaría ponerme por un momento en los ojos de los otros ciclistas y corredores que me rodean para comprobar si verdaderamente la imagen que vemos varía quelque chose en lo objetivo o solamente son las putas interpretaciones subjetivas las que cambian de una persona a otra. Algún regocijo estético deben sentir, porque todos empuñan sus móviles intentando atrapar la monstruosidad inabarcable del momento. El gesto de sacar el móvil se ha convertido en la actualidad en el tic social que nos permite estar al tanto de la conmoción ajena. Aún así, desearía verdaderamente contemplarlo todo desde otros ojos. Somos los feligreses del atardecer, y salimos en todos los crepúsculos para encontrarnos con nuestros dioses. 

    En mi recorrido, sobrevuelo sendas de tierra pálida franqueadas por los matorrales propios de la flora mediterránea. Apenas árboles. Entre su escasa frondosidad, destacan de cuando en cuando neumáticos de coches, vallas oxidadas de obras anónimas, grandes bidones translúcidos que antaño pudieron contener litros de agua, gasolina o flujo vaginal… Qué se yo. A mí se me antojan los restos de un naufragio urbano. No obstante, lo fácil es pensar que alguien los depositó, cuando, a lo mejor, siempre estuvieron ahí. Quizás de estas muestras de creatividad salvaje algún espabilado copió los prototipos para inventar la rueda, las obras, los líquidos envasados, y se llevó todo el mérito por algo que ya existía. Antes las cosas se hacían así, sin empatía ninguna. 

    De los anatópicos residuos que me encuentro en mi camino, lo que más me escama son las sucesivas alcantarillas que pisan mis ruedas. ¿Por qué cojones hay alcantarillas en el campo? Se me ocurre que, igual que afirmaron que bajo los adoquines de París se encontraba la playa, bajo el manto primitivo del terruño se ocultan ciudades construidas hacia abajo, hacia el interior del planeta, y el único pasadizo de una realidad a otra es a través de estas alcantarillas. Es la explicación más lógica que encuentro. 

     El aire está igualmente atravesado por esa amalgama de naturaleza y tecnología –¿acaso la tecnología no es naturaleza, y viceversa?– y los escuadrones de aves giran enloquecidas en torno a los aviones, como las rémoras que se agolpan alrededor de los grandes animales marinos para alimentarse de su sudor. ¡Qué pena ser ave, y no ser consciente de la belleza que derrochan en sus majestuosos vuelos! ¡Qué pena ser tú, y no darte cuenta del milagro que habita en tu mirada! Hay un punto exacto en mi recorrido en que los aviones pasan a escasos metros del suelo antes de aterrizar. En ese momento, siento impotencia ante el espléndido y ensordecedor espectáculo de la verdadera tecnología, e imagino que, cuando sobrevuela mi cabeza, se ríe de mi anticuado medio de transporte. 

    ¿Qué hará el sol detrás de las montañas? ¿Por qué el cielo del acá cubre las nubes del color de la piel del melocotón, mientras que el cielo del allá se tiñe con los tonos de una escaramuza sangrienta? Querría estar allí y espiar lo que hace ese golfo cuando no lo vemos. Quizás las criaturas le acechen tras los árboles y aprovechen su momento de mayor debilidad, cuando se arrastra taciturno buscando su descanso, para abalanzarse sobre él y clavar mil picas en su espalda. Los débiles son así, aguardan en la sombra esperando el reposo de los fuertes para apropiarse de su luz. El sol también sangra y, a pesar de lo que pretendan estas patéticas alimañas, todos los flujos del sol se derraman salpicando los contornos de las montañas con un rojo inquietante que, inasible, desaparece sin dejar rastro. Es imposible detectar el momento exacto en el que se hace de noche. De repente, sin que uno tenga la conciencia del instante concreto en el que se produjo la transición, los caminos se borran de oscuridad. La noche devora al día sin permitir un resquicio de vacío temporal entre ellos, ni siquiera un fulgor blanquecino, ni un mero escalofrío que recorra nuestra columna. La nada no existe. El vacío no existe. Joderos, nihilistas. 

    ¿Y todo para qué, sol? ¿Para qué tanto esfuerzo? Esta noche no te encontrarás con la lujuriosa y chorreante fémina a la que persigues, la cual te esquiva y espera a tu muerte cada tarde para salir y coquetear con los renegados de tu luz y tu calor. Todo ese afán reposa, pues, sobre la esperanza que produjo en ti vuestro último encuentro, pues solo durante los escasos eclipses llegas a tocarla, a palpar su piel con tu lengua de luz, a colmar sus orificios con tus dedos de cristal caliente y carnal. En cambio, son tan deliciosos esos breves instantes, que su recuerdo parece ser suficiente para levantarte cada mañana y perseguir el mismo destino inane que el día anterior. Pero no solo de ilusiones viven las personas, pues en la jornada que sigue al concupisciente encuentro, te despierta de nuevo el taladro del vecino; continua el acoso de tu madre, que te persigue por los pasillos tratando de conseguir que seas su ideal de persona decente; permanece la pesadumbre, el odio y la ansiedad. A pesar de todo, habrá atardeceres y eclipses hasta que la gran ballena termine por cagarnos. 

sábado, 28 de agosto de 2021

Todos deberíamos tener un sótano

Hay dos tipos de personas, las que piensan que hay dos tipos de personas y las que no. Yo soy de las segundas. Pero sí que hay dos tipos de personas, las que utilizan la palabra «salvaje» como algo negativo, que son las mismas que dicen eso de «los niños que pintan las paredes» y las que la reservan para las mejores ocasiones. Esas que por lo general la guardan escondida bajo llave, protegida de la erosión, y cuando la pronuncian su mente hace chiribitas y por su lengua se desliza fuego y fiesta. Creo que todos deberíamos tener un sótano. Un lugar donde ser salvajes y sentir cada emoción como si volviésemos a nacer. 


    Ahora mismo estoy en mi sótano, en Zamora; no es literalmente un sótano, es un piso heredado de mi bisabuelo al que solo vengo yo porque está viejo y cutre. Y me encanta que sea cutre y viejo y que nadie quiera habitarlo porque eso hace que sea mi sótano. Cada verano vengo aquí de retiro espiritual para desintoxicarme del ruido –el ajeno, claro está: aquí dentro siempre tengo mi ruido–. Ahora he venido para empezar a escribir mi tesis sobre el punk en la dieta mediterránea y me estoy reafirmando en que no soy para nada un punk; tal vez un poco, mezclado con una pizca de jipi sobre una base caramelizada de ravero. O nada, simplemente. Si hacen falta tantos ingredientes para definirnos es tal vez porque no somos nada y todo lo que echamos a la sartén cae en el pozo sin fondo de la identidad. Acabo de ver una película –que si no estuviera basada en hechos reales me habría parecido una cursilada insufrible– sobre una profesora de Long Beach que conseguía conciliar a los chavales de distintas razas y bandas que coincidían en una clase por un proyecto de integración e incluso conseguía que escribiesen un diario de sus vidas que después juntaron y publicaron, y he tenido una visión clara de para qué he venido a este mundo. Incluso, he llorado; y hacía tantos siglos que no lloraba a pesar de las rabias y las melancolías cotidianas que ha sido toda una catarsis llorar de felicidad. 


   Cada verano aquí es una regeneración, y cada día transito el recuerdo de las mil crisis simultáneamente. La cantidad de recuerdos que se me vienen con cada detalle de la casa es abrumadora… No sé cuántos porros me habré fumado aquí, cuando las vacaciones de verano significaban el vacío y, como tengo horror vacui, lo rellenaba de mala manera. Me veía tres o cuatro pelis al día y para cada una de ellas me hacía un porro y entre peli y peli me hacía una paja. Ahora estoy teniendo que volver a ver muchas de aquellas pelis porque no conservo en la mente más que un par de imágenes. A veces, solamente un color. Qué época más guapa en verdad. Cómo me alegro de haber dejado los canutos, pero también me alegro de haber tenido esa fase en el momento preciso. Era otro sótano. Ahora recuerdo todo aquello como un periodo muy confuso, como si un largo viaje empezase nítido y soleado y de repente atravesases una región con niebla durante un largo rato y luego volviese la claridad. Me dirigía como una locomotora en llamas hacia el acantilado, no sé si rebosando vida o muerte. Pero tal vez la memoria me engañe y no fuera todo tan irracional y frenético como ahora lo recuerdo. El presente también lo veo muy claro y lúcido y a lo mejor dentro de unos años recordaré esta época como otra nebulosa extraña. Ojalá. El pasado no existe: todo narrativa. 

    También te recuerdo a ti tirada en el suelo de la cocina, dando patadas a la lavadora, reventando de frustración. Hubo varios momentos clave, pero creo que ahí comprendí que lo nuestro no iba a ser para siempre. Hoy me he encontrado el vaso de porexpán en el que grabaste con tu uñita la palabra «vidi» sobre un corazón y no he acertado a comprender cómo un amor tan enfermo pudo ser tan bello. O viceversa. Por fin he conseguido tirarlo a la basura: a veces soy una máquina de generar nostalgias, no sé por qué seguía eso ahí… Y el puzzle que hicimos... Ahí sigue, también, cogiendo polvo en la mesa camilla del salón, y no sé si tirarlo o enmarcarlo, aunque probablemente quedará ahí, cogiendo más polvo. 


    Me he desviado pechá del tema; pero ¿había un tema? Solamente estaba escuchando «Pale Blue Eyes» y he pensado que Lou Reed debía de tener un sótano inmenso que llevaba a todas partes y quería escribirlo. Es peligroso sentarse a escribir, de noche, sin un objetivo claro. Por eso era tan borde y frío y gilipollas con la gente, claro. Hay que defender los sótanos de las inundaciones. La gente siempre te está llenando el sótano de humo para que salgas a la superficie. Yo intento ser agradable con la gente y para ello tengo que dejar el sótano detrás de mí cuando cierro la puerta de la calle; pero cuando vuelvo, siento tan palpable esa parte de mí que luego no entiendo nada cuando delante de la gente no me encuentro.  A veces me entran ganas de encerrarme aquí dentro con mil tarrinas de tabulé, tabletas de chocolate y café y clavar tablones en la puerta y ver qué pasa. Supongo que eso fue lo que hice en la época de los porros y en la época contigo. Qué extraño que coincidieran tanto en el tiempo, ¿no? Ahora pienso que hay que salir a la calle, intentar construir otras cosas con la gente, no sé. Casas en los árboles o grandes relojes de cuco en las farolas o barricadas en la playa o cosas así. Es el tiempo del Eros. 

martes, 28 de julio de 2020

Dadaísmo, situacionismo y punk: Frenopaticss

Excursión dadaísta a la iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre
Existen muchos puntos que conectan el dadaísmo y el situacionismo con la contracultura punk. Si el
dadaísmo se definía como la negación del arte y la cultura de la Primera Guerra Mundial, el punk hizo lo mismo en oposición a la cultura de la década de los setenta, comenzando como un fenómeno musical que finalmente abarcaría todas las artes. Un grupo de dadaístas convocó un encuentro frente a la iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre con el reclamo de actividades culturales y regalos para los asistentes que luego resultó ser mentira y, en su lugar, no se hizo nada, resultando de ello que el objetivo de la intervención fuese simplemente la acción colectiva de caminar hasta la iglesia. 

Kafé Volter, Barcelona
Por su parte, Frenopaticss fue un grupo fantasma de punk barcelonés que llenó la ciudad de pintadas y carteles publicitando la existencia y los conciertos de un proyecto musical que se quedó en mera idea. Organizarse y recorrer la ciudad, forjando una presencia en el imaginario de los habitantes era lo importante; la música, algo secundario. También, es significativo que uno de los primeros bares culturales autogestionados y regentado por punks se llamase Kafe Volter, un homenaje con ortografía españolizada al cabaret de Zúrich que constituyó el refugio de los dadaístas. Una de las características de las composiciones dadaístas era la aleatoriedad y el desconcierto: Tristan Tzara defendía que un poema dadaísta se escribiría escogiendo arbitrariamente las palabras recortadas de un periódico; por otro lado, muchas veladas en el Cabaret Voltaire consistían en la lectura simultánea de varios poemas en distintos idiomas acompañados por una música improvisada y caótica. Compárese estas anti-técnicas con el siguiente testimonio de un concierto punk: 

eran temas que teníamos para divertirnos, versiones deformadas, una especie de punk jam con concepto de jazz improvisado aplicado al rudimento más básico y simple del mundo donde Ángel convertía al suajili cualquier letra de la versión que estábamos haciendo o simplemente bramaba o se dedicaba a hacer gorgojos (Llansamà, 2011: 50)

Con respecto al situacionismo, tenía en común la denuncia de la alienación que conlleva el trabajo asalariado y su posicionamiento en contra de toda autoridad que limitara la expresión de los deseos y de la espontaneidad más primitiva del ser humano. Igualmente, ambos movimientos lucharon contra el arte hegemónico de la burguesía y su forma de mercantilizar la creatividad e idolatrar a los artistas más encumbrados. Cada uno a su forma y estilo, punk y situacionismo trataron de incordiar y escandalizar a las clases dominantes y sabotear sus estructuras de poder. Según analizó Sadie Plant, 

al socavar la sobreproducción monopolística de «superestrellas» por parte de la industria de la música, el punk generaba la seguridad de que cualquiera puede crear música, del mismo modo que el dadaísmo había insistido en que todo el mundo puede ser poeta o artista. Informado por la crítica situacionista del sistema de famosos, el punk engendró una generación de grupos musicales pequeños, estudios de grabación pequeños y discográficas independientes (Plant, 2008: 227)

Frenopaticss
De este modo, era de esperar que si tanto los dadaístas como los situacionistas otorgaron una gran importancia estética a las derivas y excursiones urbanas, el punk también lo hiciera, aunque de manera menos planeada, ya que se trata de una subcultura más visceral y menos dada a la intelectualidad y a la abstracción. El caso concreto que voy a analizar es un testimonio oral que Jordi Llansamà recogió en una crónica del punk en Barcelona concretada en su libro Harto de todo. En él, Cirera, uno de los integrantes de la no-banda que comentaba arriba, Frenopaticss, cuenta que 

en aquella época lo que queríamos era ser fieros, pero de algún modo había un componente humorístico en nuestros actos bastante interesante. Por ejemplo, un día estábamos descansando en nuestro hogar, Barcelona, y llegamos unos cuarenta punks a la plaza del Pi, donde había una farmacia que hacía esquina y tenía dos puertas. Recuerdo que a modo de juego provocativo nos dio por entrar a los cuarenta en fila india por una puerta y salir por la otra. Era una farmacia muy frecuentada y siempre estaba a tope. La gente no entendía nada. O nos plantarnos en el Corte Inglés también en fila y a un cierto paso militar no muy rápido, pegarnos un paseo por diferentes secciones y quitarles los bikinis a las maniquíes (Llansamà, 2011: 50-51)

En este fragmento pueden verse dos de las ideas centrales que recoge Francesco Careri en su obra Walkscapes. El caminar como experiencia u objeto estético y el errabundeo como práctica heredada del Homo Ludens descendiente de Abel. Es significativo que, en ambas intervenciones, la de la farmacia y la de El Corte Inglés, lo central sea el andar. Objetivamente, los punks participantes no infligieron ningún daño a las personas ni a la propiedad; sin embargo, los dos paseos rompieron los códigos simbólicos de lo socialmente aceptado, igual que hizo el artista Tony Smith cuando condujo por la autovía de Nueva York, sin luces ni señales y aún en construcción. Probablemente, ese viaje a lo largo de una autovía frecuentada por más coches y en condiciones normales no habría sido tan reveladora para el artista; del mismo modo, si los punks hubieran entrado en tromba en una sala de conciertos de su ambiente, no habría conformado una anécdota destacable varias décadas después. Lo importante de ambas experiencias es la sensación de estar rompiendo barreras invisibles, de estar quebrantando la semántica del espacio. 

La farmacia y El Corte Inglés (aunque muy sobre todo El Corte Inglés) son lugares de almacenamiento y venta al público; de consumo, en definitiva, no de paseo. Ambos son símbolos de la alienación de la clase trabajadora: El Corte Inglés es el espacio en el que los trabajadores gastan sus salarios y materializan el gusto por las diversas marcas, es decir, el fetichismo por la mercancía; la farmacia, en cambio, es la tienda más recurrida en la época para los inadaptados sistemáticos que produce el capitalismo. En ellas compraban las anfetaminas sin receta que les aseguraban un ocio destructivo o, en muchos otros casos, medicación recetada (antidepresivos, somníferos, etc.) a aquellas personas que dejan de ser funcionales para vivir en el sistema. Los punks se negaron y despreciaron el trabajo, lo que les convierte en descendientes directos de la estirpe maldita de Abel, y esa encarnación del papel del Homo Ludens defendido por los situacionistas les arrojó a una vida a la deriva, frenética e inestable. Su vida era el juego: jugaban a montar grupos, a hacer música, a alborotar los barrios y el centro de Barcelona y a hacerse oír en un espacio hostil. Las dos performances poseen un destacable factor humorístico, irónico (por la marcha militar, por ejemplo), lúdico y disruptivo, que pretendía reclamar un espacio que se les negaba por estar dedicado exclusivamente al consumo cuando no tenían dinero para participar en dicho espectáculo. 

Bibliografía

    • Careri, Francesco (2009). Walkscapes. El andar como práctica estética. Barcelona: Editorial Gustavo Gili.
    • Llansamà, Jordi (2011). Harto de todo. Barcelona: BCore Disc.
    • Plant, Sadie (2008). El gesto más radical. La internacional situacionista en una época postmoderna. Madrid: Errata naturae.

(Simulacro de) deriva psicogeográfica

Antes de nada, quiero aclarar en honor a la verdad que, este ejercicio ha sido un simulacro -es decir, un paseo- de lo que debería ser una deriva psicogeográfica propiamente dicha, ya que no he podido dedicarle una jornada completa, tal y como prescribió Guy Debord, sino escasas horas. Tampoco he organizado la deriva en compañía de más personas, sino en soledad; y, por último, no he añadido más material al texto que unas pocas fotografías tomadas a lo largo del paseo. 

He salido de mi casa a las doce de la mañana, por lo que las formas de los objetos y el paisaje se mostraban en su faceta más liviana, espléndida y juvenil. He recorrido el barrio de la Finca el Pato para, finalmente, llegar al conjunto urbano formado por la senda y el borde de la carretera del paseo marítimo que separa las afueras de Málaga del Parque Natural de la Desembocadura del Guadalhorce. A lo largo del trayecto, me he dado cuenta de que iba produciéndose en mí un enfrentamiento interno entre diversas perspectivas, creándose fuertes contradicciones de amor y rechazo. 

Fot. 1
La Finca el Pato es un barrio muy nuevo, espacioso y armónico, con calles y calzadas holgadas, sobrias y rectas que rodean las manzanas cuadradas. Sobre cada una de las manzanas se erigen urbanizaciones de apariencia refinada, muy simétricas entre sí y, obviando las ligeras diferencias en los diseños, de características similares. Por un lado, es agradable caminar por sus aceras por la sensación de amplitud y descongestión que poseen: son extensas, limpias, uniformes y sus elementos (papeleras, árboles, contenedores, etc.) se sitúan espaciados y sin aglomerarse. No hay sobresaltos ni obstáculos; y el aire corre con libertad, contrarrestando el calor del verano. Por otro lado, me hace añorar las calles de mi «patria chica»: Zamora, ciudad con la que guardo una profunda adhesión emocional. En mis largos paseos por la ciudad castellana, su trazado medieval me sorprende -aunque me lo sepa de memoria-, con recodos abruptos, sendas que se van estrechando y ensanchando a voluntad, mojones que se aglomeran en plazas y otros lugares significativos y pavimento de empedrado irregular -que para ciertos sectores de la población, como los ancianos, puede resultar incómodo de pisar-. En este caso, la comodidad se contrapone a la constante fluctuación de percepciones estéticas. 

Fot. 2
En cuanto a los edificios -urbanizaciones, en este caso-, la descripción que he hecho antes con respecto a su simetría y su uniformidad (en cuanto a diseño, color, textura, disposición de elementos como ventanas, balcones y toldos), debo decir que me causa rechazo. Ninguna estructura es arbitraria, ya que todo lo que se crea posee una ideología subyacente y estas urbanizaciones representan veladamente los valores apolíneos de la burguesía. La funcionalidad, la carencia de creatividad y/o extravagancia, la falsa proyección de una vida sin oscuridad y transparente -reflejada por ejemplo en la profusión de cristaleras que parecen querer decir que no hay ninguna tara que ocultar  dentro de sus viviendas ni, por extensión, de sus vidas-, la hegemonía estética, la neutralidad, y el extremo cuidado de las superficies son valores que definen, en palabras de Luis Buñuel, «el discreto encanto de la burguesía». Las dos fotografías (fot. 1 y fot. 2) son de dos estructuras que plasman tode este ideario. La primera, una típica vivienda burguesa de extrarradio con piscina, pista de paddle y césped perfectamente cortado; la segunda, el gimnasio Inacua, con grandes cristaleras, color gris y una estructura cuadrada que se me antoja como el símbolo de esta aspiración vital. Además, un gimnasio es el espacio perfecto en el que se despliega otra de las grandes obsesiones burguesas: el culto al cuerpo y el cultivo hacendoso y sacrificado de una bella apariencia. 

En contraposición a todo esto, se me ocurre la ciudad de Cuenca, que visité recientemente, y me fascinó por su cultivo de la asimetría y por el caos barroco de sus fachadas y de su planificación arquitectónica. Los edificios eran totalmente dispares y como construidos según iba surgiendo, sin tener en cuenta a los aledaños, pero lo que más me atrajo fueron las fachadas (fot. 3). En ellas, las ventanas se abigarraban y salpicaban sin seguir ningún orden aparente: sin respetar que los tamaños fueran iguales, ni que a lo largo de una fila de ventanas éstas se encontrasen a la misma altura, ni la uniformidad de los materiales, los marcos, etc. Ni siquiera se produce una secuencia ordenada de ventanas y balcones: pueden verse pequeños balcones sobresaliendo aleatoriamente. Esta forma de construir probablemente sea menos funcional y hoy en día sea considerada como una aberración, pero para mí posee el encanto de un hacer salvaje y aventurado que poco a poco ha sido sometido por la fuerza domesticadora de la clase burguesa. 
Fot. 3
Casi al final del barrio, hay un descampado entre la última urbanización y el complejo deportivo que ya posee un plan de construcción y en este terreno, que es de los últimos que quedan libres en la zona, será erigido el edificio que pondrá el broche final en la construcción de un barrio de nuevo cuño. Más adelante, hay una pequeña carretera descuidada y llena de cristales, basura y baches que atraviesa entre diversas fábricas abandonadas y otro descampado (fot. 4). Durante un rato, me perdí observando los edificios amarillos que se levantan en el centro del barrio de Sacaba; con sus balcones empotrados y apelotonados, como las celdas de una colmena, incrustados a poco más de diez metros de la orilla del Mar de Alborán. Un reducto de la España de los sesenta, que me recuerda a la típica postal de la época en que Franco puso de moda el turismo de Sol y playa. Nunca he conocido a nadie que viviera en ese barrio olvidado y condenado al ostracismo. Condenado, también, a la demolición, ya que esta zona está convirtiéndose poco a poco en otro núcleo de gentrificación de mayor poder adquisitivo aún y paralelo al centro, y poco a poco esta zona se declarará obsoleta e irá convirtiéndose en un absurdo que sobra en el paisaje. 
Fot. 4

Como decía al comienzo, he tenido muchas contradicciones ideológicas, emocionales y racionales a lo largo del paseo. Por una parte, considero que los nuevos barrios burgueses que están proliferando con las sucesivas burbujas inmobiliaria son muy aburridos, faltos de diversidad (por ejemplo, no poseen la diversidad cultural de otros barrios como Huelin o la zona de Calle la Unión). Son también barrios muy poco lúdicos, creativos y están despersonalizados; subjetivamente, se me presentan como símbolo de la hegemonía cultural del capitalismo y de la ideología del crecimiento económico desmedido que tanto daño está haciendo a las condiciones normales de vida humana en el planeta. Es fácil comprobar su falta de singularidad si se recorre el barrio de Teatinos, otro barrio semi-nuevo de la Málaga, que parece ser el gemelo de Finca el Pato, ya que la estructura de sus calles y manzanas, sus urbanizaciones e incluso sus comercios son copias con ligeras -a veces, ninguna- variaciones. Lo único que cambia es la tipología de sus habitantes, pues mientras Finca el Pato parece un barrio más preparado para el turismo, las urbanizaciones de Teatinos acogen principalmente a estudiantes de la Universidad de Málaga. La contradicción que percibo en mí es que la alternativa que me aporta mi subjetividad más visceral es reaccionaria, pues a pesar de que tanto Zamora como Cuenca son ciudades con mucho encanto para la nostalgia, en ellas el deseo está contenido. Sus calles angostas y sus casas de muros gruesos de piedra antigua están congestionadas y rememoran una época de restricciones morales, recogimiento en la oscuridad y planteamientos inmovilistas. 

A esta profusión melancólica se me impuso la razón con ideas más frescas y con miras a un futuro en el que, si trabajamos correctamente, se revelará prometedor. Estoy de acuerdo con Gilles Deleuze en que el capitalismo es el mejor y más eficiente sistema que los seres humanos hemos podido inventar hasta ahora, ya que es el que de manera más sobresaliente ha permitido que el deseo se libere de sus cadenas y fluya sin impedimentos arbitrarios; pero esto no debe significar ni mucho menos el fin de la historia ni el estancamiento revolucionario que vaticinaron algunos filósofos posmodernos como Jean Baudrillard. Pienso que nuestras ciudades, fiel reflejo del sistema socioeconómico que las construye y planifica, tienen aún muchísimos problemas que solventar en cuanto a ética urbana y a gestión de recursos y de energía. Por ello, pienso que el proyecto situacionista de una ciudad lúdica, orientada a la creatividad y a la verdadera satisfacción de nuestras necesidades materiales y espirituales todavía tiene mucho que aportar con su defensa de una ciudad llena de pasadizos, escondrijos y sorpresas que nos liberen del aburrimiento y la alienación que conlleva la ideología de la productividad; además de que sus propuestas para una ciudad más orientada al disfrute de las personas que a la circulación de las mercancías, el trabajo y los automóviles permanecen hoy como una propuesta muy vigente y sugerente. 

E-Pistola 44 (a.k.a. Sobre la impertinencia de los enamorados)

 Seis garzas sosegadamente erguidas en un estanque, o tú, saliendo del baño desnuda sin verme. «Estilo», C. Bukowski Se debería prohibir, co...