jueves, 4 de octubre de 2018

«In the end, you’ll be hooked, too»

La semana pasada estuve con mi familia en Berlín, una ciudad cuyas paredes hablan si sabes su lenguaje, y en la que cada esquina parece tener apostado un buhonero de historias. En uno de los largos paseos, vimos en el barrio turco un cartel de la película Yo, Cristina F., que solo Dios sabe cuántos años podría llevar allí. Bajo la imagen, un eslogan publicitario advertía de que «In the end, you’ll be hooked, too» (al final, tú también quedarás enganchado). ¿Enganchado a qué? ¿A la heroína? Mmm… un poco desfasado… aunque allí, en Berlín, parece ser que hoy en día muere más gente por el jaco que en los gloriosos años ‘70. ¿Enganchado a la película? ¿A la estética alienígena de David Bowie? El caso es que no me paré demasiado a pensarlo porque en la siguiente bocacalle nos asaltó el curioso y gigantesco graffiti del astronauta sin bandera. Pero la sentencia quedó flotando en mi subconsciente, buscando dónde acomodarse entre el montón de basura que llevo acumulando durante 22 años. A la mañana siguiente tomamos un metro para acercarnos a un mercadillo dominguero bastante variopinto en Mauerpark. 


Oh na na, Cypress Hill. Iba empanado escuchando el disco nuevo de Cypress Hill (bastante mierdoso, por cierto), cuando entró la típica mujer lastimosa ofreciendo una limpieza de conciencia a cambio de dinero. No sé qué hostias andaría diciendo en alemán, pero me chocó observarla en mute, porque si comparo sus piernas y sus brazos con cables me estaría quedando corto. La piel sobrante, ante la ausencia de carne que cubrir, se acumulaba arrugada en los ojos sirviendo de tobogán para sus lágrimas e impidiendo estimar su edad. Sin embargo iba arreglada: con tacones altos y maquillada, lo que producía al mismo tiempo un poco de grima añadida y la impresión reconfortante de que no estaba del todo perdida, aunque sus miradas autocompasivas no decían lo mismo. La chapa silenciosa no cesaba. Nadie le dio nada. 

Subway train, JohnnyThunders. Solapado con el otro espécimen, entró uno nuevo. Esta vez diría que de unos 40-50 años, gordo como él solo, sucio y desastrado, con psoriasis, la cara congestionada por el alcohol y una herida profunda en forma de T y a punto de infectarse en el codo. Llevaba una solemne tajá y aun así osó quedarse de pie, de espaldas a mí y encarado a mi madre, que iba sentada. Sostenía un gran vaso de plástico lleno hasta la mitad con la misma mano con la que se agarraba para no caerse, porque en la otra pujaba con una rebosante bolsa de tela de las que venden en el súper. Con el dulce y cadencioso traqueteo del tren se fue durmiendo de pie, y parecía tener un largo recorrido porque estuvo así durante dos o tres paradas. Yo miraba el vaso, que yacía casi en horizontal, miraba el líquido como una especie de medidor de fases del sueño y me percataba de cómo se bamboleaba con cada curva hacia adelante y hacia atrás a modo de olas etílicas que no llegaban a alcanzar el borde del vaso y precipitarse sobre mi madre. Un giro brusco abatió al notas sobre mi madre y, con ayuda de mi padre, lograron erguirlo de nuevo. El vaso estaba intacto y lo apuró antes de que se derramase definitivamente. Todo un profesional.

Dysfunctional, The Psycho Realm. No recuerdo cuándo entró el tercer ejemplar de esta fauna con la que compartíamos vagón, pero este tampoco estaba del todo extraviado. Iba de vuelta a casa (supongo) bastante «enhuertao», no paraba de hurgarse la nariz con la fuerza de un minero buscando oro y sin parar de moverse eléctricamente, hasta que enrolló un billete y comenzó a rascarse con él la fosa nasal, aspirando todo endemoniado hasta que empezó a sangrar. A saber qué andaba buscando, preguntó luego mi madre. Me mordí la lengua. Mi padre pronunció las siguientes palabras «iría todo espídico, o puesto de pastillas, quién sabe, esas mierdas te convierten en un psicótico y como te dé por pensar que tienes cualquier cosa en la rodilla eres capaz arrancarte la pierna si hace falta». Gracias, papá. 

En los 5 minutos que nos separaban del mercadillo nos encontramos con otro famoso graffiti berlinés en el que Conrad Schumann ejecutaba el salto más fotogénico de la historia. El soldado de la RDA fue la primera persona en saltar el Muro de Berlín cuando solo era alambre de espino. Lo vio claro y no esperó a que fuera de ladrillo. Berlín es una ciudad joven, pero como decía antes, su cuerpo es el de un anciano decrépito con el gusto de narrar fascinantes historias en el asilo. 

Me repatea la gente que lee a Bukowski desde arriba, riéndose de la procesión de malditos que este autor exhibe en todos sus relatos. Pero el viejo alcohólico lo sabía bastante bien: ellos no siempre estuvieron malditos. 

Me vino a la cabeza la típica reflexión de que tanto la decrépita oradora, el borracho malabarista y el mini-albert-rivera fueron niños alguna vez que esperaron cosas de la vida y que fantasearon con su adultez. Fue entonces cuando me acordé de la frase que apuntalaba el cartel de Yo, Cristina F. contra la pared. Y el existir se me antojó en la imaginación como un larguísimo campo de minas por el que tienes que correr para llegar finalmente a un desfiladero. Desfiladero que para motivarse durante la carrera algunos llaman paraíso, pero yo, sinceramente, no concibo que sea más que un desfiladero oscuro y sin fondo. Por tanto, hay que darlo todo en el trayecto… que muchos ni siquiera logran terminar, pero no basta con esquivar las minas, sino que periódicamente un muro coronado con espino se presenta ante ti. 

No todos nos topamos con los mismos muros -mentales o físicos- sino que el dinero, el nervio y la inteligencia que tengas, los buenos amigos que te tiendan la mano, la educación que recibas, la familia que te toque y el lugar en el que naces determinarán si los muros son más o menos frecuentes, y de mayor o menor altura. Cada muro que saltas es un periodo de frenesís, de crecimiento y de aprendizaje, pero puedes quedar enganchado. Y raro es cuando algún transeúnte te ayuda si quedas colgando a merced del viento, agarrado a un alambre con las manos ensangrentadas o cabezabajo como un idiota, con la pierna atravesada en el espino. Normalmente solemos pensar o que se lo han buscado o que ya nacieron estrellados.

En cierto modo, empatizo bastante con los especímenes que se montaron en aquel metro, pero no desde la pena y desde arriba, alimentando mi ego con el sufrimiento ajeno como Teresa de Calcuta. Sino desde la igualdad y el desconcierto, pues aún me quedan muchas vallas por saltar: quién sabe quiénes eran ellos antes de ir dando la nota por el mundo. Creemos que los desgraciados han tenido esa facha desde siempre, pero no es así, solamente son gente que se enganchó. Hay que tenerlo grabado: «In the end, you’ll be hooked, too». 

Diego Supertramp, otoño de 2018

2 comentarios:

  1. Qué será, será...,como cantaba Doris Day en la película "En manos del destino". Quién sabe qué le deparará. Un relato fascinante, la descripción de los personajes y la recreación de las situaciones te hacen sentir que es uno quien esta viviéndolas.

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  2. Diego me has hecho revivir ese viaje en metro aquella preciosa y soleada mañana en Berlín...espero que tu camino sea de rosas con alguna inevitable espina que no te dañe nunca ni el cerebro ni tu personalidad...ante todo sé feliz...

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